Opinión

La opinión es cosa vana, variable y ondeante

Los punteros de las encuestas, Fajardo y Petro, no tendrán una gran representación en las elecciones parlamentarias pero monopolizan el nuevo voto de opinión, que ha dejado de ser uribista

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Febrero 13, 2018
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La opinión es cosa vana, variable y ondeante

La opinión pública es inconstante, como la luna. Le tiene horror al vacío y lo llena con sus cambiantes preocupaciones. Es sorprendente, infiel y sin ataduras. Se nos olvida que en las elecciones presidenciales de 2002 Álvaro Uribe Vélez ganó en primera vuelta con el 53 % de los votos por el movimiento Primero Colombia que no tenía ninguna representación parlamentaria. Fue la primera vez que hubo en Colombia un divorcio total entre el mundo político y la opinión electoral de los ciudadanos. El apoyo parlamentario a ese gobierno, que fue muy sólido, se construyó después de la elección presidencial. Y para mirar en el vecindario, Pedro Pablo Kuczynski, fue  elegido en el Perú en el 2016, el mismo día que el Congreso Unicameral, con 50.1 % de los votos y solo el 9,2 de ese Congreso que luego trató de tumbarlo, sin éxito. Así que el mundo, cansado de los políticos, da sorpresas. Lejos está dar por sentado que el apoyo parlamentario garantiza la Presidencia.

Los síntomas de ese fenómeno se intensifican entre nosotros. En la primera vuelta de las  elecciones presidenciales de 2010 el Partido Liberal tenía 26 % del Congreso y su candidato Rafael Pardo obtuvo el 4,3 % de la votación; y el Partido Verde tenía el 0.5 % del Congreso y su candidato Antanas Mockus obtuvo el 21.5 % de la votación. En la primera vuelta de las presidenciales de 2014 el Centro Democrático tenía el 14 % del Congreso y su candidato Óscar Iván Zuluaga obtuvo el 29 % de la votación, y Clara López obtuvo el 15 % de los votos cuando su partido sólo tenía el 3.7 % del Congreso. El presidente-candidato tenía el 44 % del Congreso y obtuvo el 25.7 % de los votos. Esto para decir, con hechos y datos, que en las elecciones presidenciales en Colombia no hay una relación directa entre la fortaleza parlamentaria de un candidato y sus resultados electorales.

O para decirlo de otra manera, tratándose del presidente la gente vota por la persona y no por su partido, lo cual convierte la campaña presidencial no en una lucha por apoyos parlamentarios (que no sobran), ni siquiera de agendas, sino en una cuestión de carácter. Franklin Roosevelt decía que ser presidente de Estados Unidos es un asunto de carácter: la gente se siente confiada cuando cree que a la cabeza del Estado hay un líder con carácter a quién se le juzga por lo que hace no por lo que dice. O mejor aún, se confía en él porque lo que dice tiene respaldo en lo que ha hecho.

 

Como nadie sabe para quién trabaja,
Juan Manuel Santos le debe la presidencia a Noemí Sanín.
¿Será que le sucederá lo mismo a Iván Duque frente a Marta Lucía Ramírez? 

 

Y ese poder de la opinión también se siente en las consultas partidistas. En la consulta del Partido Conservador para escoger su candidato a las presidenciales de 2010, Noemí Sanín obtuvo 1.040.000 votos, venciendo a Andrés Felipe Arias, candidato in pectore del presidente reelegido Álvaro Uribe, en el apogeo de su poder político, pero el 38 % de las personas que votaron por ella en ese momento no la acompañaron en la elección presidencial. Es decir, una opinión importante no conservadora interfirió para que Arias no fuera candidato. Como nadie sabe para quién trabaja, Juan Manuel Santos le debe la presidencia a Noemí Sanín. ¿Será que le sucederá lo mismo a Iván Duque frente a Marta Lucía Ramírez? El Centro Democrático como los borbones españoles, ni aprende ni olvida.

Los dos candidatos que puntean en las encuestas, Sergio Fajardo y Gustavo Petro, no tendrán una mayor representación en las elecciones parlamentarias por bien que les vaya, pero entre ambos monopolizan el nuevo voto de opinión, que ha dejado de ser uribista, porque ambos son de alguna manera candidatos de la antipolítica: Fajardo un outsider del poder capitalino, Petro su más notorio crítico. El auge de Petro explica el nivel de insatisfacción de gente muy pobre que ve al Estado distante e indiferente a sus necesidades (en Bogotá y en la Costa Atlántica). El de Fajardo, una reacción mucho más nacional y extendida a todos los estratos y edades de rechazo a la corrupción. Es naturalmente una escogencia entre el populismo y el caos administrativo, y la decencia y el manejo eficiente de la administración pública.

Si se suman esas tendencias de opinión no parece que puedan ser contrarrestadas por ninguna maquinaria política. La opinión mayoritaria es contra el establecimiento político y como consecuencia ha cambiado sus preferencias  del discurso sobre los efectos perniciosos del Acuerdo de Paz con las Farc, a la lucha contra la corrupción. Así que cabe esperar que sea esa opinión vana, variable y ondeante, la que elija al próximo Presidente de la República.

 

 

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