La obra en Nicolás de Federmán que ha tardado el doble que la Torre Eiffel

Mientras que la construcción del emblemático monumento parisino tomó dos años, las obras de la calle 56 con 35ª (Teusaquillo, Bogotá) llevan casi cuatro

Por: Felipe Szarruk
octubre 30, 2020
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La obra en Nicolás de Federmán que ha tardado el doble que la Torre Eiffel

Existen tres maneras de hacer las cosas: la inteligente, la estúpida y la colombiana. De las tres, la última es impresionante, porque es un mecanismo y una tecnología de robo que ha sido construida durante siglos y que hoy se ha perfeccionado para instalarse en toda una nación y convertirla en una sociedad corrupta y deshonesta.

Dos años, dos meses y cinco días fue el tiempo que tomó construir la enorme Torre Eiffel (París): desde el primer palazo a mano —recuerden que en aquella época no existían las máquinas que tenemos hoy en día— hasta el momento de su culminación. Lo que sucede es lo siguiente, si usted le pide a un ser humano normal que entierre tres objetos, lo que este hará será excavar un hueco, colocar los tres objetos adentro y taparlo.

Esa sería la acción de alguien que usa su cerebro de manera correcta. Ahora, no es que el colombiano sea estúpido, al contrario, este desarrolló la habilidad de convertir un sencillo proceso en un martirio por el cual cobra... entonces, el colombiano excava un hoyo, coloca un solo objeto, tapa el hoyo, plata el pasto, arregla el jardín y luego destruye lo que hizo dos veces más para cobrar la factura.

Eso es exactamente lo que ha sucedido durante casi cuatro años en la calle 56 con 35ª en la localidad de Teusaquillo en Bogotá, y solo por documentar este caso porque son cientos en la ciudad. Han abierto y tapado la calle unas doscientas veces: el mismo hueco, en el mismo lugar, lo arreglan y a los dos días lo vuelven a abrir. Han destruido calles enteras, las han pavimentado y las han vuelto a destruir. Hoy están destruyendo el parque a la forma colombiana (the colombian way): robar eternamente sin que nadie diga nada.

La actitud de los obreros e ingenieros cada vez que los vecinos le reclaman es grosera y altanera, pero qué importa, esto es Colombia... este es el paraíso de los narcos, los asesinos y los ladrones. ¿A quién le va importar que lleven cuatro años trabajando una o dos veces por semana, llegando a las seis de la mañana a hacer escándalo y dejando todo en silencio nuevamente a las nueve de la mañana? Así durante años... ¿A quién le va a importar si acá matan a la gente en el transporte público y no sucede nada, si acá los policías asesinan ciudadanos y no sucede nada, si acá salir a la calle es un acto de supervivencia y no sucede nada? Pues un robo más, un robo menos, es como otro respiro de un país moribundo llamado Colombia.

La reflexión que me queda de esto es un reproche hacia mis padres: son unos mentirosos y me dañaron la vida. Ellos me enseñaron que tenía que esforzarme, estudiar y desarrollarme para poder vivir bien en esta sociedad —entre ese “vivir bien” incluían un buen sueldo o una cantidad de dinero para poder pagar mis necesidades—, pero no era cierto. Por el contrario, ellos debieron instruirme para ser un bandido, un ladrón, un sicario o, mejor aún, un político colombiano... así no hubiera perdido cuarenta y cinco años de mi vida estudiando, sino que hubiera podido robar millones e irme a vivir al mar siendo el sugar daddy de alguna influencer.

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