Fotos perdidas

En el marco del conflicto armado colombiano se han dado todo tipo de historias. Acá una de ellas, donde queda claro que la vida da muchas vueltas

Por: Jorge Prudencio Lozano Botache
junio 01, 2020
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Fotos perdidas
Foto: Pixabay

En el 2008 empecé a trabajar en el programa de Comunicación Social de la Universidad Santiago de Cali y supe que su directora, Liliana Marroquín, estuvo casada con Julián Tenorio, un profesor de producción audiovisual que murió a manos de una enfermedad consuntiva a comienzos de los años 2000.

Le comenté a Liliana, a quien no había visto antes, que yo había conocido a Julián en 1990 en una montaña caucana, y le conté algunos recuerdos de aquel circunstancial encuentro. Ella tuvo la curiosidad de buscar días después en los archivos documentales que había dejado Julián y encontró una casual fotografía mía de aquel tiempo.

Le conté a Liliana que a comienzos de los 2000 —quizá en 2005— al empezar un curso de guion —en otra universidad— le pregunté a los estudiantes por qué habían entrado a estudiar cine y uno de ellos me dijo que, a sus cinco años de edad, su padre le había contado que cuando perteneció a la guerrilla recorrió montañas con un proyector de 16mm llevándole cine a los campesinos. “Mi papá perteneció al M-19 y no me avergüenza decirlo”, afirmó aquel estudiante protegiéndose con amor filial de cualquier eventual reproche. En ese instante recordé que quince años atrás, un año antes de reunirse la asamblea constituyente de 1991, un contacto urbano de esa guerrilla en trance de reinserción, le pidió al cineclub al cual yo pertenecía entonces, en Ibagué, que lleváramos un proyector y una cámara al campamento de quienes estaban concentrados en el corregimiento de Santo Domingo, Municipio de Toribío, Cauca, próximos a deponer las armas, con el fin de ofrecerles una opción de vida para cuando regresaran a la vida civil, enseñándoles algunas pautas para hacer cineclubismo y eventualmente para producir videos.

Los cineclubistas no éramos de ningún grupo guerrillero. Ni siquiera éramos oyentes asiduos de ese grupo de periodistas de alguna cadena radial que se llamó “guerrilla deportiva” pero pudo más nuestra aventurera curiosidad.

Era una propuesta civilista más el viaje tendría que realizarse en medio de la ambigüedad legal que generaba aquella circunstancia, mediante la cual ese grupo estaba confinado, como en cuarentena. No estaban retenidos pero tampoco podían transitar libremente. No obstante, cualquier ciudadano podía circular por los alrededores y con esas cautelas decidimos ir, creyendo intuitivamente en la fuerza pedagógica del cine o acaso en la oportunidad de explorar una historia para contar.

Llegamos al terminal de buses de Cali, donde nos recibió Arcadio González, un hombre macizo, de estatura mediana y piel trigueña, quien nos llevó a un conjunto cerrado del nororiente de la ciudad y nos alojó en su apartamento la noche que llegamos. Él vivía allí con su familia. Al día siguiente volvimos en un bus urbano al terminal y recuerdo que junto a nuestro proyector de cine una mujer descargó un canasto llenó de aromáticos chontaduros, que para entonces no me gustaban, como ahora. Después viajamos en un bus intermunicipal como viajeros que paseaban por el suroccidente colombiano, luego en un jeep, como excursionistas que iban hacia la montaña y finalmente a pie como lugareños buscando su vecindario, ya en la noche, hasta el campamento.

Éramos tres (además de Arcadio). Nos alojaron en una cabaña de tablas rústicas, que era como una suite de lujo en medio de aquel reguero de “cambuches” donde dormían precariamente los “guerrillos”. Al día siguiente, luego del desayuno nos reunimos con los guerrilleros y les expusimos el propósito pedagógico que teníamos. Ellos ya sabían que llegaríamos y nos estaban esperando con cierta ansiedad. Eran hombres y mujeres acostumbrados a la zozobra de sus días pero llevaban allí varios de estos esperando que se finiquitaran en Bogotá los acuerdos entre el gobierno y sus jefes Navarro y Pizarro para terminar la guerra. ¿Quién tomaría la decisión final? El tedio los acosaba. La mayoría eran jóvenes quizás entre los 18 y los treinta años.

En el campamento conocimos a un joven profesor de producción audiovisual, Julián Tenorio, quien también estaba de visita, dejó una cámara de video y regresó a cumplir compromisos laborales. A partir de ese momento, yo fui el encargado de hablar de los planos cinematográficos y otros preceptos de lo audiovisual que considero que se han ido desmoronando a medida que la tecnología se ha versatilizado. Duramos una semana en esta rutina y ellos escucharon con una disciplina militar que sobrepasaba mis aspiraciones a ser atendido como el docente en ciernes que era. Se sentaban junto a su respectivo fusil y los primeros dos días dediqué buena parte de mi concentración mental a eludir sus cañones, hasta que ellos mismos me tranquilizaron demostrándome que los AK-47 estaban descargados.

