Sí, ya lo sé: Sergio Fajardo y su fórmula, Edna Bonilla, vienen marcando baja intención de voto desde hace rato. Escribo estas líneas faltando dos semanas para la primera vuelta. Quizás sea yo un iluso creyendo que aún es posible que Fajardo remonte y pase a segunda. Pero, más allá de los resultados, considero que es mi deber votar el domingo 31 de mayo por quien me parece el mejor candidato. Me molesta que me digan por quién debo o no hacerlo en primera vuelta. Y veo uno que otro simpatizante fajardista abandonando el bote, indeciso frente al “voto útil”.
El actual período de campaña ha sido extraño. Debates sin la presencia de dos de los tres punteros. Inteligencia artificial a granel en las bodegas de las redes, con todo el repertorio de alucinaciones gráficas y textuales. Encuestas contradictorias, algunas sesgadas, que subestiman grupos poblacionales, adelantadas por firmas descalificadas, según la conveniencia, por las distintas campañas. Un presidente que desacredita el sistema electoral que lo eligió: una institución sólida, orgullo de Colombia.
Y aunque el asunto de adelantar campañas y difundir mensajes que despierten emociones es un fenómeno viejo y mundial, nunca había percibido tan poco interés por las propuestas programáticas de los candidatos. La bronca, la revancha y el desquite están por encima de las políticas de empleo para los jóvenes o de las de ciencia e innovación.
Considero que el mejor programa, el más elaborado y sustentado, es el de Fajardo
Por eso, en estas líneas apenas menciono que considero que el mejor programa, el más elaborado y sustentado, es el de Fajardo. Ya parece lugar común decir que la seguridad, la salud y el déficit fiscal están en el repertorio básico. Aunque, en el caso de Sergio y Edna —vaya aburrición para quienes buscan emociones—, la aspiración a una Colombia educada es prioritaria.
Lo que deseo enfatizar va por otro camino. Además de su calificada experiencia como alcalde y gobernador, voto por Fajardo porque es el candidato que, en este país fragmentado y polarizado, aspira a gobernar para todos. Gobernar en el marco del respeto al sistema democrático que, con sus imperfecciones, sigue siendo garantía de pesos y contrapesos.
No hay que buscar pruebas programáticas en la plataforma de Sergio y Edna. Basta fijarse en el lenguaje, en la manera en que se discrepa, en la forma en que los candidatos miran a sus adversarios y a sus seguidores.
Cualquiera que vea los mensajes de Fajardo en redes encontrará ejemplos valiosos en un país que suele dirimir con violencia —verbal o física— las discrepancias. Van una idea y seis consignas de Sergio:
- No somos un país de enemigos
- Creemos que podemos pensar diferente y no odiarnos
- La violencia nos ha quitado mucho como país; necesitamos unidad
- Es la hora de que Colombia pase del miedo a la esperanza
- Cabemos todas y todos
- Una política y un gobierno de la empatía y la unidad
Son mantras que deberíamos repetirnos a diario. Colombia pareciera retornar, ante la indiferencia de buena parte de sus líderes, a las nefastas épocas de finales de los 80, cuando fueron asesinados militantes de la U.P., así como candidatos y precandidatos presidenciales de distintos sectores políticos.
El vil asesinato de Miguel Uribe Turbay hace unos meses; el de Mateo Pérez Rueda, hace pocos días, un valiente periodista freelance que investigaba la violencia de grupos disidentes; el de dirigentes de la campaña de Abelardo de la Espriella en el Meta, hace tres días; y el de 55 líderes sociales y comunitarios asesinados en lo que va de 2026 (Indepaz), deberían aterrarnos y cuestionarnos. La violencia empieza, muchas veces, en el lenguaje.
Percibo, en el caso de Cepeda, grandes ausencias autocríticas. Paz total y seguridad, corrupción tipo UNGRD… cero palabras. Son formas de agresividad oblicua que terminan otorgando.
En el caso De La Espriella, un discurso que obligará a millones a cuidarse las tripas. La agresión, en días pasados, a mujeres periodistas muestra un patrón abusivo y machista.
A Paloma, que podría ser la primera mujer presidente, la veo inmersa en lo que parece la cuadratura del círculo: entre proclamar que Uribe es su padre político y conquistar sectores afines a Oviedo, predominantemente jóvenes y ansiosos de discursos que amparen la diversidad. Cuando uno explora alianzas en países como Alemania, entre sectores tan disímiles como el partido verde, el socialdemócrata y los liberales, hace algunos años, el desafío no es imposible.
No me quiero imaginar la dificultad de gobernar cuando se detesta al adversario.
Pero sí me imagino a Fajardo uniendo y construyendo.
Del mimo autor: El día en que comenzamos a confesarnos con algoritmos
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