Opinión

La risa, remedio infalible

En un foro económico de talla mundial el presidente hizo uno de sus peores chistes sobre los acuerdos de paz la semana pasada

Por:
junio 21, 2016
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Hace 50 años no contábamos con los sofisticados medios de comunicación que hoy abundan, para bien o para mal, en nuestra vida moderna. No existían canales tan sofisticados como la “prensa escrita” o la “radio hablada”, que según algunos comunicadores despistados son lo último en canales para transmitir de todo tipo de información. Corresponde al pobre receptor de este ametrallamiento  informativo, escoger con criterio qué sirve y qué es simplemente basura en bonito formato. Pero ese es otro asunto para posterior discusión.

Hace medio siglo eran muy pocos los medios escritos que circulaban en nuestro país. Uno de ellos era la revista Selecciones del Reader´s Digest. Como todo en su época (y todo en la actual) esta revista de formato diminuto se utilizaba para transmitir mensajes más o menos implícitos sobre la doctrina norteamericana de la guerra fría. Muchos de sus artículos exudaban sectarismo; pero los más interesantes eran escritos livianos, intrascendentes y pacatos sobre la vida diaria de esos tiempos.

Mi sección favorita se llamaba precisamente como el título de este artículo. En esta se relataban anécdotas más o menos humorísticas sobre la vida real de personajes famosos o anónimos de la época, ya fuera para ejemplificar sus procederes rectos y honorables, o para reírse de sus desaciertos.

En la edición de febrero de 1966, se relata la siguiente historia, la cual transcribo de manera textual: “Una de las anécdotas favoritas del presidente (de los Estados Unidos, Lindon B.) Johnson se refiere a cierto juez de Tejas a quien despertaron a media noche para comunicarle que había sido suspendido en su cargo. —¿Por quién? —preguntó el juez. —Por una comisión integrada por el alcalde, el presidente de la Asociación de Abogados y un banquero —le informó el que llamaba, añadiendo los nombres de las personas.

—Permítame contarle algo sobre la tal comisión —contestó el juez enfurecido—. El alcalde ganó las elecciones fraudulentamente, el abogado es un tramposo, y el banquero, un usurero como lo fue su padre.

—Cálmese señor juez –se apresuró a decir el otro-. No es más que una broma. Nadie lo ha suspendido de su cargo.

—Eso no es justo –contestó el juez-. ¡Mire que hacerme decir esas cosas cerca de los mejores amigos que tengo!”.

La semana pasada, nuestro presidente andaba de buen humor. En un foro de talla mundial sobre la economía, al que fue invitado para hablar de las perspectivas de nuestro país y de lo atractivo que podría resultar como lugar para invertir, le dio por hacer uno de sus  peores chistes, que no han sido pocos. Ante un grupo internacional de potenciales inversores, de manera inequívoca amenazó a todo el mundo con el terror urbano de su (esperamos) contraparte en Cuba, si no se aceptan todas sus exigencias y se ratifican acuerdos desconocidos alcanzados en La Habana. Si esto se hubiera dado en una mesa de póker, después de unos buenos tragos, los compañeros de farra podrían haber entendido que se trataba de una extrapolación al absurdo; lo que en algunos casos puede tener algo de humorístico.

Si esto se hubiera dado en una mesa de póker,
los compañeros de farra podrían haber entendido
que se trataba de una extrapolación al absurdo

De inmediato, sus asesores y spin doctors trataron de tapar como fuera la embarrada de su jefe. Lo primero que hicieron fue afirmar que se trataba de una pregunta capciosa, formulada por un saboteador de la oposición, que había manipulado a nuestro sagaz presidente para obligarlo a expresarse tan mal de sus mejores amigos, acusándolos de estar preparando ataques terroristas al tiempo de estar sentados en la mesa de negociación y resguardados de todo mal en sus cultivos de coca, amapola y marihuana.

La esencia del buen humor, gráfico, escrito o hablado, radica en la capacidad de llevar al lector o al escucha por un camino al parecer lógico, para luego de manera abrupta desviar el curso del relato hacia un final inesperado, o al menos ridículo. Y ello debe producir risa o asombro.

Reírse de lo que hacen o dicen los demás, cuando su intención es precisamente la de divertir, no solo es amable sino que incluso se toma como una muestra de inteligencia de quien lo hace. El sentido del humor es una de las características de las personas inteligentes.

Pero, reírse de lo que otros hacen en ejercicio de su legítimo derecho a no estar de acuerdo, no solo es muestra de pésima educación, sino de un cinismo rayano en la tiranía.

Otro de los presidentes de nuestro país, el del mandato claro; funestamente recordado por su catadura moral muy parecida a quien hoy rige a cuatro manos nuestros destinos; y que pese a sus abundantes escándalos hoy sería ejemplo de honestidad y rectitud frente a lo que está pasando, es recordado por declarar que le tocaba limitarse a “reír imperceptiblemente” cuando veía en los balcones de las plazas públicas a las esposas y amiguitas de los delincuentes buscados por la justicia. Y en ambos casos hay que decir, si tienen tal información, ¿por qué en lugar de reírse no actúan contra los criminales a quienes conocen de manera tan cercana? ¿Hasta qué punto debemos sacrificar principios, derechos y deberes en aras del cuento de la paz? ¿Qué pasará mañana cuando los criminales re encauchados, impunes y libres nos amenacen de nuevo a todos con más violencia, si las reglas de la democracia no les son de utilidad a sus propósitos? ¿Qué puede tener de duradera, para no hablar de legítima, una paz obtenida bajo amenazas?

Es sabido que anteriormente los líderes políticos solo hablaban de principios. Hoy solo hablan de negocios.

La pregunta que queda flotando en el ambiente es, ¿cuál es el negocio detrás de la paz?

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