Opinión

La superioridad moral en la pandemia

Vivir en Rosales es un privilegio. Secuestrar a alguien en Rosales es un crimen. ¿Qué vamos a hacer con la superioridad moral de poder notar el crimen y la ignorancia?

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mayo 10, 2020
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La superioridad moral en la pandemia
El privilegio de saber y de pensar: lo más probable es que algunos habitantes del edificio de Edy ni siquiera pensaran en que eran cómplices de un secuestro.

Cuántas cosas más se pueden decir sobre el coronavirus, sobre la pandemia, sobre la cuarentena, sobre la inmunidad, sobre la desigualdad, sobre la alcaldesa, sobre el presidente, sobre que pelearon, sobre que no pelearon. Todas las ideas empiezan a parecer repetidas, copiadas. Quién dijo qué por primera vez, ¿acaso importa?

El mundo entra en una nueva fase gradualmente de reapertura. Los lugares más avanzados, como Corea del Sur, ya vieron una variante de la película: apertura, focos de reinfección –en bares de Seúl-, volver a cerrar. Esperamos a ver qué pasa en Alemania, en algunos estados de Estados Unidos y en Colombia. Inevitablemente, acá empezamos a reabrir. La cuarentena, bastante estricta, fue exitosa y parece haber un consenso de que llegamos al límite de lo razonable con ese nivel de rigidez. A lo mejor la nueva fase desconocida trae nuevos temas que, ojalá, sean de mayor actividad económica sin sacrificar a nadie. Parece difícil.

Bueno, nuevos temas sí hay, en realidad. En el barrio Rosales de Bogotá, el barrio más caro de Colombia, secuestraron a la señora Edy Fonseca. El relato del periódico El Tiempo es desgarrador, “Desde hace un mes, Edy Fonseca quedó retenida en su lugar de trabajo, el edificio Luz Marina, ubicado en el sector de Rosales, en Bogotá. Pasó 28 días durmiendo en un sótano, que semanas atrás había sido fumigado por la presencia de roedoresacostándose en un sofá y con apenas un par de cobijas.” Esta es la parte más amable de la nota. De ahí para abajo, los detalles son desgarradores. Causa curiosidad el uso del verbo “retener” en vez de “secuestrar”. Lo mismo hacían las Farc. Y no se menciona, en la nota de El Tiempo, el papel estelar de un congresista de Cambio Radical en la macabra película del secuestro. Siempre hay alguien de Cambio Radical, bien sea el jefe máximo o algún congresista, en las historias con roedores y abusos de los que más tienen a los que menos tienen. A lo mejor es casualidad.

Puede decirse, “es noticia vieja disfrazada en la pandemia”. Un capítulo del abuso de parte la élite colombiana que jamás dejó de comportarse como en la colonia. Alguna vez leí que en Colombia hay gente que no sabe qué es abrir la puerta de un carro porque desde que nacieron tuvieron quien les abriera la puerta del carro. Los escoltas. Creo que fue Héctor Abad el que dijo eso. En estos días, Vladdo compartía una foto de un exministro, exembajador, excongresista, que absolutamente nadie reconoce y que a nadie importa, seguramente muy buena persona, escoltado para sacar a su perro por ese mismo barrio Rosales. En los tiempos en los que periodistas están en la mira de sectores corruptos de las fuerzas armadas, grupos reincidentes dedicados a perseguir a todos los que jugaron limpio a la paz en regiones alejadas del centro del país, en tiempos en los que hay decenas de líderes sociales asesinados en la soledad de su liderazgo.

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El esquema es así: alguien dice, en una red social o en algún medio, algo sobre su “sufrimiento” en la cuarentena. Y a renglón seguido sale la policía de Twitter 

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Quizás caí en lo que iba a criticar. Pienso que es una idea de la que no se ha hablado lo suficiente en estas semanas: la pretensión de superioridad moral. Es asunto de la burbuja de las redes sociales, sospecho. El esquema es así: alguien dice, en una red social o en algún medio, algo sobre su “sufrimiento” en la cuarentena. Que se engordó, que le tocó lavar platos, que se canceló el viaje, que ya se aburrió de la vista desde la finca, que le tocó cocinar porque la señora de la finca que la “ayuda” tuvo que ir al médico, que dejó el vestido que había comprado para el grado guardado, que el señor que le entrega el diploma está gordo, algo así. A renglón seguido, la policía del Twitter, sale a señalar: “¡Ojo! Privilegiado”, y, dependiendo de la gravedad de la infracción viene la sanción, principalmente un bullying virtual, intenso. El infractor inicial, suele corregir unos días después: “perdón, me equivoqué, entiendo que soy un privilegiado y que en este país hay gente la pasa peor que yo, excusas”. Usualmente hay perdón pero no olvido, la sentencia definitiva viene así: “Si te tocó esperar a la cuarentena para ver que en Colombia - ¡en el mundo! - hay desigualdad es porque estás mal”.

La película ya está repetida, como todo lo demás. Sin embargo, cada vez que la veo, vuelvo a pensar: no se dan cuenta, parece, los policías del Twitter, que cumplen una labor importante, que son ellos mismos los más privilegiados. Engordar en la pandemia es un privilegio pero, salir a reivindicarlo es muestra de algo de banalidad o, por lo menos, de mal humor. Saber que en Colombia la estructura social, económica y política es profundamente desigual y tener la perspectiva suficiente para tomar distancia y ver cómo, tantas veces, desde lo más alto ni se dan cuenta de dónde están parados, es un privilegio más importante, por lo menos, más interesante. Es el privilegio de saber y de pensar. Lo más probable es que algunos habitantes del edificio de Edy ni siquiera pensaran en que eran cómplices de un secuestro. Hay en el vídeo, un señor digno que dice eso mismo, que no hay derecho, y lo silencian.

Vivir en Rosales es un privilegio. Secuestrar a alguien en Rosales es un crimen. No darse cuenta que es un secuestro, no darse cuenta que engordar en la pandemia es otro privilegio, es muestra, también de ser un ignorante. ¿Qué vamos a hacer con la superioridad moral de poder notar el crimen y la ignorancia? Matoneo virtual, parece fácil. A lo mejor, de tanto repetirlo, será inútil. Y estaremos los policías de la opinión, listos a hacer notar, desde nuestro propio pedestal, esa inutilidad. El ciclo sin fin.

@afajardoa

 

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