Hijos del río

El lanzamiento de 'Magdalena. Historias de Colombia' nos recuerda que este río no ha sido solo motor de la economía; también de nuestra cosmovisión y cultura

Por: David Navarro Mejía y Nevis Balanta Castilla
septiembre 06, 2021
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Hijos del río
Foto: Pixabay

Wade Davis ha escrito un libro extraordinario sobre nuestro país: Magdalena. Historias de Colombia. Un libro que, contrario a nuestras querellas, agravios e impugnaciones habituales que nos formulamos como colombianos, en él se apega a lo más asombroso y bello que nos dibuja la silueta y el curso del gran río de la Magdalena, nuestro río.

En medio de tanta noticia trágica y desilusionante, es una dicha que un colombiano nacionalizado, que ha explorado y vivido el país como pocos en su papel de antropólogo y documentalista de las culturas precolombinas y del hábitat natural de nuestros ancestros, nos devuelva el portento, la fuerza y las riquezas que encierran nuestros tesoros naturales. Esta vez con el río Magdalena, lo que este significó para nuestra nación y lo que está llamado a ser como riqueza natural y de vida, lo que nos ha construido como país y como cultura, amén de las maravillas que abriga en su recorrido y trayectoria.

Davis señala y describe el río por medio de sus partes habituales conocidas: el Alto, el Medio y el Bajo Magdalena. Su descripción es el fruto de varios recorridos por su cuenca y trayectoria. Lo hace con asombro y morosidad, con amorosa observación y con gratitud y admiración por las gentes que lo rodean. Pero lo mejor, describiendo el paisaje que lo ciñe, su vegetación y su fauna, los tesoros precolombinos que lo circundan y las infamias que lo cercan en los últimos lustros, nos devuelve un gusto y una curiosidad por lo mejor de nuestra historia como nación.

El camino es recuperar las voces que habitan por sus contornos, lo defienden y lo tienen como parte de su educación sentimental, de su proyecto vital y de futuro. Davis, como pocos (Alfredo Molano fue uno de los pocos  registra o le entrega la palabra a seres anónimos que convierte en protagonistas: William Vargas, botánico y compañero de ruta, señala sobre el monumento de Timaná: “Nadie sabe verdaderamente quién era, pero nadie se olvida de ella. Solo observa”, para referirse a la estatua de la Gaitana que recuerda su venganza despiadada por la muerte de su hijo a manos de españoles.

En otro momento expresa Alonso Restrepo recordando 70 años atrás su trabajo: “Nadie sabía nada del río Magdalena (…) No les interesaba. Ni una sola persona era capaz de contarme una sola historia sobre el Magdalena. La junta directiva no tenía el menor interés en el río. Después de llevar tres años trabajando para la Naviera de Medellín, ninguno de ellos había estado siquiera en el río, ni una sola vez en su vida. Solo les importaba la plata. Nada más”. O también las palabras de Jenny Castañeda sobre su propia tragedia y las tragedias del Magdalena Medio: “Si este río hablara —dijo nos entregaría las respuestas que tantas familias están esperando. Cuando está crecido, su caudal aumenta y va creando al mismo tiempo que va destruyendo, llevando la muerte y también dando vida. La paz, como el río, es un proceso fluido. De lo que si estoy segura es que mi hijo no vivirá en medio del odio”.

Nos ofrece Davis fragmentos claves de nuestra historia triste. El capítulo de las guerrillas y los paramilitares, cual más, cual menos, que convirtieron el río en un cementerio, no es menester registrarlo aquí. Pero la destrucción misma que ha ocurrido por efecto de la acción irracional en nombre del progreso no es menos preocupante: “Todos los días, más de treinta y dos millones de colombianos tiran desechos directamente en el río, que es la arteria vital de su nación, la sangre que da vida a su tierra, la fibra espiritual de su ser”. Renglón seguido señala cómo la población de peces del Magdalena ha caído en un 50 por ciento en 30 años y la producción pesquera entre 1975 y 2008 disminuyó en un 90 por ciento. Para ilustrarlo destaca que solo finalizando 1997, desde una década antes, el comercio de pescado pasó de 2404 toneladas a solo 657, esto sin contar que muchas especies se encuentran al borde de la extinción.

La imagen de respeto y devoción por el río y sus tesoros arqueológicos es más potente. Pero se lamenta de que la fama que se cultivó con el descubrimiento de Machu Pichu eclipsara la prehistoria colombiana que se cifra en las ruinas arqueológicas con que cuenta el país, ruinas monumentales que se mantuvieron ignoradas durante mucho tiempo, cuando pudieron también encender la imaginación de los exploradores como sucedió con tesoros arqueológicos que hallaron en Perú y México.

