La asunción a los cielos de su alteza real Letizia

Tras casarse con el rey Felipe VI de España, en ese entonces príncipe, la plebeya hija de un taxista parece haber sido coronada en lo más alto del Olimpo

Por: Carlos de Urabá
noviembre 13, 2018
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La asunción a los cielos de su alteza real Letizia
Foto: Twitter @CasaReal

A través de una pantalla de televisión, y gracias a la magia de las ondas hertzianas, Letizia Ortiz, la presentadora del telediario de la segunda cadena, logró cautivar al príncipe Felipe (un coloso de 1.90 de estatura, dotado de una inteligencia superior), que cayó preso de un súbito encantamiento virtual... un cuento de hadas solo comparable al romance de Romeo y Julieta.

Pues bien, el soberano o soberana (porque ya se ha abolido la ley Sálica) de las Españas se elige “democráticamente” en el lecho nupcial. Esto significa que si alguno de los espermatozoides del soberano fecunda con éxito el santísimo óvulo de su majestad a los nueve meses alumbrará un ser pluscuamperfecto que guíe los destinos del reino.

Las actuales hijas de la pareja real son dos hermosas infantas rubias y de ojos azules, étnicamente arias, católicas y apostólicas, ya que están emparentadas con los emperadores bávaros y con don Pelayo. En este caso, la corona ha recaído en la infanta Leonor, princesa de Asturias, quien, por obra y gracia del espíritu santo, será la nueva reina de España, asegurando así la perpetuidad de la dinastía borbónica.

La rutina diaria de sus majestades está marcada por una apretada agenda institucional, propia de tan alta investidura. El jefe de la Casa Real es el encargado de planificar cada una de las actividades oficiales y extraoficiales de Felipe VI —el Jefe de Estado y capitán general de los ejércitos— y de su consorte, la reina doña Letizia.

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Su majestad se pasa las horas muertas en el tocador de la alcoba ensimismada frente a su espejo pronunciando el clásico conjuro: “espejito mágico, espejito de oro, ¿quién es la más linda?”. El genio le responde con voz impostada: “nadie en el reino es capaz de eclipsar a vuestra excelencia. ¡Doña Letizia es las más guapa, guapa, guapa!”. Coqueta y vanidosa ,lanza un suspiro de alivio, mientras los poetas palaciegos le cantan versos laudatorios: ¡¡Oh, gloria inmarcesible!! ¡¡Oh, júbilo inmortal!! Escribirán su nombre en letras de oro en los anales de la historia. Se le levantarán estatuas y bustos. Se erigirán monumentos en su honor. Será eternamente adulada por sus súbditos que le hacen reverencias, besan sus purísimas manos y se rinden a sus pies.

El culto a la personalidad es una de las máximas virtudes de nuestra monarquía “constitucional” y ya comienzan a bautizarse con su nombre estadios, aeropuertos, salas de teatro, hospitales, y hasta tanatorios. Por real decreto de ley,  la foto oficial de sus majestades debe presidir los ayuntamientos, colegios, universidades, cuarteles, estaciones de policía, edificios oficiales, embajadas, etc. Tal epidemia de narcisismo es otra prueba más de la soberbia imperial españolista.

A las famosas peluqueras Luz y Gema se les ha encomendado la heroica misión de cuidar la sedosa cabellera de su majestad. Ambas cumplen una extenuante jornada de trabajo que comienzan al toque de diana (6 de la mañana) —casi todos los días del año sin excepciones—. Son memorables sus eximias obras de arte: el moño rizado, el flequillo ladeado, la coleta sutil, el clásico recogido de bailarina, el pelo liso, ondas retro, corte bob, las mechas más claras, más oscuras, el alisamiento, la melena rizada; pero hay algo que no han podido evitar y es que a la reina se le caiga el pelo (por culpa del excesivo uso de tintes, acondicionadores y demás menjurjes) y neutralizar la aparición de las primeras canas. El desgaste de su tupida cabellera es más que evidente y se teme que —si no se toman las medidas oportunas— en un corto periodo de tiempo puede quedarse calva. Para evitar tamaña tragedia que la condenaría a usar una incómoda peluca se le está aplicando un revolucionario tratamiento de choque a base de champús y lociones especiales por parte de los más prestigiosos dermatólogos de España. Se ha descubierto que su alteza real es alopécica nerviosa, por lo que sus psicólogos le han recomendado la práctica del bikram yoga. Dejar su mente en blanco es la mejor terapia para que recupere el equilibrio y la armonía cósmica.

