¿Hacia dónde va América Latina?

El continente vuelve a atravesar una grave crisis política, social y económica sin que ni la derecha ni la izquierda parezcan tener respuestas ni propuestas

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octubre 14, 2019

La gravísima crisis que atraviesa Venezuela, que ha provocado el mayor éxodo de la historia de las Américas, y el oscuro horizonte que se atisba en el interior de un régimen incapaz de recular o, al menos, iniciar un diálogo nacional para desbloquear la crisis, junto una situación social y económica gravísima, han mostrado a las claras el fracaso absoluto y rotundo de lo que en algún momento se denominó como el "socialismo del siglo XXI". Pero tampoco las cosas en Argentina, gobernada por el neoliberal y centroderechista Mauricio Macri, parecen que vayan por el mejor camino, toda vez que la política económica desarrollada en estos años, bajo la batuta y el seguimiento del Fondo Monetario Internacional (FMI), ha cosechado un sonoro fracaso y no ha dado los resultados esperados, habiendo generado un pobreza que supera ya al 30% de la población y el naufragio del actual ejecutivo.  Macri perderá las próximas elecciones con toda seguridad y el peronismo volverá al poder, aunque tampoco está claro que los peronistas tengan la varita mágica para resolver el actual trance. Ni derecha ni izquierda parecen tener respuestas a esta grave crisis continental.

A estos enfermos en fase crítica, se le ha venido unir en las últimas semanas Ecuador, donde el presidente Lenín Moreno aprobó un paquete de medidas que incluían el final de las subvenciones a los combustibles, con la consiguiente subida en los precios de los mismos, y otra serie de medidas consideradas por ciertos grupos  como regresivas en términos sociales, como por ejemplo la reducción de las vacaciones de 30 días a 15 días para los empleados públicos. Puede que las medidas en términos económicos sean discutibles pero los costes políticos para el presidente Moreno, que desde el principio de su mandato se alejó de su principal valedor y mentor político de antaño, el ex presidente Rafael Correa, van a ser muy altos.

El país, desde la aprobación de ese paquete de medidas, vive inmerso en una grave crisis social, sobre todo debido a las protestas de numerosos sectores, como los indígenas, y las protestas que ya han llegado hasta la capital ecuatoriana, Quito, donde miles de manifestantes se han atrincherado en los alrededores del palacio presidencial, junto a la plaza Grande, y existe el fundado temor de que se reproduzcan los sucesos de abril de 2005, cuando una revuelta popular derribó al gobierno de Lucío Gutiérrez en una suerte de trama político-militar con cierto tufillo a golpe de Estado. ¿Será ese final de Moreno si las protestas siguen tomando fuerza y se desmadran como tantas veces pasó en la historia de Ecuador?

MÉXICO Y BRASIL,DOS MODELOS TAMBIÉN CUESTIONADOS

México, de la mano del presidente Andrés Manuel López Obrador -conocido como AMLO-, también atraviesa algunas turbulencias económicas aunque por ahora sin consecuencias sociales ni políticas. La bajada de los precios de petróleo, la caída en la producción del mismo en México, las turbulencias internacionales debido a la crisis entre China y los Estados Unidos y la crisis de confianza que generaron algunas medidas de corte populista por parte del gobierno izquierdista de Obrador, junto con otros elementos regionales, han generado que las expectativas con respecto al crecimiento económico del país hayan sido revisadas a la baja, cifrando el mismo entre algo menos del 1% y un máximo del 1,8% para este año.

En lo que respecta a Brasil, el actual presidente, Jair Bolsonaro, ha tenido un estreno en el frente económico bastante por debajo de las expectativas que tenía la clase empresarial brasileña con quien era su apuesta más en firme y sin mácula de duda en las últimas elecciones presidenciales celebradas en este país. El país no se encuentra en recesión, pero sí claramente estancado tal como indican todos lo indicadores económicos y señalan casi todas las fuentes. El primer semestre del año con Bolsonaro fue de claro estancamiento y el segundo el crecimiento económico fue de apenas el 0,4%, mientras que el desempleo sigue "congelado" en algo más del 12% y sin que se atisben señales a la vista de que vaya a haber cambios en el corto plazo.

Sin irnos de la escena local como asignatura no resuelta del gobierno brasileño están los asesinatos no esclarecidos de civiles por parte de la policías brasileña, cifra que aumento un 19% en el año 2018, pasando el número de civiles muertos en operaciones de la policía de 5.179 en 2017 a 6.220 el año pasado sin que el nuevo ejecutivo haya hecho nada al respecto.  También estos primeros meses de Bolsonaro estuvieron caracterizados por duros enfrentamientos en la escena internacional con varios líderes, como el presidente francés Emmanuel Macron, el futuro presidente de Argentina, Alberto Fernández, y el dictador venezolano Nicolás Maduro.

