De la violencia bipartidista a los discursos actuales: el peligro de sacralizar la política y usar el nombre de Dios para camuflar agendas partidistas

 - Los riesgos de convertir la fe en una herramienta de campaña electoral
Texto escrito por: Juan José Morales Chaves

Como lo describió Aristóteles en la Política, el hombre es un ser político por naturaleza. En una democracia, cada ciudadano tiene derecho a formarse una opinión política y a votar libremente, sin sufrir persecución, señalamiento o discriminación por ello. En Colombia, ese derecho está protegido por la Constitución, especialmente por los artículos 13, 18, 19, 20 y 40. Esto aplica también para los creyentes, sin importar su credo. El problema surge cuando un pastor, sacerdote o líder religioso usa su autoridad espiritual para imponer una opción política sobre la conciencia de los creyentes.

Lo que hoy ocurre en algunos sectores cristianos en Colombia es alarmante. La política partidista se ha infiltrado por entre las grietas de los templos, vaga por los pasillos de las iglesias y, en algunos casos, revolotea en el púlpito, cambiando la predicación de Cristo por consignas de campaña llenas de odio, sed de venganza y cálculo electoral.

Como parte de su misión profética, la iglesia debe hablar de justicia, verdad, paz, corrupción, dignidad, pobreza, violencia y justicia social. Pero una cosa es formar conciencia y otra convertir el altar en centro logístico de campaña, constreñir a las ovejas y esquilarles los votos.

Cuando presentan a un candidato como “la única esperanza” o “el enviado de Dios”, desplazan la confianza en Dios y la depositan en un hombre (Jer 17:5). Entonces la Palabra deja de ser lámpara a los pies y es escondida bajo el almud, para volverla herramienta de justificación del poderoso, y el candidato empieza a ocupar el trono del Señor.

Algunos lo hacen abiertamente; otros, de manera camuflada, en redes sociales o en petit comité, sin asumir públicamente la responsabilidad de su fraude. Ajenos a esto, otros guardan un silencio cómplice: no promueven directamente estas prácticas, pero tampoco las denuncian ni protegen a las ovejas de quienes las manipulan. Sobre esos pastores pesa una advertencia terrible: “¡Ay del pastor inútil que abandona el rebaño!” (Zc 11:17).

Así acomodan la Biblia en una especie de terrorismo espiritual. Hacen sentir culpable, o menos cristiano, a quien no apoya a su candidato. Presentan la adhesión a un partido como obediencia a Dios y, por tanto, convierten la crítica al candidato en rebeldía y herejía, y al adversario político en blasfemo y enemigo de Dios.

Además, maquillan su agenda política con una capa de lenguaje religioso. Se declaran profetas que señalan el pecado, pero son profetas tuertos: solo miran para un lado y se arrodillan ante el otro. Dejaron de dispensar gracia para disparar culpa y condenación. Diezman la menta, el eneldo y el comino, pero dejan lo más importante de la Palabra: la justicia, la misericordia y la fe.

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En temporada electoral, no evangelizan; por el contrario, este comportamiento contradice la Gran Comisión, logra apartar a quienes aún no creen, hiere a creyentes que se sienten manipulados y da motivos a los inconversos para vituperar el nombre de Dios (Rom 2:24). Además, dificulta la labor evangelística futura, porque muchos, al ver este espectáculo religioso-político, van a cerrar su corazón al evangelio y terminarán como terreno estéril (Mt 13:18).

¿Acaso pretenden que la gente deje de pecar y se convierta a Dios mediante un decreto presidencial? ¿Desconocen que quien convence de pecado, de justicia y de juicio es el Espíritu Santo? ¿No entendieron a Jesús cuando dijo: “Mi reino no es de este mundo”?

Pero esto no es nada nuevo bajo el sol. Colombia ya conoce las consecuencias de sacralizar la política. Pues es bien sabido que, durante la Violencia, sectores de la Iglesia católica se alinearon con el conservatismo, predicaron contra el liberalismo mostrándolo como ateísmo, comunismo y anticristianismo. En ese clima, la contienda política fue elevada a guerra moral y religiosa. El liberal dejó de ser ciudadano y pasó a ser enemigo de Dios y de la patria. Como ya sabemos, las consecuencias fueron trágicas para miles de colombianos, y ese ambiente de odio propició el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán y la violenta reacción popular conocida como el Bogotazo.

Colombia vive hoy síntomas claros y preocupantes de esta misma estrategia. Debemos denunciar y detener este comportamiento, que se ha extendido tanto que muchos ya lo ven normal. Algunos ni siquiera se dan cuenta de que están siendo instrumentalizados. Otros creen que son más santos por adoptar esta actitud, y se llenan de arrogancia y de un aire de superioridad moral reflejado en la forma en que tratan a quienes no piensan igual.

A los líderes religiosos que ejercen estas prácticas hay que confrontarlos con claridad, pues han cambiado el poder del evangelio por el evangelio del poder. Pero aún están a tiempo de arrepentirse y volver a la misión para la que fueron llamados: pastorear el rebaño que el Señor les encomendó y predicar su mensaje de amor.

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Por Nota Ciudadana

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