Opinión

Miedo o esperanza

Por:
Mayo 19, 2014
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Desde hace unos sesenta y cinco años no se escuchaba un lenguaje tan bronco y agresivo como el empleado en la actual campaña electoral, especialmente entre uribistas y santistas. Aquel estilo incendiario quedó proscrito durante unos diez años de dictadura (1949-1958) y el mismo pacto del Frente Nacional lo puso tersamente en el museo de la memoria. Sin embargo, la actual confrontación tiene otros contextos culturales y sociales; se guía por la mercadotecnia electoral en la era informática y digital en un país mucho más urbanizado y con más clases medias. Es campaña sucia en una democracia estandarizada.

Importa subrayar enormes diferencias entre el estilo de hacer política y movilizar de fines de la década de 1940 y el presente. Algunas: (a) el país electoral ya no moviliza tanto puesto que algo más de la mitad de los ciudadanos cedulados no vota y los votantes acuden sin fervor. (b) Tampoco está el país electoral dividido en dos, rojos y azules. El mundo partidista dejó de ser binario; está fragmentado al punto que en las pasadas elecciones de Congreso las dos fuerzas más importantes, (que son las que ahora polarizan) sumaron apenas un 13 % de votos del universo de cedulados o sea poco más de una cuarta parte de los votantes. (c) Con base en el escepticismo, el cinismo, el hedonismo, el oportunismo y un largo etcétera de ismos, y gracias a la tecnología teleinformática, todo fluye, todo corre en estado líquido o gaseoso; la memoria es flor de un día; la gente va a la caza de novedades y oportunidades y así vota.

Dicho esto, hay que reconocer la fuerza del sentimentalismo patriarcal al que apelan Uribe y sus correligionarios. Un sentimentalismo que no solo se vierte en esos sainetes de recitar versitos  mal recitados (en algunos casos desvirtuando el sentido poético) o en el uso estudiado de  diminutivos al estilo del montañero paisa, o en recurrir al macho cabrío en estado de ira e intenso dolor (le parto la cara, marica) o, por qué no recordarlo, en las hipérboles empleadas en el desagravio al general Rito Alejo del Río cuando fue destituido por el presidente Pastrana. En el acto del Hotel Tequendama Uribe no escatimó elogios: Rito Alejo era verdadero patriota, ejemplo de los soldados de la patria. Al homenaje al “pacificador de Urabá”, un delincuente que paga condena por sus fechorías, acudieron entre otros muchos el intelectual Plinio Apuleyo Mendoza y el general Bedoya quien sentenció: destituir al general del Río es como si a Bolívar lo hubieran destituido después de la Independencia. De la mano de la Casa Castaño, el HH., el Alemán, del Río arrasó, masacró, controló, desplazó gentes pacíficas y puso sus tierras al servicio de ganaderos y palmeros que, a su vez, tenían a su servicio las instituciones y las políticas de crédito subsidiado, las del “huevito de la confianza de inversión” al cuidado del descuidado Dr. Arias. En el tono solemne y sentimental de la velada Uribe agradeció a del Río porque cuando él era gobernador “siempre había estado presente”.

Uribe representa ese campo sentimental del paterfamilias agropecuario y muchos colombianos van por ahí, movidos por el miedo, la ira, la venganza, el ajuste histórico (histérico) de cuentas. Las Farc y las guerrillas son el enemigo que debe aplastarse como a una cucaracha. En el video (y luego el audio) de la reunión de Zuluaga, Hoyos y el señor Sepúlveda oímos sobre un Timochenko tuberculoso y un Romaña con cirrosis y el lamento de Zuluaga: pues ya se hubieran entregado. Es decir, a nosotros, si hubiésemos seguido el 7 de agosto de 2010.

Pero no; más bien siguen las conversaciones de La Habana; eso los enferma. Temen un nuevo país político más a tono con las realidades del mundo de hoy. Que las Farc y el Eln declaren un cese de fuego unilateral para estas elecciones presidenciales es sainete, dixit Dr. Ordoñez. A los uribistas les parece terrible el solo enunciado de una ley de víctimas y una ley de restitución de tierras, en los términos en que quedaron, sin fijarse siquiera en el lamentable grado de aplicación. Sin embargo, ¿no son estas iniciativas del gobierno de Santos una manera de ir equilibrando el sentido de la política colombiana al poner un poco del lado de la esperanza frente al peso de tanto miedo y odio?

Es obvio que gobierno y Farc sellaron el acuerdo sobre el punto de las drogas para incidir en el incierto proceso electoral. Así es; así tiene que ser en un sistema competitivo que permite presidente-candidato. Mal hace la señora López Obregón de la izquierda polista en criticar al gobierno porque usa la paz para hacer política. ¿No sabe que son dos las partes firmantes? Las Farc también se interesan en el resultado de las elecciones y ven lo que muchos: de ganar el Zorro se irá al traste el esfuerzo de La Habana. Del audio de 21 minutos con el hacker Sepúlveda queda muy claro que el uribismo quiere sepultar lo de La Habana a como dé lugar.

Este es el asunto de fondo.

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