Opinión

La máquina de triturar que se ensaña con Petro

A cualquiera que les interese pueden armarle el paquete más escandaloso, envilecerlo ante la opinión. En el momento preciso, cuando más daño pueda hacer

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Diciembre 07, 2018
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La máquina de triturar que se ensaña con Petro
Cuando resulte oportuno para desviar la atención de donde algún imprudente logró que la gente mirara... Foto: Nelson Cárdenas/Las2Orillas

Que los dueños del mundo y el país aplican día a día más recursos para controlarnos a todos, es algo que pese a no ser reconocido por la mayoría, se hace más ostensible cada día.

Somos vigilados todo el tiempo por cámaras en la mayoría de lugares públicos y privados. Se alega para ello la necesidad de proteger de la delincuencia a la gente.

Hasta nos lo indican con avisos que asimilamos como normales. Nos enseñamos a que cada paso nuestro sea rigurosamente seguido, lo aceptamos diciendo que no hacemos nada malo.

Nuestras huellas digitales, fotografías y documentos de identidad quedan reportados en cuanto edificio público o privado necesitemos entrar. Incluso nuestra firma y letra.

Exigen como cosa natural hasta el tipo de sangre, la EPS a la que estamos afiliados, nuestra dirección y teléfono. Incluso los datos de la persona más cercana a nosotros.

Nuestro nombre completo, el número de la cédula, la dirección y el teléfono nos es exigido por el vendedor de un almacén en el que compramos unos interiores o unas medias.

Nadie ni nada escapa a la rigurosa pesquisa y el registro. Se supone que nos garantiza la seguridad a todos. Pienso más bien que garantiza la seguridad a quien nos vigila.

Para nadie es un secreto la existencia de unas gigantescas estructuras dedicadas a la criminalidad. La corrupción devora lentamente el patrimonio colectivo e individual.

La sensación de inseguridad que sentimos en las calles y demás lugares públicos no desaparece por las cámaras y los registros que nos hacen los vigilantes antes de cruzar puertas.

Delincuentes de todas las categorías y condiciones se mueven diariamente por las calles, matan, violan viviendas, automóviles, rapan teléfonos, trampean a sus anchas.

Es evidente que los controles no resultan eficientes a la hora de detectar la corrupción, las mafias, el crimen en sus diversas variantes. Debe ser que no son realmente para eso.

Su propósito es otro. Vigilar permanentemente a los ciudadanos. Sumar verdaderos expedientes con los movimientos de cada uno. Monitorear conductas y actitudes.

Eso sin hablar de las redes sociales. Facebook, Instagram, Twitter, Google, donde quedan registrados nuestros pensamientos e inclinaciones y nos relacionan de inmediato con otros.

La instalación de cualquier aplicación en nuestro teléfono implica autorizar el acceso a nuestros datos, imágenes y demás archivos que poseamos. Ya nos acostumbramos.

El poder tiene todas las armas para destruirnos cuando quiera. A la mayoría no le importa, piensa que no ha hecho nada que merezca un castigo. Eso sólo le pasa a los malos.

Es inevitable pensar en la subordinación de nuestras mentes, en el sometimiento voluntario, por puro desentendimiento con la tragedia ajena. Por algo les habrá pasado.

Lo que debemos entender es que quien posee el registro meticuloso de cada uno de nuestros pasos, tiene en sus manos un arma poderosa con la que nos puede hacer trizas.

Le basta con armar el más complicado e ingenioso de los laberintos con la información que maneje de cada uno. Y luego entregarlo para su difusión a los grandes medios a su servicio.

 

El engranaje funciona a la perfección cuando se trata de triturar los objetivos.
La imagen efectista, las palabras escogidas al azar entre un diálogo,
la ofensiva de la gran prensa.

 

A cualquiera que les interese pueden armarle el paquete más escandaloso, envilecerlo ante la opinión. En el momento preciso, cuando más daño pueda hacer.

Y cuando resulte oportuno para desviar la atención de donde algún imprudente logró que la gente mirara. Ni la prensa ni los mecanismos de control están hechos para advenedizos.

No importa en realidad lo que estuvieran haciendo o conversando Jesús Santrich o Gustavo Petro un día cualquiera. Lo que vale verdaderamente es lo que la gente crea que hacían.

Así los dueños de la manija podrán legítimamente decidir qué hacer con ellos. Con el aplauso de la masa enajenada incluso. Con la certeza de seguir medrando a sus anchas.

Abogados tienen, adinerados y famosos, expertos en enredarlo todo para su beneficio. Que no vacilarán en salir en la televisión o la radio para expandir su cizaña.

Los proletarios de todos los países no son hoy los obreros sobreexplotados de los yacimientos mineros, como en el siglo XIX. Tampoco el burgués es el mismo patrón de entonces.

Los primeros son los ciudadanos vigilados, controlados y domados que perdieron hasta su sentido de pertenencia a una clase. Se los convenció de que eran empresarios.

Los segundos son una inmensa trama de capitales de todas las procedencias, con tecnología de punta a su servicio, que manejan a sus anchas los hilos del Estado.

Que lo devoran todo sin piedad. Que aprendieron a librar otro tipo de guerras, sin desdeñar del todo las antiguas. Que pasan por pulcros aunque destilan podredumbre.

Titánica tarea desenmascararlos. Y qué urgente resulta. Antes del fin.

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