Margaret Atwood, la última hechicera

Además de encabezar la lista de aspirantes al Nobel, la escritora canadiense cuenta con dones de pitonisa que la han vuelto un modelo de las mujeres del mundo

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enero 30, 2020
Margaret Atwood, la última hechicera
Con el apoyo de Sura

Mary Webster, a esta misteriosa mujer está dedicada el Cuento de la criada, la novela que, solo en inglés, ha vendido ocho millones de ejemplares y ha sido llevada al cine en 1990 y ahora se ha convertido en una de las series más famosas del mundo. Webster es la tatatarabuela de Margaret Atwood quien, a finales del siglo XVII, fue colgada por brujería a orillas del San Lorenzo, el río que bordea a Quebec. Por algo parecido a un milagro, Mary Webster sobrevivió al ahorcamiento por un error del verdugo: intentaron izarla como si fuera una bandera, el nudo que sostenía el cuello estaba suelto y así cayó al suelo y de Mary Webster en su huida solo vieron sus huellas. Se refugió en el bosque y nunca más nadie la volvió a ver. Muchos dicen que se transformó en uno de los tantos ciervos que rodean Quebec.

A orillas de un lago que bordea las provincias de Ontario y Quebec, por donde se mueven en manada los alces, nació Margarte Atwood el 18 de noviembre de 1939. Era un lugar frío, deshabitado. En los días diáfanos podían verse los bosques de Estados Unidos. Su mamá, la nutricionista Margarte Dorothy William, la sacaba de la modorra de vivir en un bosque leyéndole cuentos de los hermanos Grimm y contándole que cualquier de los siervos que ella veía podía ser un descendiente de Mary Webster. Su hermano, Richard, era su único amigo. Tres años mayor que ella, él fue su guía, su faro, su primer maestro. Para escapar de la monotonía del bosque se inventaron un mundo de súper héroes y comics. Los de Richard siempre eran más perfectos, más explosivos, los de ella, a los siete años, eran unos conejos que tenían el poder de volar y voltear troncos, como hacían los hermanos Atwood para ver el mundo maravilloso que se ocultaba debajo de ellos, llenos de gusanos, de hongos.

A los hermanos les fascinaban los insectos. Su papá, el entomólogo forestal Carl Edmund Atwood, les transmitió esa pasión. A los 14 años pensó en ser entomóloga pero siempre fue una escritora, una observadora, alguien con la capacidad de poder ver el futuro. Se graduó de fililogía inglesa en 1963 en la Victoria University de Toronto.

Por su antepasada Mary Webster y por el poder de haber predicho ese paraíso machista en el que se ha convertido los Estados Unidos bajo el mandato de Trump, es que creen que Atwood es una bruja. Y a sus ochenta años uno de los placeres que más le gusta darse es asustar a los hombres. Por eso siempre viste de pantalones negros y zapatillas doradas, el pelo desordenado y una mirada intensa capaz de doblegar al más hambriento de los tigres. Margaret Atwood sabe que pertenece a una estirpe de mujeres poderosas que siempre llegan a los noventa años con la espalda recta, la vos firme, la cara lozana y que, de un momento a otro, como si un hechizo se rompiera, entran en una decadencia instantánea. Ellas nunca sufren, un infarto certero les da la paz eterna. Margaret Atwood no es una mujer, es una fuerza de la naturaleza.

Berlín occidental, 1984. En las mañanas Margaret Atwood, quien vivía como las brujas de Suspiria en un edificio decadente pegado al muro, se despertaba con los furiosos sobrevuelos que hacían los aviones de guerra de la Alemania comunista. La tensión era absoluta. Desde la ventana de su apartamento podía ver la uniformidad gris de la Berlín Oriental. De ahí sacó el ambiente de su República de Gilead, su universo distópico en donde la parte central de Estados Unidos ha caído en poder de una secta religiosa que ha convertido a las mujeres en sirvientas que tienen una sola función: quedar embarazadas de sus dueños. Seis meses duró escribiendo la novela que terminaría siendo una de las más inspiradas hijas de la pesadilla orwelliana 1984. No demoraría mucho tiempo para saber que, a los 45 años, El cuento de la criada terminó siendo la obra que la consagraría definitivamente y que la pondría en la lista de espera del Nobel, un premio que, 35 años después, se resiste a llegar.

A los 81 años sigue siendo una provocadora. Ahora la fama se ha exacerbado desde que Hulu compró los derechos de la novelay la convirtió, ya en su tercera temporada, en una de las series más vistas del mundo. A Atwood le encanta la adaptación tanto que no ha resistido salir en un cameo. Su nuevo libro, Los testamentos, que es la secuela del Cuento de la criada 35 años después, le valió ganar su segundo premio Booker, el más importante que puede recibir un libro en Inglaterra. Ella no necesita un premio para ganar distinción, con su mirada basta, la misma mirada que intimida a los más misóginos periodistas culturales y que será uno de los grandes motivos para ir al Hay Festival del 2020 en Cartagena.

 

 

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