Sus asesores y estilistas, encabezadas por Eva Fernández, estudian cada gesto de su expresión facial y corporal. Sencillamente, su majestad es una las más cotizadas influencers del mercado, una top model de insuperable valía, por la cual pelean las más importantes firmas a nivel nacional e internacional. Es necesario que doña Letizia conserve la línea con una exhaustiva dieta Perricone, tan popular entre las estrellas de Hollywood. La reina está flaca, muy delgada, ¡oh virgen santa! ¿Será anoréxica o a lo mejor sufre alguna dolencia grave porque parece más un saco de huesos? ¿Quizás sea el efecto de una mala relación con Felipe VI, sus suegros o la familia real? Al fin y al cabo ella es una intrusa, una plebeya vulgar y corriente, con razón se siente odiada por sus súbditos que la consideran una advenediza carente de rancio abolengo.

Su católica majestad siempre se le ve tan etérea y angelical. Su piel tersa y sin una arruga demuestra que está bendecida por la madre naturaleza (y las incontables sesiones en la cámara hiperbárica). De su look ultra natural se encarga el súper maquillador Daniel Vicente. Primero que todo, el bálsamo para los labios, antes de repasarlos con color carmín (1001 pintalabios), y una delicada sombra de ojos Cooper (favorita de las modelos). Todos los cortesanos tienen que quedarse maravillados con sus pestañas larguísimas, rizadas con rímel, que resaltan sus bellísimos ojos verdes, que se vuelven chispeantes al enmarcarlos con un khol negro. Para rematar, el toque pastel sobre sus parpados que da luz a sus poderosísimas cejas. Menos mal que el palacio de la Zarzuela está muy bien abastecido con la más alta gama de cosméticos: L’Oréal Paris, Vichy, Avon, Mac Mac, Nars o Chanel.

Además, a la reina le encantan los modelos exclusivos de Inditex o Zara, los Massimo Dutti, Uterqüe, Designers, Remix, Felipe Prieto, Loewe, Carolina Herrera, Nina Ricci, Hugo Boss, Felipe Varela o Stella McCartney. Definitivamente, su armario está muy bien abastecido, pues se reserva un traje para cada ocasión según las tendencias de primavera, verano, otoño e invierno. Habría que sacar la cuenta de todos los vestidos que ha estrenado (no suele repetirlos) durante los años que lleva de reina consorte. Son tantos que incluso necesita la ayuda de una abnegada doncella que los clasifique y mantenga a punto. En el fondo es una feminista que para sobrevivir tiene que adaptarse a las veleidades del régimen monárquico (papista) patriarcal.

En el tema de los zapatos, su majestad también es muy exigente, ya que sus delicados pies deben calzar las mejores marcas: Blahnik, Magrit, Pura López, Mango, Prada Miu Miu, Lodi, Carolina Herrera. Su zapato fetiche es el de tacón de aguja de Magrit. En su zapatero guarda más de 500 pares de zapatos de súper lujo (a cargo de los presupuestos generales del estado, por supuesto). Sin lugar a dudas que va camino de convertirse en la nueva Imelda Marcos (esposa del dictador Ferdinand Marcos) que tenía más de 1000 pares de zapatos.

Otro de sus complementos favoritos son los bolsos, cuyas marcas favoritas son: Uterqüe, Magrit, Felipe Varela, Carolina Herrera, Lidia Faro, Roger Vivier, Malababa, Cucareliquia, Adolfo Domínguez, Ángel Schlesser y Hugo Boss. Según los periodistas de la prensa del corazón, posee más de 300, aunque son apenas un adorno porque ella no necesita ni documentos, ni tarjetas... una sola palabra suya basta para cumplir cualquiera de sus caprichos.

