Hoy con siete, como buen duqueista
Opinión

Hoy con siete, como buen duqueista

… se acercó sin descanso al joven quinceañero que se encontraba en un banco cualquiera del gran Parque del Retiro madrileño

Por:
noviembre 25, 2018
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El antici

La mujer tenía cerca de cincuenta años, por ahí, alguito más o un poco menos, llamativa, vulgar, dirían otros, y se acercó sin descanso al joven muchacho quinceañero que se encontraba plácidamente sentado en un banco cualquiera del gran Parque del Retiro madrileño. Sin preguntar y de forma dulce le estampó un beso en el centro de sus labios. Mientras se retiraba, le dijo: “aquí tienes un anticipo de la gran aventura de la vida”, sin ofrecer ninguna explicación y contoneando su figura al caminar.

 

 

Las cosas de la fama

Comenzó escribiendo un relato diario, un pequeño cuento de alrededor cien palabras que dio por denominar goticas literarias. Las elabora con sagrada puntualidad, una al día, como si fabricara pescaditos de cristal, sobre temas diversos, tristes o alegres, esotéricos o sexuales, de detectives o eminentemente políticos, y a la gente gustaba, casi que enloquecía, que qué bueno decían, que qué chispa, que eso es literatura y que las letras deben divulgarse, hasta que se le subió la fama a la cabeza y le cobró a cada lector virtual diez céntimos de euro por cada gotica literaria, el dinero lo ingresaba segundo a segundo en su cuenta cifrada de un banco en Montecarlo y hoy en día, dicen los chismes del barrio, nuestro escritor se compró una casa en Ibiza de tres niveles y dos piscinas y con ascensor que llega a la playa y a las muchachas en topless. ¡Ah!, las cosas de la fama.

 

 

Las suertes

La mujer busca por todas partes el éxito en la vida, presenta con ansias hojas de vida floridas en donde sobredimensiona sus obras y los sueños, y no sabe exactamente cuándo se dio cuenta que la suerte no es para el que la busca, sino para el que la tiene.

 

 Alegatos

I.-         Alegó que su marido meaba por toda la taza, así lo dijo en mitad de la vista, y en su alegato al juez pedía el divorcio porque así no se puede vivir, que empapa todo el roscón, que queda todo emparamado, gotas por todas partes que llegan al espejo, y el juez, ecuánime y conservador, un pater familias respetable, con base en el código civil napoleónico y en los principios del derecho romano sentenció en dos densos párrafos que no hay lugar a las pretensiones de la demandante.

 

II.-        Alegó que su mujer había desatendido sus funciones, ya la casa no luce, no se friegan los pisos, ya no se cocina y se compran enlatados y congelados, así lo dijo en mitad de la vista, y en su alegato al juez pedía el divorcio y yo me quedo con todo porque así no se puede vivir, que llegas a casa y no relucen las cosas, y ella ya no se arregla para mi, como era antes, que no me complace, y el juez, ecuánime y conservador, un pater familias respetable, con base en el código civil napoleónico y en los principios del derecho romano sentenció en dos densos párrafos que hay lugar justo y razonable a las pretensiones del demandante.

 

Charlas de ascensor

Lisbeth me preguntó una vez que me encontré con ella en el ascensor que cómo era eso de que soy escritor, que eso con qué se come, y formulaba la pregunta sabiendo que no obtendría respuesta de mi parte, imaginando la verdad, que yo me quedo callado, tímido y huevón, -ser escritor no se come con nada-, le hubiera dicho, y toda la pregunta fue como una gran obra de teatro, en donde ella coloca los ojos mirando al techo, abre levemente la boca y dándome a entender que está buscando mi nombre dentro de su vasta cultura, como el cuento aquel de no recuerdo quién buscando una aguja en un pajar. Al final se abrió la puerta del ascensor y entró el aire.

 

Sin título

El tipo subió al ascensor y sin darse cuenta ni cómo ni cuándo se encontró al abrirse las puertas con que estaba cerquitica del cielo.

 

 Y hablando de …

 

Y hablando de cielos, por qué no hablar de aquella negra…

Coctel negro

“-Fresca, brillante, antihistamínica.”

Pensé y miré a mi contertulio, agradable como el que más, se había sentado a mi mesa no hacía ni diez minutos y ya se había presentado, Adolfo Martínez, a tus pies. Había pagado lo consumido por mí sin ningún titubeo y me había ofrecido una sonrisa espectacular, además de una nueva cerveza. El local atiborrado de gente le había obligado a ocupar mi pequeña mesita y cuando afirmó aquello de fresca, brillante y antihistamínica no supe a qué se refería, si a la fragancia del coctel que estaba bebiendo o a la hermosa negra que entraba al local.

 

 

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