Inglaterra, Francia y Colombia: una lectura política del Tour de Francia 2019

De entrada solo basta decir que el simbolismo deportivo posee sus implicaciones políticas. Una mirada

Por: Julio César Izaquita Torres
julio 30, 2019
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Inglaterra, Francia y Colombia: una lectura política del Tour de Francia 2019
Foto: Instagram @eganbernal

Por cuatro años consecutivos había sonado en los Champs Elysées una de las armonías consideradas el himno de Inglaterra en la ceremonia de premiación del Tour de France. Hasta la etapa 18 de este Tour 2019 parecía que volvería a escucharse La Marsellesa después de 1985. Ahora ha sonado el himno de Colombia, un tercer país intempestivo pero opcionado. La espera de los franceses por un título nacional desde la última victoria de Bernard Hinault en 1985 es simétrica a la espera de Colombia por este triunfo desde las primeras incursiones de ciclistas colombianos en 1983 en las legendarias carreteras de la Grande Boucle. La victoria colombiana expira el mismo largo aliento contenido de los franceses durante 35 años. Solo que esa larga espera, paciente pero no escéptica, ha concluido primero para la República de Colombia.

La impronta nacional representada en las banderas y las canciones emblemas patrióticos ha sido uno de los rasgos distintivos del Tour de France. La procedencia de los corredores igualmente. De 1930 a 1962, restando los seis años de interrupción entre 1940 y 1946 ocasionada por la Segunda Guerra Mundial, los equipos competidores en el Tour fueron equipos nacionales. Años de una competencia básicamente europea: franceses, alemanes, italianos, españoles, belgas, holandeses.

Cuando volvieron los equipos de marcas en 1963, permanentes desde entonces, no despareció de todos modos el acento nacional de la competencia. De hecho, la incursión colombiana en el Tour en 1983 se hizo con un equipo de marca de empresa privada que portaba en su vestuario los colores nacionales. Si esta legendaria competencia deportiva posee, entre sus diversas significaciones políticas, la de la impronta nacional, también es cierto que su historia centenaria se ha tejido sobre una tendencia supranacional. Y no solo por los trazados de los recorridos que han sobrepasado en diversas ocasiones las fronteras de Francia, sino porque alguna vez existió la idea no exitosa de convertir el Tour de France en un Tour de Europa.

En este Tour 2019 no estuvo ausente la referencia europea en las connotaciones políticas de la festividad deportiva. Su partida en Bruselas era al mismo tiempo un homenaje a la capital de las instituciones europeas y al quíntuple campeón belga Eddy Merckx. Referencia tal vez insuficiente pero simbólica en una Europa socavada por la grieta del separatismo inglés.

Frente a esta simbología del acontecimiento vale preguntar si el gran campeón colombiano ha sido una especie de legionario del siglo XXI corriendo por la bandera inglesa. Evidentemente no, pues por lo menos su victoria evitó volver a escuchar en la capital francesa, junto al arco del triunfo de La Grand Armée, el himno victorioso de la Gran Bretaña separatista.

El simbolismo deportivo posee sus implicaciones políticas. Recordemos las gestas de Jesse Owens en los olímpicos de Berlín de 1936 o de Tommie Smith en los olímpicos de México. El Tour de France, aún con la impronta nacional que todavía conserva, es una de las grandes instituciones supranacionales europeas. Sus equipos se han desnacionalizado en sus integrantes y han sabido acoger competidores extra europeos, entre ellos los colombianos que se han beneficiado de sus mejores desempeños. ¿Podría un equipo de ciclismo latinoamericano, como lo propone una canal argentino, animar un refuerzo de referencia simbólica supranacional para una Europa amenazada por la regresión del nacionalismo? Podría contribuir también, y primero que lo otro, a la construcción de una integración continental que en manos de los hombres políticos ha sido un fracaso a pesar de su evidente necesidad.

Mientras tanto Inglaterra ha tomado el camino del extremo conservadurismo que conducirá a un neonacionalismo perjudicial para Inglaterra y para el mundo. La vía nacionalista se está mostrando inadecuada para los desafíos del siglo XXI. Europa ha sido, por el contrario, una de las grandes invenciones institucionales del siglo XX, el siglo de la catástrofe nacionalista sobre la que se quiere volver a pesar de sus limitaciones y desastres. Sorprende y presagia tormentas que el nuevo primer ministro y su partido de gobierno estén devolviendo a la Gran Bretaña hacia una vía fracasada que implica al mismo tiempo abandonar la visionaria y acertada idea propuesta por Winston Churchill, al final de la Segunda Guerra Mundial, cuando el líder conservador planteó la necesidad de los Estados Unidos de Europa.

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