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El cirujano Antonio de la Fuente y los médicos del clínica Ruber han atendido a la reina Doña Letizia (por motivos de salud, se afirma) en los últimos 14 años. Al parecer su majestad está obsesionada con su aspecto físico (la perfección hedonista), ¿cuánto han costado estas carísimas operaciones y tratamientos? Cualquier esfuerzo es poco para elevar su autoestima y garantizar su felicidad. ¿Alguien se atreve a cuestionarla? Quien lo haga inmediatamente será acusado de antiespañol, separatista o comunista y condenado a la picota. Su alteza serenísima doña Letizia está a punto de terminar el proceso de metamorfosis y pronto los súbditos podrán presumir de tener la reina más bella del universo.

Gracias a las incontables operaciones de cirugía estética (que son un secreto de Estado), la reina ha conseguido superar el canon de belleza griega. De veras que luce como una adolescente a pesar de haber cumplido 46 años. En su currículo extraoficial consta una septorrinoplastia para corregir el tabique nasal, la elevación de los párpados con silicio orgánico y tocoferol, una mentoplastia para suavizar el mentón tan prominente, el aumento de pechos con implante de silicona con el fin de realzar el busto, la eliminación de las bolsas de los ojos, el arreglo de los dientes con brackets (ortodoncia). La reina, por ley y cueste lo que cueste, debe ser eternamente joven y subir incorrupta al reino de los cielos.

En la novela Piel de Zapa, de Balzac, el argumento central es la búsqueda del elixir de la eterna juventud, mejor dicho, el deseo de la longevidad, aunque sea a costa de venderle el alma al diablo. En El retrato de Dorian Grey, el genial escritor irlandés Oscar Wilde desarrolla la tesis de que lo único que vale en la vida es la belleza, el atractivo físico y la satisfacción de los sentidos. La reina Letizia desea mantenerse tan joven como Dorian cuando Basil lo retrató en el cuadro, porque la figura pintada en la tela es la que envejece y no el personaje real. El mito de Dorian Grey es una hipócrita mascarada que arrastra a aquellos que caen en sus tentáculos a la cruel autodestrucción.

Así mismo, por prescripción médica también se le han recomendado tratamientos corporales y faciales: infiltraciones de ácido hialurónico sintético para rellenar los surcos de las arrugas, las inyecciones de hidroxiapatita de calcio para realzar los pómulos, la toxina botulínica para relajar la expresión de la frente, el botox para estirar la piel o colágeno para rejuvenecerla. Los halagos y piropos se multiplican y llueven a su paso los pétalos de rosas. Esas joyas que exhibe en los desfiles de modas le otorga un cierto halo de divinidad: la tiara de Lis, el emblema de los Borbones, y regalo de Alfonso XIII a su prometida la princesa Victoria Eugenia de Battenberg); la tiara de diamantes que le ofreció Franco a la reina Sofía con motivo de su enlace matrimonial; dos pulseras de la firma Cartier; los collares de perlas finas de Tiffany Victoria; la diadema prusiana de platino, diamante y brillantes; los pendientes aguamarina y zafiros, y los anillos de oro engastados con esmeraldas.

Pertenecemos a una sociedad en la que prima la imagen y el culto al cuerpo, por lo tanto la reina Letizia está constantemente expuesta al juicio mediático que se emite a través de la prensa, la radio, la televisión o las redes sociales (tanto a nivel nacional como internacional). Esta sobreexposición bestial la soberana la afronta con coraje y valentía. Suena la marcha real y nadie puede hacerle sombra pues su majestad es el centro del universo. Tales delirios de grandeza los disimula con una sonrisa de cumplido o un gesto mayestático que define su recio carácter. Cada movimiento suyo está impregnado de glamour, y un irresistible atractivo erótico y hasta sexual que provoca un desmedido apasionamiento. Doña Letizia es la estrella de las revistas del corazón y la prensa rosa de los cinco continentes, ella es la best seller, la número uno que agota todas las ediciones y acapara todas las portadas. ¡Letizia, Letizia, la plebeya hija de un taxista ha sido coronada en lo más alto del Olimpo!

