Los días tristes de Leyner Palacios lejos de su tierra

“O se va o lo matamos”, fue el ultimátum, y aunque su voz ha llegado hasta al presidente y la ONU, este querido líder social hoy vive encerrado

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marzo 02, 2020
Los días tristes de Leyner Palacios lejos de su tierra

Todo quedó abandonado a su suerte. “O se va, o lo matamos”, esa fue la última advertencia que le dieron los paramilitares a Leyner Palacios para abandonar el Chocó el pasado 3 de enero. La incursión de más de 600 hombres de las Autodefensas Gaitanistas de Colombia en el departamento y la presencia de por lo menos otros 100 hombres del ELN que actualmente son dueños y amos del río Atrato, desde Quibdó hasta Riosucio, pusieron a este querido líder chocoano, secretario ejecutivo de la Comisión Interétnica de la Verdad del Pacífico, contra las cuerdas.

Gracias a las redes sociales y las denuncias hechas por él mismo, se prendieron las alarmas sobre el riesgo que corría Leyner, y después de viajar al Chocó el viceminsitro del Interior, Daniel Palacios, y el comisionado de paz, Miguel Ceballos, la decisión fue su traslado a Bogotá. El Presidente Duque lo recibió en Palacio y organizaciones internacionales como Naciones Unidas a la cabeza lo rodearon.

La seguridad que hoy tiene garantizada Leyner es lejos de su tierra. Él lo sabe, y siente miedo. Por esto no tuvo de otra, más que agarrar unas cuantas e instalarse en Cali junto con su esposa y sus hijos. “Es muy frustrante porque mi salida no ha servido para proteger a la comunidad. Allá siguen los paramilitares y la guerrilla controlando la región. Se mueven como Pedro por su casa”.

Esta ya es la quinta vez que Leyner tiene que dejar el Chocó para salvar su vida. La primera fue en 2002, cuando 32 familiares suyos murieron ese 2 de mayo de 2002, aquel día en que la iglesia de Bellavista, en Bojayá, se convirtió en un cementerio por el cilindro bomba que lanzaron las Farc en medio de los enfrentamientos con los paramilitares. “Para mí, más que los 32 familiares, los 79 muertos eran mis hermanos, mis compadres”. Leyner insiste en vivir entre su gente, recorriendo ríos, caminando veredas, pero la guerra se empeña en sacarlo de su tierra.

“Nosotros insistimos en nuestras denuncias. Los grupos insurgentes como el ELN lo que le están haciendo es el favor a las Fuerzas Armadas, le están dando una excusa para hacer presencia. Existe una convivencia con los paramilitares. No lo digo solo yo, también lo ha dicho la Defensoría del Pueblo y el Obispo de Quibdó”.

Aunque el río Atrato esté militarizado, elenos, paras y bandas criminales se mueven sin mayores problemas. Foto: Colombia Plural.

El río Atrato está completamente militarizado. Para llegar a Bojayá no existe otra ruta, y actualmente hay por lo menos cinco retenes hasta el pueblo. Al mismo tiempo, los paramilitares, principalmente, navegan sin ningún problema. Todos saben cuáles son las lanchas que llevan la droga, todos saben quiénes son los que tienen las armas, pero para la Séptima División, encabezada por el general Juan Carlos Ramírez, además de la Fuerza de Tarea Conjunta Titán comandada por Darío Fernando Cardona Castrillón, y la Marina, la zona está completamente controlada, como se lo hizo saber el coronel Cardona de la Fuerza Titán a Leyner cuando le pidió a través de un derecho de petición que le enlistara los nombres de los militares que estaban aliados con los paras y cuáles grupos son los que están haciendo incursiones en la región y amenazan a su gente

La Comisión Interétnica de la Verdad del Pacífico publicó este comunicado para alertar del riesgo que implicaba la solicitud del comandante de la Fuerza de Tarea Titán para que Leyner Palacios le entregara información. Foto: La Silla Vacía

Leyner llegó a Cali a un pequeño apartamento que se siente más como una celda que como una casa. “Es un encierro en medio del cemento, y tengo muy poca comunicación con mis amigos y familia. Hace poco murió un tío y no pude ir al velorio”.

