En el occidente de Colombia hay un territorio donde la selva se encuentra con el mar y los ríos dibujan caminos entre manglares espesos. Es el Pacífico colombiano, una región que muchos asocian únicamente con playas como las de Buenaventura o con el avistamiento de ballenas en Bahía Solano, pero que guarda más que eso. Cascadas ocultas y una cultura afro que se expresa en la música, la cocina y las tradiciones cotidianas es lo que podrá encontrar en este maravilloso destino.
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El Pacífico está conformado por los departamentos de Chocó, Valle del Cauca, Cauca y Nariño. Es una de las zonas más biodiversas del país y parte de esa riqueza está protegida en lugares como el Parque Nacional Natural Utría y el Parque Nacional Natural Sanquianga. Pero más allá de esos parques conocidos, hay pueblos y paisajes que todavía no aparecen en los grandes planes turísticos.
En el Chocó más apartado, por ejemplo, los recorridos por los manglares se hacen en canoas con remos. No hay muelles elegantes ni yates: hay esteros tranquilos, raíces que se enredan sobre el agua y cangrejos que salen cuando baja la marea. En municipios como Nuquí, además de las playas abiertas al océano, también se puede caminar selva adentro hasta llegar a cascadas que caen en pozos de agua dulce. Casi siempre son los mismos habitantes quienes guían el camino, porque conocen cuándo crece el río y cómo cambia el clima.

Más abajo, en la costa de Cauca y Nariño, el paisaje se transforma un poco. En lugares como Guapi y Tumaco, los ríos grandes se encuentran con el mar y forman extensiones de manglar que son clave para la vida marina, pues allí nacen muchos peces. En esos pueblos, la pesca artesanal sigue siendo el día a día de muchas familias.
Pero este “otro Pacífico” no es solo naturaleza. También es historia y raíces afrocolombianas muy fuertes. Desde la época colonial, esta región ha sido hogar de comunidades afrodescendientes que han mantenido vivas sus tradiciones. La marimba de chonta, los cantos del Pacífico sur, reconocidos por la UNESCO como patrimonio cultural inmaterial, y las celebraciones comunitarias siguen marcando el ritmo de la vida en muchos pueblos.
La comida también cuenta esa historia. Platos con piangua, pescado recién sacado del mar, coco y hierbas de la zona hablan de una relación directa con el entorno. No son recetas pensadas para el turista, sino sabores de todos los días que hoy llaman la atención de quienes buscan algo más auténtico.
Aquí no hay grandes cadenas hoteleras ni complejos turísticos. A varios municipios solo se llega en avionetas pequeñas o en lancha desde puertos principales. Y aunque el trayecto no siempre es fácil, eso mismo ha ayudado a que muchos lugares se conserven casi intactos. Por eso el turismo comunitario ha ido tomando fuerza, con hospedajes manejados por familias locales y recorridos donde lo más importante es respetar la naturaleza y la cultura.
Este otro Pacífico invita a salirse del plan tradicional. No es solo ir a una playa bonita, es conocer un territorio donde la selva, el agua y la cultura afro están conectadas todo el tiempo. En esa esquina del país, lejos de los resorts y de las multitudes, Colombia muestra una de sus caras más auténticas y menos exploradas.
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