Lecciones del COVID-19 para Latinoamérica: los 7 jinetes del apocalipsis y las 5 pequeñas grandes revoluciones

No hay mejor maestra que la tragedia: esta desenmascara verdades, mentiras, virtudes y vicios. Esto es así tanto para los individuos como para los pueblos y naciones

Por: Henry Mesa Balcázar
mayo 18, 2020
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Lecciones del COVID-19 para Latinoamérica: los 7 jinetes del apocalipsis y las 5 pequeñas grandes revoluciones
Foto: Leonel Cordero

En el caso concreto de la actual pandemia que azota al planeta entero, es claro y contundente que —una vez pase lo peor del pico y el evidente shock en el que ha sumido a las sociedades— los diferentes pueblos del mundo comenzarán a manifestar las lecciones aprendidas del dolor, la impotencia y la vulnerabilidad a la que se vieron evidente e indefectiblemente sometidos durante estos aciagos momentos.

En el caso específico de Latinoamérica, quizás la mayor "virtud" o legado del impenitente COVID-19 es que ha posibilitado desvelar en toda su expresión y siniestra faz a los siete jinetes del apocalipsis que mantienen a los diferentes países bajo el yugo de la miseria, la inequidad, la exclusión y el pérfido vasallaje disfrazado de modernidad. Ya no hay escapatoria, ya cada uno de los pueblos latinoamericanos ha podido por fin mirarse al espejo y descifrar su orfandad y esclavitud, identificando desoladamente y sin eufemismos a los verdaderos responsables. El despertar es inevitable, y será rabioso, visceral, inexorable...

Siete son esos jinetes del apocalipsis, esos males siniestros que han sumido a Latinoamérica en la falacia de la indigencia mental y material colectiva disfrazada de posmodernidad:

1. La trampa de las ideologías. La única verdad es que ni la "derecha", ni la "izquierda" ni mucho menos el desteñido y arribista "centro" del siempre maleable y confuso espectro político latinoamericano han logrado gobernar con eficacia, eficiencia y visión estratégica. Este virus sospechosamente multisistémico ha dejado muy en claro que ningún país latinoamericano estaba ni lejanamente preparado para asumir exitosamente los grandes retos y desafíos por él planteados. Ninguna de estas ideologías (siempre vestidas de espurio mesianismo) supo gobernar y consolidar legados perdurables, y la inocultable realidad es que unos y otros lo único que hicieron cuando tuvieron posibilidad de acceder al poder fue lucrarse a manos llenas, embriagarse de poder y olvidar dolosamente a los únicos que debieran ser por definición los beneficiarios exclusivos del poder, del Estado, de las ideas y las políticas públicas: los pueblos, los ciudadanos.

2. La globalización. Con la contundencia de un megatsunami el COVID-19 ha evidenciado el craso error y el peligro difícilmente manejable de dejar la salud, la economía, la productividad, el trabajo, la generación de bienes y servicios esenciales y la consecución de equidad estructural al arbitrio y el falso albur del "libre mercado global de oferta y demanda". Que le quede de una vez por todas clara a los pueblos latinoamericanos esta lección existencial: el mercado global y sus implacables mentes maestras, los desalmados "amos del orden global", jamás antepondrán la supervivencia o el bienestar de los pueblos a sus inabarcables intereses estratégicos. Este impasible sistema globalista no dudará en sacrificar unos cuantos cientos de millones de vidas si ello significare un aumento de diez mil puntos en las bolsas de Nueva York, Londres o Shangai.

3. El sistema político-electoral-estatal. A la par de la falacia consensuada de las ideologías se encuentra la cuidadosamente construida y salvaguardada ineficiencia estructural de los sistemas políticos y electorales y de la organización como tal de los diferentes Estados. Una y otra se retroalimentan y potencian mutuamente, puesto que de lo que se trata es de prohijar y conservar un sistema integral que hace posible que estas pequeñas y mezquinas élites nacionales (siempre vasallas del orden globalista mundial), sin importar su espectro ideológico, se alternen periódicamente en el poder. El caso latinoamericano es complejo, puesto que estas élites locales son ahora una difícilmente identificable mezcla de viejas élites tradicionales, terratenientistas y financieras, con las nuevas élites surgidas del poder creciente de la ilegalidad, el narcotráfico y las economías ilícitas. El único hecho irrefutable es que estas élites, muchas veces en estrecha alianza entre sí, se aprovechan de las brechas y fisuras de los sistemas políticos y electorales, y de la debilidad institucional estructural para hacer del poder local, regional y nacional su botín, saqueando con voracidad insaciable a los diferentes países y sojuzgando implacablemente a los diversos pueblos y comunidades.

