La escuela nocturna que salva vidas

En un colegio público de Ciudad Bolívar estudian mujeres que fueron abusadas sexualmente, jóvenes que intentan escapar de las drogas y del conflicto armado

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noviembre 26, 2015
La escuela nocturna que salva vidas
Foto: Julio Barrera

Cae la noche en el barrio Meissen, al sur de Bogotá, y mientras la mayoría de las personas se apresuran para llegar a sus casas y huir del frío y la inseguridad, un grupo de personas se prepara para entrar al colegio. Jóvenes, padres de familia, trabajadores y adultos mayores se agolpan frente a la puerta del colegio Guillermo Cano Isaza para esperar a que suene el timbre que indica la entrada a clases.

Las historias de dolor deambulan por los pasillos, habitan en las aulas de clases. Víctimas del conflicto armado, mujeres abusadas, trabajadoras sexuales, hombres que cayeron en el abismo del consumo de droga, expandilleros, en otros, confluyen por los pasillos de esta institución que lleva más de 35 años ofreciendo espacios de resocialización y reconciliación a través de la educación.  

Sin embargo, por encima del dolor, los traumas y las difíciles historias de vida, entre los 370 estudiantes de la jornada nocturna prevalece un fuerte sentimiento de esperanza de que las cosas pueden cambiar, que se puede dejar atrás el pasado para construir un futuro mejor.

Enseñar ciencias, matemáticas y entregar un diploma de bachiller es parte de la labor de los docentes de esta institución nocturna.

Aquí se hace un trabajo muy especial y muy enfocado en la parte emocional de los estudiantes. Tratamos de hacer un proceso de resocialización y de inclusión de estas personas que, por diferentes circunstancias, han sido excluidos del sistema. Además de aprender a leer y a escribir, nuestros estudiantes aprenden a sentirse otra vez como individuos de la sociedad, a valorarse como seres humanos que tienen las capacidades para establecer un proyecto de vida”, comenta Blanca Rodríguez, coordinadora de la jornada nocturna y una orgullosa habitante de Ciudad Bolívar que trabaja arduamente para mejorar las condiciones de los habitantes de su localidad.

El consumo de drogas es uno de los factores que más inciden en el abandono escolar; por eso el acceso a la educación incrementa las posibilidades de recuperación de sus estudiantes, pero es importante tener en cuenta que este es proceso de readaptación al colegio y a los hábitos escolares toma tiempo y debe darse bajo unas condiciones especiales”, comenta el doctor Augusto Pérez, director de la Corporación Nuevos Rumbos, PhD en tratamiento de adicciones con más de 35 años de experiencia, y miembro de la Comisión Asesora en Política de Drogas del Gobierno.

Aunque el acompañamiento psicológico y clínico en los procesos de resocialización es una constante en el proceso – el hospital Vella Vista hace brigadas constantes de prevención al consumo-, el acompañamiento emocional y el contacto humano, es clave en estos procesos.

Foto: Julio Barrera

Foto: Julio Barrera

La educación, la luz al final del túnel

Pese al frío de la noche, al cansancio de haber trabajado el día entero, los estudiantes de la jornada nocturna llegan con la mejor disposición para aprender. La violencia, la delincuencia y el consumo son problemáticas con las que conviven diariamente pero que quedan atrás cuando cruzan la puerta del Guillermo Cano Isaza. Por eso, contrario a lo que se cree, y en palabras de sus maestros, son estudiantes sumamente receptivos y con gran sentido del compromiso.

Ese es el caso de Jesús David Pinzón, uno de los estudiantes más destacados del colegio que, como muchos otros, trabaja todos los días para superar un pasado difícil de delincuencia y consumo de estupefacientes.

A pesar de ser un joven que acabó de cumplir la mayoría de edad, Jesús ya ha recorrido un largo camino y su rostro aparenta muchos años más. Se define como un sobreviviente, como una persona que, día a día, lucha contra la adicción al bazuco y que encontró en el trabajo y el estudio una forma de escapar del ambiente convulsionado que se ha llevado a muchos de sus amigos.

Jesús, antes de que cumpliera 15 años, ya deambulaba por las calles de la ciudad mendigando, robando y rebuscándosela para conseguir droga.

La vagancia, las malas amistades me fueron llevado por el mal camino. Poco a poco me fui volviendo un adicto y cuando me di cuenta ya llevaba tres años en ‘El Cartucho’, viviendo entre la basura y robando para conseguir el vicio”, comenta Jesús, quien despertó de sopetón del delirio en el que se habían convertido sus días cuando su novia le comunicó que iba a ser padre.

“Fue un momento muy duro para mí. Cuando mi hija nació yo estaba pagando una condena de año y medio en la cárcel de Yopal (Casanare). Mi mujer me llevó la niña hasta allá para que yo la pudiera conocer. Ese momento en el que alcé a mi hija por primera vez me hizo reflexionar sobre mi vida, sobre todo el tiempo que había perdido. Allá, encerrado en una celda, cambié mi forma de pensar”, dice Jesús, y comenzó a rehacer su vida.

