La última batalla de Uribe contra Santos

En el Capitolio Nacional durante la instalación del nuevo congreso, a punta de trinos la cabeza del CD buscaba destruir la obra de Santos. Crónica de Ivan Gallo.

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julio 21, 2018
La última batalla de Uribe contra Santos

En la séptima con catorce, a tres cuadras del Capitolio Nacional, todo estaba acordonado. En pleno centro de Bogotá, a las dos de la tarde del 20 de julio, la ciudad estallaba. El plan familiar del día había sido salir a la calle con banderitas de Colombia a darle vítores a las Fuerzas Armadas que había sacado a desfilar todo el arsenal que tenían. Hasta submarinos inservibles, arrastrados por carricoches, se pasearon por la Avenida Boyacá. Después del desfile muchos, insuflados de aires patrióticos, se fueron a ver cómo se instalaba el nuevo Congreso, el que tendrá la responsabilidad de consolidar la controvertida paz de Santos y que recibía por primera vez a exguerrilleros de las Farc. Los curiosos perdieron el viaje. Muy pocos podían pasar. Los papás, aferrados a sus banderitas y a sus hijos, desesperados insultaban a la policía. No había nada que hacer. El programa familiar se había frustrado.

El acceso a la prensa lo ubicaron en una esquina lateral, justo al frente de una de las entradas del tradicional colegio de los jesuitas, el San Bartolomé. A las 2:30 de la tarde muchos medios protestaban porque ya la entrada llevaba media hora cerrada. A pesar de los esfuerzos que hacía el jefe de prensa del Congreso, Heberto Enrique Amor, un capitán de la Policía joven y autoritario, acababa con firmeza a los envalentonados e inútiles intentos de reporteros quienes le recordaban el sagrado derecho a informar.

Una cuadra antes no había fila en el acceso a los invitados especiales. Jugando mi última carta, después de rogar sin éxito durante una hora, a las tres y media, y de esquivar a una multitud que se arremolinaba en torno al expresidente de la Cámara de Representantes Alejandro Carlos Chacón, quien se tomaba una selfie con el controvertido senador y exgobernador de Santander Richard Aguilar en la esquina del Teatro Colón, rodeados de escoltas y de admiradores ocasionales, presenté mi cédula. Un policía en una carpa y frente a un computador portátil me encontró en la lista de invitados especiales. No sé porque, pero ese fue mi boleta de entrada.

Nunca había visto a la Plaza de Bolívar desierta un viernes a las cuatro de la tarde. En el centro de ella se veía una inmensa mancha gris. Las palomas habían retomado la plaza. Entrar a la sala donde estaba a punto de iniciarse la instalación tampoco fue fácil. Mientras veíamos como familiares de congresistas deambulaban de un lado a otro buscando el lugar más espléndido para tomarse una selfie, el rumor de que la organización había fallado rondaba en la boca de los periodistas. Se habían acreditado 600 personas y sólo pudieron acceder 400.

Los primeros senadores y representantes en llegar al Congreso fueron los del partido Fuerza Alternativa Revolucionacia del Común. Al final de la sesión Carlos Antonio Lozada habló, por primera vez en la historia, en el salón habiendo sido comandante de la guerrilla de las Farc - Foto: Leonel Cordero

De un momento a otro alguien me tomó de la mano, me hizo cruzar tres puertas en ese laberinto que es el Capitolio, y me acomodó en un palco atestado de periodistas. Después de un vidrio estaba el Salón Elíptico en donde se posesionarían 108 senadores. Entre la multitud de congresistas yo sólo buscaba a uno, al más mediático de todos. Justo diagonal a donde estaban los representantes del Partido Farc, Marcos Calarcá, Carlos Antonio Losada, Gustavo Quintero, Pablo Catatumbo y Victoria Sandino quienes llegaron al recinto disciplinadamente desde la una de la tarde, más temprano que nadie, estaba el enemigo más encarnizado que tuvieron estos en cincuenta y cinco años de guerra: Álvaro Uribe Vélez.