DE COLOMBIA A AMÉRICA CENTRAL

Colombia también muestra  señales inequívocas de crisis política debido a la polarización virulenta de su escenario entre uribistas y antiuribistas, el regreso a las armas de una escisión de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) -que habían firmado un acuerdo de paz con el anterior gobierno presidido por Juan Manuel Santos-, el aumento de las hectáreas de cultivos ilícitos de coca, la persistencia de la violencia terrorista ahora liderada por el Ejército de Liberación Nacional (ELN) y una escasa concreción programática en torno a los objetivos en la agenda del presidente Iván Duque. El crecimiento económico ha sido revisado a la baja, a pesar de ser junto a Perú el que más crece de todo el continente, la corrupción es galopante y la inseguridad, alarmante, como una lacra sin apenas respuesta por parte de la administración. Esta incertidumbre en tantos terrenos siembra de preocupación a la mayoría de los colombianos y arroja serias dudas acerca de la capacidad de gestión del gobierno del presidente Duque.

En lo que respecta a América Central, el denominado "triángulo norte", conformado por El Salvador, Guatemala y Honduras, se caracteriza por una corrupción endémica y centenaria, el atraso social y económico en todos los órdens de la vida y la brutal presencia del crimen organizado y el narcotráfico, junto con otros elementos, que acaban conformando un cuadro realmente complejo y poco abordado por las ineficientes (y corruptas) administraciones locales. Esta falta de expectativas y el nulo o escaso desarrollo de políticas tendentes a aminorar esas rémoras seculares, han provocado una auténtica oleada migratoria hacia los Estados Unidos atravesando ríos y montes e incluso cruzando la frontera mexicana ilegalmente, donde al llegar a la frontera de México con su poderoso vecino de norte se hacinan desesperadamente por miles y escasa ayuda local. El drama no cesa, Estados Unidos amenaza con construir su famoso muro, prometido una y mil veces por el presidente Donald Trump, y las autoridades mexicanas asisten impasibles (e impotentes) a una tragedia que no parece tener fin.

Por último, a este cuadro tan adverso para el continente hay que añadirle la escasa persistencia y consolidación de los proyectos auspiciados para la integración regional en los últimos años: el ALBA que fundara el difunto Hugo Chávez para agrupar a todos los países en la órbita de la izquierda continental es ya un lejano recuerdo del pasado al que solo secundan plenamente Cuba, Nicaragua y Venezuela; Unasur ha cerrado sus puertas definitivamente este año tras una existencia más bien ominosa y poco gloriosa desde luego, mas sirviendo a espurias causas que a la labor integradora que se le suponía; la Organización de Estados Americanos (OEA) ha demostrado su más absoluto y rotundo fracaso en la reciente crisis venezolana porque no consiguió consensuar una salida negociada a la misma, por el distanciamiento de muchos de sus miembros a las propuestas del Grupo de Lima, y del resto de iniciativas, como el Bloque del Pacífico, poco más que contar que muchas loables ideas y proyectos pero sin concretar un modelo de desarrollo para el continente con visos de éxito y continuidad.

Cuando ya han pasado casi una veintena de años desde que comenzara el nuevo siglo, que trajo aires democratizadores y de cambio a todo el continente, amén de una época de cierta bonanza económica, podemos decir, sin temor a equivocarnos, que América Latina vive una regresión en todos los sentidos, pero especialmente en el terreno político, donde el populismo y el autoritarismo, muchas veces combinados en peligrosos proyectos, reinan sin discusión en la escena. Tampoco la economía nos induce a ser muy optimistas, toda vez que la "fiesta" de los commodities se acabó, sobre todo con la caída de los precios del petróleo y las materias primas, y por la escasa capacidad productiva de un continente que importa casi todo y sigue siendo muy dependiente del exterior, sobre todo de sus poderosos vecinos del norte.

En este contexto nada halagüeño, tan solo destacan como alumnos aventajados del continente Chile, Costa Rica, Panamá y Uruguay, cuyas instituciones democráticas siguen siendo sólidas y se produce la alternancia política regularmente y sin sobresaltos. También cuentan con sólidas economías más o menos en crecimiento, buenas relaciones en general con el exterior, pero especialmente Chile que ya cuenta con unos acuerdos de asociación, cooperación y modernización con la Unión Europea (UE), y más preparados para sufrir los impactos de una previsible nueva crisis económica global que gravita en el horizonte más cercano como una espada de Damocles. Perú, envuelta en una sucesión de presidentes corruptos y atravesando su propio viacrucis, sigue siendo un enigma que se resolverá probablemente en los próximos meses. El tiempo nos dará la solución a ese enigma y otras respuestas más complejas a tan inmensos desafíos que gravitan sobre la región.

 

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