4. El sector financiero privado. El COVID-19 ha terminado de desenmascarar la mezquindad, la insolidaridad y la prelación a rajatabla de las utilidades aún por sobre la viabilidad social, de los banqueros y diferentes agentes financieros. El modo de actuar de la banca privada latinoamericana ha sido de cartilla: negación rotunda a congelar o bajar tasas, diferir pagos y mucho menos a condonar intereses y deudas.

Pero todos ellos sin excepción alguna han estado prestos a captar, manejar y poner en el mercado los ingentes recursos que el Estado les ha entregado como intermediarios para materializar las supuestas ayudas estatales a micro, pequeños y medianos empresarios. Este es otro gran "legado" del COVID-19 que los latinoamericanos jamás deberán darse el lujo maligno de olvidar: la descarada connivencia entre gobiernos y banqueros, como método siniestro de potenciar y retroalimentar sus inveteradas alianzas y patrimonios a costa de recursos públicos cuyos únicos dueños y destinatarios reales debieran ser los pueblos.

El resultado no podía ser diferente: los gobiernos le han transferido a los banqueros trillones de dólares para ser manejados a su entero arbitrio, los cuales han terminado invariablemente financiando a los grandes grupos económicos, corporativos y productivos que apoyan o de los cuales han surgido esos mismos gobiernos, configurando con ello el perfecto círculo vicioso de transferencia y usufructo endógeno de los recursos entre las élites excluyentes del poder, mientras el 90% de la población restante se debate entre el hambre y la desesperación.

5. La corrupción. Este es a no dudarlo el gran problema estructural latinoamericano. La corrupción es el hoyo negro que se ha engullido gran parte de la viabilidad de hacer de Latinoamérica una tierra de progreso, prosperidad, productividad, competitividad y modernidad transversalmente sustentados por fundamentos de equidad, solidaridad e inclusión. Aquí cabe hacerse una pregunta fundamental: ¿es realmente posible lograr que todo un subcontinente pase del atraso consuetudinario a la plena prosperidad y al desarrollo perdurable, cuando de cada 100 dólares ejecutados en el sector público se pierden aproximadamente 60 dólares en las fauces de las infinitas redes de la corrupción enquistadas y prohijadas en las élites del poder y, por ende, en los diferentes Estados, gobiernos, organizaciones e instituciones?

La respuesta nos la ha dado, cual humillante puñetazo en el rostro, el COVID-19: América latina es una tierra sin camas de hospital, sin respiradores, sin unidades de cuidados intensivos, con un sistema de seguridad social esquilmado y con un personal de la salud mal pagado y pauperizado, porque el 60% de los recursos destinados al sector salud se quedan en los bolsillos de los magnates de EPS, IPS y sus secuaces políticos, todos ellos estrechamente relacionados con las élites del poder y las mafias de la ilegalidad que atraviesan la inmensa geografía de la región.

Hay que decirlo casi a modo de grito atronador que vaya desde el Río Bravo del Norte hasta la Patagonia: Latinoamérica estará irremisiblemente condenada a ser una tierra de infinitas masas de pobres, vulnerables y vasallos, a total merced de una implacable minoría de magnates de la inequidad y la ambición deshumanizada, hasta que los pueblos no se atrevan a hacer trizas toda traza de corrupción. No habrá mayor y más épica y certera revolución para los latinoamericanos que acabar sin contemplaciones con ese monstruo despiadado que es la corrupción.

6. Los antivalores enquistados en el alma y la psique colectivas del alma latinoamericana. Hay que expresarlo sin eufemismos: doscientos años de falsa independencia estructuralmente atravesados por hambre, pobreza, desesperanza, élites implacables, defenestrados mesianismos, manipulación, exclusión y sueños frustrados, terminaron por enraizar en una parte importante de los pueblos latinoamericanos antivalores funestos como la sumisión y el vasallaje ante las élites y/o las mafias, el conformismo, el falso consumismo, el individualismo, la insolidaridad, el risible pero muy dañino clasismo y, más triste aún, una creciente propensión a la ilegalidad como medio expedito de acceder a la riqueza o incluso tomar revanchas sociales. No obstante, siempre hubo grupos de "resilientes" que jamás renunciaron a la esperanza de forjar dignidad y transformaciones reales en medio de la pesadilla, a lo que hay que sumar una juventud empoderada cada vez más comprometida, cosmopolita y consciente, lo cual permite vislumbrar cierta esperanza de que la construcción de una nueva Latinoamérica estará al alcance de la mano en los años y tiempos por llegar.

