Opinión

Los discursos

Provengo de la generación que comía lo que se le servía en la mesa.

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julio 04, 2021
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Los discursos
El peligro de la mayoría de las ideologías es que suponen cierta ascendencia respecto a las demás formas de pensamiento. Foto: Che Guevara (fragmento)/Andy Wharhol

Eran otros tiempos los tiempos de mi niñez. O por lo menos así los recuerdo: días y noches más simples, elementales y llanas, sin mucho que decir u opinar -y mucho menos decidir- sobre lo que sucedía alrededor. El mundo era lo que era, y aunque fui criado con mucha libertad, y en ejercicio pleno de mi personalidad, los límites eran claros. Provengo de la generación que comía lo que se le servía en la mesa. Comer, en ese entonces, era una cuestión básica, donde la desobediencia era castigada de una forma muy escueta: la cancelación automática de los juegos. Y también, los juegos eran solo juegos. Por ejemplo, montar bicicleta era motivo de competencias y diversión con mi hermano o mis primos. Las mañanas con mi padre, de ese extraordinario invento que es la ciclovía, siempre fueron -y serán- atesoradas. En los tiempos de mi niñez, la comida y los juegos jamás dejaron de ser eso. Solo eso.

No me cabe duda sobre la importancia de ir evaluando y adquiriendo discursos a lo largo y ancho de la vida. Los discursos son un conjunto -más o menos organizado- de justificaciones que explican las decisiones de las personas. Y aunque todos tenemos al menos uno, hoy en día presenciamos una época en donde absolutamente todo puede ser objeto de un discurso. Los discursos son los nuevos principios: instrumentos que por naturaleza incluyen no solo la justificación sino también la capacidad de defenderlos ante los demás. Después de todo, el individuo se construye a pesar -y alguna vez- en contra de los otros.

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Tanta proliferación de discursos hechos de  andamios de palabras terminan por agotar y aburrir de tanto censurar y condenar

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No obstante, todo puede volverse problemático cuando estos discursos se vuelven tan grávidos, deformes y espinosos que terminan por asemejarse a una militancia; tal y como sucede con las insoportables cuestiones religiosas, políticas o futbolísticas. El asunto, como lo he dicho, cualquiera que sea, empieza a mutar en una forma de ideología, que termina por definir a cada quién: lo que lamentablemente conlleva a enfrentamientos y distancias. Y lo que es aún peor a la necesidad de imponerse frente a los demás. No fue hace mucho que conocí a un vegano que condenaba el evangelio de la carne por inmoral y asesino. O cuando supe de un personaje -autodenominado biciusuario- que proclamaba el encumbramiento de la bicicleta como el único medio de transporte posible y digno. Los demás éramos estúpidos o ciegos. Y así, de a poco, estos casos extremos -pero cada vez más célebres-, van juntando chamizos para encender -cuanto antes- una sospechosa hoguera.

El peligro de la mayoría de las ideologías es que suponen cierta ascendencia respecto a las demás formas de pensamiento. Establecen jerarquías, que por obvias razones, relegan a los demás a los pisos inferiores. La superioridad moral de cada quien -síntoma del discurso por definición- impide la concepción de una posición distinta y  adversa; y así, poco a poco, todo se petrifica. La conversación se detiene y previene del encantador placer de cambiar de opinión. Sin embargo, lo peor -y más triste- es que tanta proliferación de discursos hechos de  andamios de palabras terminan por agotar y aburrir de tanto censurar y condenar. No sé si la vida debería volver a ser lo mismo de antes, supongo que no; pero qué agradables eran los días en que comer y montar bicicleta eran simplemente eso. Nada más que eso.

 

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