Opinión

Jo Jo ¡Jodidos!

Por:
diciembre 22, 2013
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¡Qué falta de identidad la de la Navidad colombiana! Definitivamente tenemos una cultura prestada y lo poco nuestro lo escondemos en un rincón donde probablemente quede olvidado. ¿Al fin qué? ¿Niño Dios o Papá Noel? ¿Quién es el que trae los regalos? Porque veneramos la imagen de ese gordo canoso y barbado que más gringo pa’ dónde; colgamos adornos navideños con renos, hombres de nieve y duendes; felices ponemos las luces a manera de estalactitas que descienden del borde del techo y todo esto sin haber visto caer nunca ni un copo de nieve en territorio colombiano. No quiero pasar por grinch y amargarles la Navidad, pero me parece insólito que sigamos adornando nuestras casas, en todos los estratos, con decoraciones que no nos pertenecen. No sé cuál sería la alternativa. De pronto algunos tejidos wayúus bien coloridos podrían reemplazar el rojo y verde todos los diciembres, una ruana en vez de un traje rojo para vestir a un anciano flaco con poca barba y que en vez de reírse “Jo, jo, jo” al menos soltara una carcajada bien autóctona que la identifiquemos a leguas; tal vez que en lugar de renos sean mulas las que arrastren la carretilla con unos cuantos regalos y que en lugar de duendes sean negros e indígenas los que hagan todo el trabajo; que en vez de establo a la familia la trataran como si fuera desplazada y la arrumazaran en cualquier cambuche mal construido, que se vieran obligados a pedir limosna en los semáforos, cargando al pequeñín en brazos todo el tiempo y enseñándole a hacer cara de cordero degollado para que le den más moneditas;  de pronto los tres Reyes Magos podrían conservar su categoría de magos pero de los “magos” de acá y hagan desaparecer a la gente, que en vez de camellos sean camionetas blindadas y que en vez de incienso, mirra y oro, le lleven de regalito café, cocaína y municiones. Así tendríamos algo un poquito más realista, algo más de acá. No sé, digo yo ¿no?

Pero es que el Niño Dios se ha olvidado de Colombia. Seguimos cantando inocentemente, con alegría rutinaria todos los diciembres, desde el más jovial anciano hasta el más inocente infante, sacudiendo las maracas y panderetas sin detenernos un poco en el peso de tan violentas imprecaciones que parecen ajustarse tan fielmente a nuestra realidad y que repetimos de memoria cual cacatúas una y otra y otra vez. “¡Oh, Divino Niño, ven para enseñarnos la prudencia que hace verdaderos sabios!”. Pero como que entra por un oído y sale por el otro, la retención es nula y la mayoría no entiende el verdadero significado de la palabra. ¿Prudencia? ¿Dónde? ¿En el gasto desmesurado y afanado de regalos materiales que pensamos van a llenar nuestros vacíos y curar nuestras desgracias? ¿En el deseo de brindarle felicidad a alguien al comprarle algo que probablemente no necesite ni use? ¿Prudencia en el respetar los sentimientos, la vida y la libertad del otro? ¡Si somos famosos precisamente por lo contrario! Si por cincuenta años llevamos batallando una guerra inútil que ya no se trata de ideologías o pensamientos, sino de soberanía, avaricia y poder. Son más las “ovejas ariscas” que habitan nuestro país y viven de hacer el mal y de presionar el gatillo, que los “corderos mansos” que de verdad buscan el bien y la paz. Ojalá algún día en verdad “entre las tinieblas tu esplendor veamos” y lleguemos por fin a respetarnos, a amarnos y a tolerar las diferencias que nos hacen únicos e irrepetibles.  Pero no, nos matamos unos a otros por cosas tan simples y banales como el color de una camiseta, por el celular que no se dejó robar el gomelito, por defender a su gente, a su barrio, a su país.

Ojalá el 2014 sea de verdad próspero, pero no en el sentido de acumular riquezas y amasar fortunas, no. Ojalá sea próspero en las negociaciones de paz, en la tolerancia, el respeto, el amor y la dignidad; ojalá que en el año que viene, y los otros que han de venir, podamos al fin enorgullecernos de nuestro país sin tener que obviar las claras falencias y decadencias que vivimos a diario.  “¡Prosternado en tierra, te tiendo los brazos, y aún más que mis frases, te dice mi llanto!”.

 

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