7. Los modelos de desarrollo importados. Finalmente, han quedado también en sus carnes los fraudulentos modelos de desarrollo a través de los cuales la tecnocracia latinoamericana (siempre servil a uno u otro espectro de la compleja geopolítica global) intentó durante los últimos sesenta años "diseñar" a los diferentes países acorde a los intereses, necesidades y ambiciones de las potencias mundiales y grupos de poder dominantes. Fueron siempre modelos de desarrollo con una agenda secreta como norte, y terminaron liquidando toda esperanza de hacer de Latinoamérica una tierra realmente independiente, fuerte y moderna en torno a sus potencialidades implícitas y al único y pleno servicio de cada uno de sus pueblos. En cambio, estas tecnocracias, sus amos, instigadores y modelos terminaron por hacer de Latinoamérica un subcontinente de maquila, de consumidores compulsivos de esquemas y productos impuestos, de cuartos traseros colmados de inmensas reservas en recursos humanos y naturales y, a la postre, una tierra infinitamente rica pero lo suficientemente empobrecida mental y materialmente como para terminar a merced absoluta de unas pequeñas pero voraces élites locales vasallas a su vez de las grandes élites globalistas y transnacionales, las únicas y verdaderas dueñas del gran juego del poder mundial.

Así las cosas, identificadas las lecciones, las reglas del juego y sus maquiavélicos y eficaces titiriteros, se hace fácil definir las pequeñas revoluciones pragmáticas que deberán materializar los diferentes pueblos latinoamericanos para darle un vuelco absoluto a sus destinos y hacer del siglo XXI su verdadera edad dorada.

En primer lugar será necesario, perentorio e inaplazable cambiar de raíz los liderazgos, la concepción de liderazgo y los diferentes modelos, reglas y sistemas que prohijan el actual estado de cosas. En este sentido, la primera pequeña gran revolución pragmática latinoamericana será romper de tajo la preeminencia de esa falaz triada "izquierda-centro-derecha", puesto que esta no es más que un gran engaño utilizado por las mismas élites políticas, burocráticas, económicas, institucionales y mafiosas de siempre para alterarse —a las buenas o a las malas— el poder y saquear inmisericordemente a los diferentes pueblos y naciones.

Es urgente escapar de la trampa de las ideologías y sus modelos caducos. Socialismo y comunismo son modelos probadamente violentos, totalitarios y fracasados. Capitalismo salvaje y neoliberalismo depredador son modelos probadamente inviables, desalmados e implosivos. Es la hora de un nuevo y genuino liderazgo latinoamericano, cuya única bandera e ideología sean materializar de una vez por todas las transformaciones estructurales que hagan de cada país un proyecto viable de unidad en torno a la equidad, la productividad, la competitividad, la solidaridad, la inclusión y la plena y efectiva integración política, económica y social de todos y cada uno de los sectores, territorios y comunidades, sin dejar a nadie ni a ninguno por fuera.

La segunda pequeña gran revolución pragmática latinoamericana debería ser la erradicación sin cuartel de la corrupción en todas y cada una de sus manifestaciones. Hacer de la corrupción un "delito de lesa humanidad" será un auténtico punto de inflexión que realmente cambiará el destino de cada uno de los pueblos, naciones, familias y habitantes de este asolado rincón del planeta.

El tercer gran punto de quiebre será escapar de las trampas impuestas o autoimpuestas de la globalización. Fortalecer y prohijar las economías locales, subsidiar los sectores económicos y productivos esenciales y estratégicos (comenzando por la micro, pequeña y mediana empresa de alcance local, regional y nacional), renunciar de tajo a los tratados comerciales que impliquen sacrificar el más mínimo interés de algún sector productivo nacional por pequeño que pudiese parecer. Esto implica también romper con la servidumbre impuesta por el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y con la gran banca mundial.

El cuarto punto esencial será el de poner serias limitaciones a la gran banca, tanto nacional como internacional. Prohibir taxativamente todo proceso de rescate con recursos públicos a los banqueros y, en cambio, fortalecer con ingentes recursos la economía solidaria, los fondos rotativos sectoriales y comunitarios, entre otros. Será también perentorio liquidar la política de utilizar a la banca privada como intermediaria para inyectar los recursos públicos de apoyo a los diferentes sectores productivos, sociales y comunitarios. En cambio, cada gobierno nacional deberá crear o fortalecer aquellas entidades financieras públicas para, a través de ellas, entregar directamente los recursos de crédito, fomento, subsidio y/o apoyo a los sectores y comunidades estratégicamente priorizados.

Finalmente, la quinta pequeña gran revolución latinoamericana debería ser la de la educación. Se ha dicho de todas las maneras posibles, pero no por ello deja de ser una gran verdad y la piedra angular sobre la que deberá sustentarse todo proceso de renovación o refundación estructural de Latinoamérica: es solamente brindando a todas y cada una de las capas sociales de un país una educación gratuita, de altísimo calidad y absolutamente contextualizada y alineada con los grandes intereses y prioridades nacionales, que se podrá hacer posible el sueño de transformar a Latinoamérica en una gran potencia relevante y primordial durante el siglo XXI, consolidando con ello un nuevo poder global basado en la solidaridad, la equidad y una plena productividad sostenible y perdurable.

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