Y se preguntarán: ¿cuál es el papel de la reina?, ¿acaso todos piensan que es meramente representativo?, ¿un jarrón chino? Doña Letizia tiene que cuidar la imagen pública, puesto que es el mascarón de proa de la marca España. Su belleza y sensualidad son el mejor gancho y propaganda para asegurar el éxito en los contratos, transacciones y exportaciones, que son un factor determinante para el buen funcionamiento del PIB (producto interior bruto) o la estabilidad de la prima de riesgo. La reina también toma decisiones, ya que prudentemente le susurra al oído de su majestad Felipe VI sus preferencias en los asuntos familiares o políticos. Sus deseos se convierten en órdenes, pues al fin y al cabo los acontecimientos más cruciales del reino se deciden en la cama o en los mejores restaurantes.

Sin embargo, en la vida de doña Letizia no todo es frivolidad, ya que en su corazón prevalece el espíritu altruista y solidario. La nueva madre Teresa de Calcuta apoya incondicionalmente a las ONG y demás organismos de ayuda humanitaria que se empeñan en redimir a los más pobres y afligidos. Con sus manos caritativas acaricia a los huérfanos y menesterosos que ante su luminosa presencia renacen de las cenizas.

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La familia real (el rey Felipe y la reina Letizia, junto a sus hijas) reside en el Pabellón del Príncipe, que es un palacio al estilo renacentista de 3.000 metros cuadrados (1.771 metros cuadrados útiles), construido por el Patrimonio Nacional con un costo de 4.300.000 euros. Este es un verdadero castillo medieval con foso y murallas, vigilado celosamente por la Guardia Real, en cuya fachada ondea altiva la bandera rojigualda como símbolo imperecedero de la unidad de España.

En el año 2002,  José María Aznar, el presidente de gobierno por esa época, se la ofreció a modo de regalo al entonces príncipe de Asturias, don Felipe de Borbón (con vistas a su futuro noviazgo). El Pabellón del Príncipe se encuentra en una zona aledaña a la Zarzuela, rodeado de jardines de ensueño y 14.000 hectáreas de un hermoso bosque mediterráneo, donde retozan, ciervos, gamos y jabalíes. Aunque, en apariencia, la propiedad es pública, está para "el servicio y uso de su majestad el rey y de los miembros de la familia real”.

Además, en el Pabellón del Príncipe se hallan las oficinas de la Casa del Rey, el Cuarto Militar —dirigido por el almirante Juan Ruiz Casas—, el jefe de protocolo y una sección donde se alojan los siervos, pajes, criadas, doncellas, camareros, amas, mucamas, mayordomos, institutrices, preceptores, ayos y palafreneros, aparte de los miembros de los cuerpos de seguridad del Estado, escoltas y edecanes. Como a doña Letizia el estamento castrense le produce cierta repulsa, ha prohibido el toque de corneta, la izada y arriada de bandera, y el homenaje a los caídos; pero esto no es óbice para que la capitanía general de los ejércitos, luciendo sus mejores galas, con peineta y mantilla, amadrine los navíos de guerra, carros de combate, aviones bombarderos o participe en la jura de bandera de los agentes de la Guardia Civil.

El rey recibe una cantidad global de casi 8.000.000 millones de euros de los presupuestos generales del Estado, los cuales están destinados al sostenimiento de la familia real, y que él distribuye a su libre albedrío. No olvidemos que la monarquía es inviolable y está blindada por los partidos mayoritarios (PP, PSOE y Ciudadanos). Además, Patrimonio Nacional y la Guardia Real cuentan con un presupuesto de 150 millones de euros anuales y casi 3.000 trabajadores —teóricamente dependientes del gobierno central, pero en la práctica al servicio de la Casa Real—.

No sabemos lo que pensarán los obreros o los trabajadores que se levantan a las seis de la mañana a cumplir con su dura jornada diaria, ¿tal vez se les dibujará en su rostro una sonrisa al saber que parte de sus impuestos se dedican a mantener la familia real y a su extensa prole? Eso sin hablar del tiempo de ocio que ocupan en saraos, fiestonones, banquetes, duelos gastronómicos, cacerías, monterías, corridas de toros, regatas o cruceros de placer.