Antes que cualquier cosa, lo primero que tiene que hacer Leyner cuando se levanta es llamar a su esquema de seguridad: tres escoltas y una camioneta blindada que van para arriba y para abajo con él, pero que no son garantía de nada. Sus rutas, cualquier desplazamiento debe estar previamente planeado. En eso gasta sus mañanas en Cali, coordinando su seguridad, pensando todo el tiempo cuál será el mejor camino para que no lo puedan matar.

Sin embargo, su esquema parece más un castillo de naipes que se esfuma en cuanto sale de Cali. “Es solo un ‘show’ del gobierno porque por fuera de la ciudad no están conmigo. Si viajo a Bogotá o a alguna otra parte ellos no van, no les asignan los recursos. Por eso me toca buscar la protección y el acompañamiento internacional como lo hago con SweFOR”.

Después de llevar a sus hijos al colegio, se va para las oficinas de la Comisión Interétnica de la Verdad del Pacífico donde gasta su día en reuniones e intentado contactarse con los líderes que siguen en el Chocó. Pero la distancia no ayuda y poco a poco Leyner se ha ido aislando. Su trabajo no está en Cali, sino por todo el Atrato, el que recorre haciendo talleres de formación política y recogiendo las peticiones de la gente para que sea él quien ponga el pecho por la comunidad. Desde que trabajaba de cerca con la iglesia de Bojayá en 2002, Leyner ha sabido convencer con la palabra, su mayor aliada.

Aunque se esfuerza por estar bien, Leyner se ha ido quedando solo y su único recurso es volver a hablar con su gente a través de la “comunicación alternativa y ancestral”, como la llama él, donde muchas veces las palabras sobran. Todavía existe un puente entre él y la región, pero está lejos, también por su esquema de seguridad. Y es que nadie quiere estar cerca de una persona a la que pueden matar en cualquier momento, la gente va perdiendo la confianza porque no saben quién pueda estar escuchando la conversación. “Y cómo los llevo yo a Pogue, por ejemplo, donde hay paras...  eso sería llevarles una presa”.

Leyner tiene el respaldo de otros líderes de la región como Luis Ernesto Olave, quien también salió del territorio por amenazas. Foto: Twitter @LUISEROLAVE

Leyner ha logrado superar las crisis gracias a su esposa y sus hijos, a los que siempre recoge después del colegio. Son ellos quienes lo han mantenido centrado y su apoyo para mantenerse cuerdo en el encierro de la ciudad. “O en Cali no saben comer plátano o nosotros estamos malacostumbrados”, señala el líder del Chocó con una sonrisa mientras se recuerda navegando por el Atrato, trayendo a su mente el profundo olor de la selva y los colores de las casitas que se confunden a la orilla del río.

Los días en Cali los suelen terminar con un libro en la mano. Leyner se pierde entre los textos de derecho, una carrera que tuvo que suspender cuando solo le faltaba entregar la monografía para poder graduarse de la Universidad Tecnológica del Chocó. Mientras tanto, va preparando un informe junto a la Comisión sobre los liderazgos en el Pacífico, para documentar los cientos de casos que tiene en sus registros y crear una plataforma que sirva como base de datos.

Después de 17 años cuando Leyner conoció el azote de la guerra en carne viva pocas son las cosas que han cambiado en Bojayá. Los reclamos son los mismos que históricamente la gente le hace al Estado: educación, salud, servicios, pero allá solo llegan los militares. “Lo que nosotros necesitamos es que nos den seguridad colectiva y comunitaria. Si el pueblo está protegido, yo no necesito escolta. Podría caminar por las calles tranquilo”.  Lo único que quiere este líder querido del Chocó.

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