Opinión

La platica de las Farc

The Economist sacó un artículo calculando en más de diez mil millones de dólares la fortuna de estos sinvergüenzas

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Abril 18, 2016
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El primero que salió a tocar el tema fue el socio mayor de las Farc, Juan Manuel Santos. Desde luego para decir que no tenía noticia, grande ni chica, de las riquezas farianas. Así nos pusimos en guardia. Juanpa no da puntada sin dedal y sus socios saben cuándo ponerlo a decir cosas que encubran sus delitos.

La explicación no pedida venía porque una de las publicaciones más leídas del mundo, The Economist, sacaba poderoso artículo calculando en más de diez mil millones de dólares la fortuna de estos sinvergüenzas. Claro, y viene lo peor, que el cálculo se hacía para el año 2012, dejando por fuera los que han sido más productivos para sus malditos negocios. Estos últimos tres, cuando las siembras se han extendido fabulosamente, al amparo de la prohibición de bombardear sus campamentos, a la garantía siniestra de no fumigar sus cultivos y a la encimita de no extraditar a sus bandidos requeridos por narcotráfico desde la justicia norteamericana. Para terminar, la política macroeconómica disparó el dólar desde un mil ochocientos hasta tres mil pesos. ¡Moñona!

No pararon aquí las cosas. Desde la Secretaría de Estado, el director Antidrogas, William Bronsfield, aseguraba que tenía claros indicios de los lugares en que las Farc guardaban su platica. Bronsfield no competirá nunca en un concurso de simpatía, pero es hombre serio, que no tendrá por qué mentir en cuestiones de este linaje. Se cierra el círculo.

Y falta el último detallito, que a nadie escapará. La obsesiva insistencia de las Farc en la liberación de Simón Trinidad. Pues el asunto viene ligado al que analizamos. Porque Trinidad era el hombre clave en los dineros de las Farc, como que sabe leer de corrido y se desempeñó como banquero antes de abrazar la más lucrativa condición de bandido. Algún despistado pensará que las Farc son solidarias con su gente, lo que es tan falso como moneda de cuero. Piensen, si no, queridos lectores, en la pobre Sonia, capturada por los días en que cayó Trinidad y que nadie recuerda. Es que la infeliz, que era más guerrera que Trinidad, no tenía las claves de las cuentas en que andan guardados los dólares o euros de estos bandidos. Y por eso, nadie se acuerda de ella, nadie hace su efigie en cartón y nadie pone su liberación como condicionante de la paz.

 

El tema de Simón Trinidad es de dólares y no de solidaridad,
ni de estrategia política, ni cuestión de imagen.
Es de plata.

 

El tema de Simón Trinidad es de dólares y no de solidaridad, ni de estrategia política, ni cuestión de imagen. Es de plata.

Y acontece que es de plata todo el asunto de lo que estos bellacos llaman la paz de Colombia. La llamada guerrilla es un vulgar cartel de narcotraficantes, que se hace competencia con otro grupo, igual o peor de detestable, que es el de las bacrim. Nada más que eso.

Las ciento sesenta mil hectáreas de coca sembradas en el país, no producen para exportación final menos de setecientas toneladas métricas de cocaína, que en las calles de las grandes ciudades del mundo se venden, por baratas, a cien dólares el gramo. Como una tonelada pesa lo que un millón de gramos, nos encontramos con la fabulosa cifra de que cada tonelada se vende a cien millones de dólares. Precio final al público, como se dice en el argot del comercio. Eso significa que el negocito vale setecientas veces cien millones de dólares por año. Nada menos que eso.

Claro que la cifra se adelgaza con el precio de las conciencias que hay que comprar, con el costo de los sicarios para asesinar policías incómodos, con el valor de las go fast y los sumergibles que se usan, con el pago de los intermediarios, los raspachines y los químicos que preparan el clorhidrato. Pero la cifra da para todo.

Si llegáramos a sumar el negocio del oro, del coltán y de las extorsiones, entraríamos en un mundo fantástico. Y eso sin empezar el cálculo del contrabando que se alimenta de los dólares que produce la venta de la cocaína. Es cosa de nunca acabar.

Cuando alguien se arrima a esta realidad dramática, descubre que lo de las Farc no es ideología, ni política, ni cosa que se parezca. Sin perjuicio de que alrededor de esa colmena zumben las alas de los viejos comunistas, como las de Enriquito Santos, por ejemplo, el problema es de dólares, euros, pesos y centavos. Lo demás es literatura, finta para el despiste como se dice en boxeo.

Se comprenderá el escándalo que se avecina. Un nuevo artículo publicado en The Economist, actualizando sus trasnochadas cifras y que la Secretaría de Estado pase de las declaraciones a los hechos y las Farc, y sus amigos, quedarán en pelota. En la vergonzosa desnudez de los delincuentes que quieren tapar siempre sus crímenes atroces con discursos y proclamas.

 

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