La democracia son los partidos políticos a través de los cuales se expresa la voluntad popular. Entre más partidos políticos organizados haya, hay más democracia, y entre más desorden haya en las organizaciones políticas o entre más sean desplazadas por movimientos de opinión, pues hay menos democracia.
Lo usual en las democracias modernas es que haya diversidad de partidos políticos, pocas veces con la mayoría absoluta de los votos, y como no hay nada peor que un gobierno de minorías las dos vueltas electorales conjuran ese riesgo, permitiendo formar coaliciones que garanticen la gobernabilidad. En las democracias parlamentarias, simplemente no existe un gobierno que no tenga mayorías en el Parlamento. En las democracias presidenciales (un invento que está llamado a recoger), si no se forma una coalición después de la primera vuelta, el que no la haga pierde. La segunda vuelta permite que se reagrupen las organizaciones políticas que sean afines alrededor de los dos ganadores de la primera vuelta, el que mejor haga ese trabajo gana.
La primera vuelta de las elecciones presidenciales en Colombia, que será el 31 de mayo, es la mejor radiografía del desorden político nacional, donde los partidos de más larga tradición y mayor organización regional no tienen candidatos, algunos candidatos opcionados no tienen partido, y hay 14 nominados de los cuales al menos 9 no registran más del 1% de intención de voto en las encuestas. Sólo para reforzar el argumento vale la pena decir que dos de los candidatos con más posibilidades de pasar a la segunda vuelta, Iván Cepeda y Paloma Valencia, son precisamente quienes tienen el apoyo de importantes partidos políticos (que se conoció en la elección parlamentaria del 8 de marzo) y de la opinión pública (que se expresa en las encuestas). Es decir, que a pesar del descomunal desorden la política funciona como debe ser.
La segunda vuelta es para escoger al que menos le disgusta
Lo que no puede ser es que basados en el temor fantasmal de que alguien puede ganar en primera vuelta se desvirtúe ese sano mecanismo y a los electores se les niegue el derecho de escoger al candidato que les parezca más adecuado, aunque no vaya punteando en las encuestas ni tenga un fuerte apoyo parlamentario. La primera vuelta es para escoger al candidato que a uno mas le gusta. La segunda para escoger al que menos le disgusta. Con una consecuencia que no sobra anotar: el voto en la primera vuelta es para habilitar a los candidatos que no pasen a la segunda de un poder de negociación frente a los ganadores. Si no el mecanismo no tendría ningún sentido.
La historia electoral colombiana y de pronto la universal, indican que nunca un presidente de la República ha sido elegido solo con voto de opinión, lo cual sirve para reiterar la importancia de que en vez de descalificar a los partidos políticos se haga el esfuerzo institucional de fortalecerlos internamente, para que haya candidatos viables que surjan de su interior, que compitan en primera vuelta con otros candidatos de otros partidos y que gane el que más votos obtenga. Lo demás es literatura política. Guachafita.
Del mismo autor:Pensando con el deseo
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