Mientras tanto, el Palacio de la Zarzuela, un recinto que ordenó construir en 1627 el rey Felipe IV a modo de pabellón de caza en el marco incomparable y bucólico del monte del Pardo, es la residencia oficial de los reyes eméritos (don Juan Carlos y doña Sofía, que por culpa de las desavenencias del monarca ya no comparten el lecho matrimonial) e Irene de Grecia —las infantas lo han abandonado al casarse con prestigiosos varones ejemplo de honorabilidad y honradez—.

Quizás el recinto más importante del Palacio de la Zarzuela sea la cocina real, donde los fogones permanecen encendidos las veinticuatro horas del día, esto se debe a que en cualquier momento sus altezas reales exigen los más extravagantes caprichitos gastronómicos. El responsable del mismo es José Roca, cocinero mayor del reino y experto en complacer los paladares más exquisitos (tanto de la familia real como los invitados VIP).

Por su parte, los proveedores oficiales de la Zarzuela se esmeran en aportar los productos de primerísima calidad, biológicos y con denominación de origen certificado: el mejor pollo de corral; la selecta carne de vacuno o de porcino, sobre todo, el solomillo del Grupo Norteños; el cordero o cochinillo de Segovia; la pechuguita de pavo; el jamoncito serrano o de jabugo; el pescado, como es habitual, de Pescaderías Coruñesas (el caviar, las angulas, los centollos, los percebes, las langostas, las parrochas, el salmón del Sella); las verduras y hortalizas frescas, y una extensa variedad de postres (la tarta de Santiago, los casadielles, las yemas de Ávila, la crema catalana, el pastel cordobés, las ensaimadas de baleares o el arroz con leche). Entre tanto, en la bodega reposan vinos incunables tanto de España como del mundo entero, lo mismo que una extensa variedad de brandys, vodkas, cavas y champagne.

Como se ve, el reino de España tiene cuatro soberanos que cobran sus respectivos emolumentos, viáticos y gastos de representación a cuenta de los presupuestos generales del Estado, ¡vaya suerte que tienen sus súbditos! La monarquía es la mejor inversión, incluso comparándola con el sistema republicano sale hasta barata.

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Nadie ha podido develar el patrimonio de la familia real española, pero se especula que podría elevarse a unos 150.000.000 millones de euros. No hay que ser mal pensados porque todo este dinero es producto de sus abnegados servicios a la patria. La dinastía borbónica a través de la historia se ha distinguido por su proverbial honradez, jamás han ejercido de lobistas, ni han cobrado comisiones, ni se le conocen corruptelas o cuentas en paraísos fiscales como pretenden insinuar sus más encarnizados enemigos.

Algunos envidiosos sostienen que es una afrenta intolerable tamaña exhibición de opulencia y derroche por parte de la familia real, cuando más bien lo que deberían hacer es predicar la austeridad, pues en el reino de España existen millones de marginados y empobrecidas víctimas de la crisis económica.

Los defensores de la monarquía responden que este es un estúpido argumento populista con el que intentan los antisistema destruir una de las instituciones más queridas por los súbditos españoles. La monarquía representa la unidad de España y es la garante del Estado de derecho, la libertad y la democracia, así lo decidieron los súbditos cuando en el referéndum constitucional de 1978 aprobaron con el 87% de los votos la restauración borbónica, refrendando así la voluntad testamentaria del caudillo Francisco Franco que eligió al príncipe don Juan Carlos como su sucesor.

No quiero ni pensar si llegara a fallecer nuestra sacrosanta y serenísima reina —Dios la guarde por muchos años—, seguro que al día siguiente no saldría el sol y sus criadas, amas y siervas serían enterradas vivas junto a ella en una magnánima ceremonia faraónica. El rey inconsolable perdería la razón y muchos de sus súbditos preferirían el suicidio antes que soportar la ausencia de tan augusta benefactora. El doblar de las campanas, el luto oficial indefinido, las banderas a media asta y el desgarrador llanto de las plañideras sumiría al reino en la depresión más espantosa.

 

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