El senador más votado de la historia de Colombia, Álvaro Uribe, entrando a la posesión del 20 de julio - Foto: Leonel Cordero

Efraín Cepeda, presidente del Senado, empezaba el llamaba a lista cuando justo al mencionar el nombre del expresidente, los invitados y un buen número de Senadores estallaron en un aplauso inoportuno. Cepeda regañó al público. Ese tipo de expresiones están prohibidas en una sesión del Congreso. Incluso el propio Uribe se molestó. Si uno no conociera al Presidente más popular de la historia de Colombia podría pensar que es un señor pacífico, casi que tranquilo. Una especie de abuelo sabio que cobija a sus hijos con consejos y regaños mesurados. Estaba de pie, blanco y limpio como un pan, como un cura de pueblo. Saludaba al considerable número de congresistas que iba hasta su puesto en el receso de las cuatro de la tarde. Entonces Cepeda anunció la entrada del Presidente Juan Manuel Santos, su enemigo desde hace ocho años, después de su último recorrido desde el Palacio de Nariño hasta el Congreso.

Uribe se veía tan tranquilo y distendido que no miraba a sus enemigos políticos que estaban diagonal a él, justo al lado de los comandantes de las Farc. En tres filas estaban Gustavo Bolívar, Ángela María Robledo, Gustavo Petro, Iván Cepeda y Maria José Pizarro quien, en un bello acto simbólico, colgó en su puesto el sombrero blanco de Carlos, su papá, el recordado comandante del M-19.

La cara del expresidente cambió cuando Santos, acompañado de su esposa Maria Clemencia y su hijo Esteban, entro por un ala del Congreso, a paso lento, saludando a todo aquel que se acercaba. Uribe inmediatamente se sentó y empezó a hablar con la persona que estaba a su lado, Ruby Chagui, su exjefe de prensa, quien alcanzó a obtener 31 mil votos en las pasadas elecciones al Senado. Cuando Santos se subió a pronunciar su discurso, una salva de aplausos retumbó en el lugar. Los únicos que no agitaron sus palmas fueron los del Centro Democrático. Uribe en ningún momento miró al actual Presidente.

Desde que comenzó su discurso con la defensa de sus ocho años de mandato y de la paz acordada con las Farc, Uribe arrancó con su nueva arma: Twitter. Más de 4.6 millones personas reciben sus mensajes en el instante mismo en que los emite. Durante la hora en que Santos habló el expresidente escribió 64 trinos, cada uno de ellos enfocado en contradecir y desmentir los resultados de la gestión que Santos quiso defender en su discurso de despedida.

El primer trino fue un campanazo de la andanada que sobrevendría: “Congreso con personas condenadas por delitos atroces, sin reparar víctimas, sin cumplir sanciones simbólicas, inadecuadas. En Colombia criminalidad creciente y reorganización criminal de FARC. Paz aparente”. No hubo un punto al que no le refutara. Cuando el Presidente habló de que entregaba mejor el país de lo que había estado nunca, Uribe le respondió con este trino: "La realidad del país muestra todo lo contrario del mejor momento que dice el Gbno (sic)". Hierático, a Uribe lo único que se le movía era un músculo en su mejilla.

Me preguntaba cómo hacía para que no se le encalambraran los dedos. Súbitamente interrumpió su escritura para preguntarle algo a la senadora Chagui. Ella sacó de su bolso un cargador. Al expresidente la andanada de trinos le descargó el celular. Superado el inconveniente continuó. Uno tras otro y tras otro. La única vez que respondió a un aplauso pedido por Santos fue cuando se hizo referencia a la labor de las Fuerzas Militares cuya plana mayor estaba a un costado del recinto, justo debajo del mural de Santiago Martínez Delgado. También hubo reacción positiva cuando le hicieron un reconocimiento a las víctimas del conflicto armado, junto con su bancada se puso de pie pero no aplaudió. Estaba muy entretenido con el celular.

Minutos antes del discurso de Santos, varios senadores de la Bancada por la Paz - Polo, Verdes, Decentes y hasta Farc - pusieron este mensaje: No más líderes asesinados - Foto: Leonel Cordero

A las cinco y media Santos terminó su discurso. Uribe, entonces, acabó su andanada, su discurso paralelo. Dos jóvenes detrás de él le hablaban. Acaso lo felicitaban por su ataque. Puso el celular en la mesa. Lo dejó reposar, que se cargara tranquilo. Lejos del celular Uribe volvía a ser el abuelo blanco al que toda su bancada le pide consejo. Era, como decía el ponqué que le partieron sus nietos hace unas semanas, justo cuando cumplió 67 años, el papá de los pollitos.

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