Nos recuerda Davis, por eso, que en Colombia sí existían sitios así, como es el caso de la Ciudad Perdida, la antigua metrópoli de los taironas en la Sierra Nevada de Santa Marta, descubierta apena en 1972 por guaqueros y construida 650 años antes que Machu Picchu. Pero también las ruinas del Parque de San Agustín, un emplazamiento que conectaba al río como camino de vida para las culturas nativas de nuestro territorio, un sitio que, dice, no fue encontrado por los españoles y fue tan “solo en 1758, doscientos veintidós años después de que Sebastián de Belalcázar hubiera atravesado el Macizo Colombiano con sus hombres, con la atención totalmente nublada por la obsesión con El Dorado, que los superiores del clero en Bogotá empezaron a recibir cartas que describían campos llenos de estatuas megalíticas, demoniacas y de otros mundos”. Y, sin embargo, solo hasta 1911, comenta Davis, atrajeron finalmente la atención del mundo.

Para el autor de Magdalena, lo clave es que son lugares que adquirían vida por su conexión con el gran río. De ahí que señale las creencias de los indígenas del Caribe en la Sierra Nevada de Santa Marta en que su nacimiento y curso se resguarde como fuente de vida, además de lugar para rituales que preservan su cosmovisión de la naturaleza, algo quizá impensable para muchos en la sociedad colombiana de hoy que han vivido de espaldas a su río emblema y, en general, de sus recursos hídricos, a menos que no sea para usufructuarlo como fuente de progreso material y económico.

El río es también la fuente de nuestros grandes ritmos musicales y de buena parte de nuestra cultura. Así lo rememora Davis cuando describe la presencia y el cruce de los nativos del Bajo Magdalena con los negros, hijos de África que fueron forzados a venir a Colombia y que, fortalecidos por su libertad y bendecidos por sus dioses, “hicieron del río su musa, ofreciéndoles ritmos, melodías y más tarde canciones que, con el tiempo se volverían la banda sonora de una nueva tierra. Esa fue, en parte, la génesis de la cumbia, el latido del corazón de Colombia y su maravilloso regalo al mundo”.

2.

Hace años quizá no salía un libro sobre Colombia que nos devolviera la bondad y la belleza que habita en nuestra naturaleza, en las gentes que pueblan nuestro territorio.

En 1945 salió un libro sobre el río, luego actualizado en 1973 en una modesta impresión, como muchos de los que ha editado y publicado el Estado: Magdalena río de Colombia, de Rafael Gómez Picón. Ahora leyendo el libro de Davis, ha sido inevitable recordar esa otra lectura al comenzar el presente siglo, cuando se le leyó con curiosidad y nos devolvió parte de la infancia en de los lugares en donde transcurrió. Pero ahora con el bello libro de Davis se le ha hecho justicia al río Magdalena.

Otras naciones y autores han cantado y elogiado a ríos emblemáticos. (Danubio, en la novela homónima de Claudio Magris; El Níger, en El Dios indómito de Sanche de Gramont, o en Vida en el Mississippi, de Mark Twain, por ejemplo). García Márquez en Colombia, como en otros asuntos, fue quien rescató para nuestros sueños y la imaginación el río en su texto El amor en los tiempos del cólera, novela donde se siente con fuerza poderosa la sombra gravitatoria del río. Otras obras estéticas también lo alaban y lo cubren de palabras, cual plegarias que lo asimilan a un Dios presente.

El libro de Davis hacía falta. No siendo un texto de literatura, ni de historia, ni de antropología o de cultura colombiana, es sin embargo todas esas cosas. Las historias que desgrana tienen un encanto y un gran respeto por los ribereños. Los paisajes que describe, con su flora y su fauna, están tejidos con el asombro y la curiosidad del botánico y el antropólogo, pero también con el arte de la palabra. Y, por supuesto, las prácticas de la cultura que hila en sus páginas, no ocultan el disfrute y el apego de las gentes sencillas por la riqueza que le ofrece el río como sus más leales habitantes. Un texto esperanzador y grato como lo es, otro suyo, El Río.

Un libro que llega enhorabuena. Un libro para ilusionarnos como nación, para recobrar la importancia del río Magdalena, para recordarnos que él no es una mera fuente de economía, sino que en él está cifrada buena parte de nuestros sueños, de nuestra cosmovisión de mundo y de cultura. Y que le debemos respeto y gratitud.

 

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