Subir hasta esta propiedad ya es una experiencia. La montaña en la localidad de Suba, en el norte de Bogotá, lleva hacia un conjunto residencial donde las casas cuestan lo que cuestan y donde la gente que vive ahí no necesita explicar por qué eligió ese lugar. Dentro de ese complejo, que ya tiene su propia vigilancia, hay una mansión que además cuenta con puesto de seguridad privada, un espacio diseñado específicamente para alojar guardaespaldas y conductores. Es el primer indicio de que esto no es una casa más en un conjunto caro.
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La propiedad supera los 3.000 metros cuadrados construidos, distribuidos en cuatro niveles. Desde la entrada, el visitante entiende que las proporciones aquí funcionan con otra lógica. El acceso vehicular tiene capacidad para hasta 20 carros, entre la planta principal y el nivel inferior, algo que en Bogotá normalmente se asocia con hoteles o centros de eventos, no con una residencia privada. La puerta de ingreso, en madera natural, tiene el tamaño suficiente como para dejar en claro qué tipo de arquitectura espera adentro. Los techos superan los tres metros y medio de altura libre, y los pisos de granito gris recorren todos los niveles.
La casa tiene cinco habitaciones y ocho baños. Cada una de las habitaciones auxiliares es, por sí sola, más grande que la habitación principal de muchos apartamentos de lujo en zonas como La Cabrera o El Chicó. La habitación principal ocupa una esquina del último nivel, tiene sala privada, terraza, walking closet, baño completo y jacuzzi propio. El corredor que la antecede incluye una oficina con baño, lo que permitiría habilitar una sexta habitación si fuera necesario.

Lo que hace distinta a esta casa no es solo su tamaño sino para qué está pensada. En la sala principal conviven diferentes zonas de estar, una chimenea a gas, acceso a una terraza con vista al bosque y, más arriba en el mismo nivel, un comedor para 14 personas. Hay un segundo estar con otra chimenea y una cava con capacidad para 300 botellas. La cocina es de nivel profesional: cuatro fogones, un teppanyaki, dos hornos marca SMEG, dos extractores, y en lugar de una nevera, dos. Todo duplicado. En el nivel de servicio hay una lavandería de proporciones industriales, un apartamento para el personal con dos habitaciones y sala, y una bodega de más de 100 metros cuadrados.
Organizar en esta casa una reunión de 50 o 60 personas no representa ningún desafío logístico. El espacio lo permite sin que nadie tenga que acomodarse en sitios incómodos, y la cocina profesional acompaña esa escala con naturalidad.
En los niveles inferiores está la zona de entretenimiento: un salón de juegos, un cine privado, mesa de ping pong, media cancha de baloncesto y una cancha de squash. Afuera, rodeando la casa, un camino pavimentado de más de 300 metros sirve para correr o andar en bicicleta. El spa privado incluye jacuzzi circular, turco, gimnasio con máquinas y zona de relajación con acabados en piedra natural y mosaicos artesanales en el techo, un nivel de detalle que no suele verse en propiedades residenciales.
Esta mansión en Suba es una de esas propiedades que en Bogotá existen pero rara vez se ven. Está rodeada de bosque, construida para vivirse y también para compartirse, y a juzgar por todo lo que tiene adentro, quien viva ahí no necesita salir para casi nada.
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