Cuando Angie llegó al mundo le dio a Jesús una razón para vivir, el impulso que necesitaba para superarse y reconstruir su vida. “Buscando oportunidades me vinculé al Idipron y allá los compañeros de patio me comentaron que en el colegio les daban todas las facilidades para terminar el bachillerato, y como mi mamá siempre me había dicho ‘si uno quiere ser alguien en la vida, tiene que estudiar’, entonces no lo pensé y me inscribí al colegio”, dice Jesús.

Retomar los hábitos escolares no fue fácil. En su infancia, solo hizo hasta primero de primaria, por lo que tuvo que empezar desde cero en el Guillermo Cano. Ya lleva tres años en el proceso.

Ha aprendido a leer, a escribir, a sumar y a restar. De día trabaja limpiando cunetas en la empresa de Acueducto y Alcantarillado de Bogotá y, cuando cae la noche, toma el cuaderno y se va para la escuela. Quiere terminar su bachillerato para poder ingresar al Sena para convertirse en técnico industrial mecanizado. El poco tiempo libre que le queda se lo dedica a su mujer y a su niña.

Foto: Julio Barrera

Foto: Julio Barrera

Tocar el corazón antes de tocar la mente

La historia de Jesús es el ejemplo de cómo esta escuela se convirtió en una segunda oportunidad para personas que, como él, se desviaron en el camino. Sin embargo, no todas las historias tienen un final tan afortunado. Muchos de los que empiezan a principio de año, dejan el proceso inconcluso.

“Retomar los hábitos de estudio, asumir todas esas responsabilidades es difícil para personas que están inmersas en dinámicas de consumo de drogas y otras actividades. Por eso tenemos altos índices de deserción. De 620 alumnos que empezaron a principio de año, quedan 370, casi la mitad. Por eso tratamos de facilitarle los procesos a los muchachos, de ser comprensivos y flexibles sin llegar a ser alcahuetas, claro está”, dice la coordinadora Blanca, quien reconoce que pese a las dificultades es un proceso que funciona y salva vidas.

Cada joven que tenemos aquí sentado en un salón estudiando es un muchacho menos que está afuera robando y consumiendo. Con una vida de que salvemos, hace que todo este esfuerzo valga la pena”, asegura la maestra.

Para recuperar jóvenes y adultos excluidos a través de la educación, salvar vidas y brindar segundas oportunidades no es nada fácil. Como recalca el doctor Augusto Pérez, de la Corporación Nuevos Rumbos, es clave “formar a los maestros para esta labor, que se concienticen de que los jóvenes consumidores de drogas con frecuencia son díscolos y desafiantes y que de acuerdo a eso deben cultivar habilidades especiales como la comprensión, la candidez humana, la ternura”.

Aquí, el trato hacia los estudiantes y los procesos de aula son diferentes a los de las jornadas normales. El trabajo de resocialización es el punto de partida del proceso educativo.

“Mientras un estudiante no se sane emocionalmente, no va a aprender nada. Primero la salud emocional. Una niña que tenga una situación de abuso sexual, por ejemplo, no va a aprender nada. Primero tiene que cerrar su proceso, hacer una relectura de su cuerpo desde la esperanza”, dice Marcelo Torres, docente encargado de trabajar la emocionalidad de estos jóvenes y adultos.

“El colegio se vuelve un escenario donde los chicos se sienten bien. Sienten que construyen relaciones positivas con los docentes, con los compañeros, se sienten importantes y queridos en este espacio. Dónde más los escuchan, dónde más los reciben con cariño, dónde más los llaman por su nombre y no por su apodo”, reitera el profe Marcelo.

“A ellos no hay que ‘darles lora’, ni ‘terapearlos’, como dicen ellos. Ellos han recorrido hogares de paso, correccionales, ellos ya se saben la cantaleta, de nada sirve repetir lo mismo”, dice Yulieth Munca, orientadora de la institución. “Después de superar los traumas del pasado, los muchachos se enfocan en construir un proyecto de vida, de ampliar su panorama y visualizarse en un futuro”, continúa.

Este enfoque especial de educación que impulsa la Secretaría de Educación, que se articula alrededor de la comprensión y la atención humanizada, ha sido determinante para que miles de jóvenes y adultos desescolarizados vuelvan a las aulas.

Foto: Julio Barrera

Foto: Julio Barrera

“Lo que buscamos es brindar a los colegios y a los maestros las herramientas para que puedan brindar una atención adecuada y pertinente a esta población. La jornada nocturna, que actualmente está implementada en 54 colegios del Distrito, tiene un componente muy humano. Con esto lo que buscamos es que estas personas mejoren su entorno, su familia, a ellos mismos”, dice Esperanza López, funcionaria de la Dirección de Inclusión e Integración de Poblaciones de la Secretaría de Educación del Distrito.

Son las 10 de la noche y el frío arrecia. Los estudiantes guardan sus útiles y se despiden de sus maestros. Salen a la calle con el cansancio a cuestas, pero satisfechos. Al otro día deben trabajar, ‘rebuscarse’ lo de la comida y lo del arriendo, pero tener en mente un mejor mañana les da esperanza para seguir estudiando.

Piensa, habla, actúa por la educación. Conoce más historias enwww.educacionbogota.edu.co

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