El presidente Gustavo Petro sorprendió al país durante el más reciente Consejo de Ministros con una frase que resume buena parte de los problemas de su política energética:
"Ordeno que las importaciones de gas se den ya, porque si no van a matar a millones de colombianas y colombianos"
La afirmación es mucho más que una respuesta a una coyuntura. Es el reconocimiento de una paradoja que merece ser discutida.
¿Cómo pasó Colombia de ser autosuficiente en gas natural a necesitar importarlo con urgencia?
La respuesta comienza con una decisión política: el Gobierno Petro suspendió la firma de nuevos contratos de exploración y explotación de petróleo y gas como parte de su estrategia de transición energética y de lucha contra el cambio climático.
El objetivo era reducir la dependencia de los combustibles fósiles y acelerar la incorporación de energías renovables. Sin embargo, hubo un problema que nunca desapareció: los colombianos siguieron necesitando gas para cocinar, para hospitales, para la industria y para respaldar el sistema eléctrico.
Si la demanda permanece, pero la producción nacional deja de crecer, el resultado era previsible: importar gas.
Las tres consecuencias de dejar de producir nuestro propio gas
Esta decisión termina generando una paradoja difícil de explicar: dependemos más, pagamos más y contaminamos más.
1. Perdimos soberanía energética
Un país que depende de otros para abastecer un recurso estratégico reduce su capacidad para tomar decisiones autónomas frente a presiones económicas, comerciales o geopolíticas. La energía deja de depender de nuestras decisiones y pasa a depender de factores externos.
Empezamos importando gas, pero por esa vía terminamos importando decisiones estratégicas para nuestro país.
2. El gas resulta más costoso
Diversos análisis del sector muestran que el gas importado puede costar hasta 5 veces más que el producido en Colombia, incrementando la presión sobre las tarifas que pagan millones de hogares, especialmente los de menores ingresos, además de industrias y comercios, lo que afecta la competitividad nacional.
3. El impacto ambiental es mucho mayor
Esta es quizá la mayor paradoja.
Mientras el gas producido en Colombia llega directamente al mercado nacional, el importado debe licuarse, transportarse a través de miles de kilómetros en enormes buques metaneros y posteriormente regasificarse antes de ingresar al sistema colombiano. Todo ese proceso consume muchísima energía adicional y distintos estudios han estimado que puede generar una huella de carbono significativamente superior frente al gas producido localmente.
La contradicción que termina favoreciendo al fracking
La paradoja aumenta cuando se observa el origen del combustible.
Hoy el 60% del gas importado por Colombia proviene de Estados Unidos y buena parte ha sido extraída mediante fracking, precisamente la técnica cuya expansión el Gobierno colombiano ha rechazado de manera reiterada por sus impactos ambientales.
La pregunta es inevitable.
¿Tiene sentido prohibir esa técnica dentro del país mientras terminamos financiando esa misma producción en el exterior?
Nada de esto significa que Colombia deba renunciar a la transición energética. Todo lo contrario. El país necesita agregar más energías renovables, aumentar su matriz energética y avanzar hacia una economía más sostenible.
Pero una transición energética debe hacerse con planeación, evidencia científica y criterios técnicos, garantizando simultáneamente tres objetivos: proteger el ambiente, preservar la soberanía energética y asegurar que los colombianos tengan acceso a una energía suficiente y asequible.
Una transición energética pierde todo el sentido cuando termina aumentando la dependencia, el costo y la huella ambiental.
Porque cuando un país deja de producir la energía que necesita y depende cada vez más de otros para abastecerse, no solo aumentan los costos económicos, sociales, ambientales. También pierde autonomía para decidir su propio futuro.
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