Para hacer prácticas de cámara el Capi, Guadalupe y el siempre risueño Tigre dieron un rodeo por el campamento y poco después llegaron con tres trípodes de diferentes tamaños, hechos con leños y amarrados con cabuyas sacadas quién sabe de dónde. Transformamos al campamento en un rústico e improvisado set de grabaciones y los feroces guerrillos se transformaron sorpresivamente en niños que hacían muecas y saltaban frene a la cámara. La Chata y la Negra, recias y ceñudas, también coquetearon y cantaron.

Estaba previsto que se hiciera un ejercicio “editado en cámara” y entre todos nos inventamos una pequeña historia en la que el padre de una muchacha se negaba a aceptar al muchacho que pretendía a su hija. Posiblemente esa había sido una historia recurrente en la vida personal de muchos de ellos. La vida no es ajena a los clichés.

La madre fue Micaela, bondadosa y con edad para ese rol. La novia fue Claudia, una rubia pecosa, delgada y tímida; el novio fue el Paisa, dicharachero y osado; el padre fue el Costeño, estricto y conservador. Aquel casting psicológico fue curiosamente impecable, Es más, no sé porque una persona tan trascendental como el Costeño aceptó este juego que otros rehusaron por temor a hacer el ridículo. Bueno, tal vez lo aceptó para espantar a la ansiedad. Creo que lo devoraba la inactividad.

Todos proyectaron su personalidad en la interpretación actoral. Creo que el ejercicio fue una psicoterapia tan intempestiva como rústica. Después conectamos la cámara a un televisor y todos disfrutaron mucho el verse en pantalla. Rieron a carcajadas y repitieron el visionado varias veces. Tigre solo sonreía.

Terminó la semana prevista y yo finalicé mi afanado curso de guion, producción y puesta en escena, así que el séptimo día descansé. Llegó el sábado, día previsto para proyectar una película de entretenimiento, pero el comandante Raúl consideró que tan pedagógica labor debía ser compartida con la comunidad de los alrededores. Supongo que asumió que era un deber político llevar una obra cinematográfica a la gente. Supongo que imaginó que el contenido de la obra sería elocuente.

Así que, con Arcadio González como guía, salieron Fabio y Carlos, los otros dos cineclubistas, más fornidos que yo, el uno con el pesado proyector Belanhawell de 16 mm al hombro y el otro con una maleta de cuero tieso en la que estaban empaquetados los dos rollos de la película, una sábana blanca para la proyección y un rollo de cinta de enmascarar para sujetar la sábana a cualquier pared.

Al salir del campamento, se les unieron dos guerrillos y entre sábado y domingo fueron a varios caseríos. La película era una estridente comedia norteamericana. El comanche Raúl supo el título de antemano y asintió. No sé si Otty Patiño y Libardo Parra, los otros dos comanches del campamento se habrían enterado de ese… no sé si pueda llamar operativo.

Los proyeccionistas hicieron lo suyo y los guerrillos también porque sacaron de la nada un megáfono para invitar al público y como algo apenas lógico pregonaron, yo diría que de manera ingenuamente irónica: “¡El eme 19 invita a ver la película ¿Y dónde está el piloto?”.

Por supuesto que la película fue un éxito entre aquel público que después de la proyección se entregó al alcohol o a la modorra, que eran los únicos entretenimientos de fin de semana en esas tierras que en esos tiempos sin internet estaban aún más marginadas que hoy.

Ya fatigados de las dificultades para el aseo personal, golpeados por el frío casi de páramo, aturdidos por la disciplina militar de aquel destacamento sin recursos, como en los barrios más pobres, y en general con nostalgia cultural por la vida urbana, teníamos “fe” en que el lunes llegaría un vehículo que nos devolvería al mundo de las salas de cine, las tertulias y las noticias sobre los acuerdos de paz y sobre un campamento consentido en la cordillera.

Para los guerrillos era obligatorio levantarse temprano al ejercicio matutino y demás protocolos militares antes del desayuno. Nosotros, en cambio, agentes culturales privilegiados, ni más faltaba, nos levantábamos más tarde y llegábamos directamente a la fila donde se recibían tortas de trigo y agua, fritas en aceite, las mismas que en el Caquetá llaman cancharinas, en Cundinamarca arepuelas, en el Cauca masas y en otras partes hojaldras… pero sin huevo ni mantequilla. Para el café, entre ellos mismos se prestaban y nos prestaron “una gacha” porque tengo entendido que en este tipo de organizaciones siempre hay menos utensilios que usuarios.

La espera nos convirtió en entrevistadores repentinos de unos muchachos que tampoco tenían nada qué hacer. La Chata nos contó que antes de ingresar al “eme” estudiaba en un colegio de Medellín y que cuando en medio de la clandestinidad tomó la decisión de partir hacia la montaña le dijo a sus compañeros que su familia se trasladaba para Bogotá; al llegar al campamento encontró al Paisa, quien meses antes había dicho que se iba para Miami; interrogado sobre su alias, el Capi nos dijo que no era un alias sino un grado militar porque ellos también los tenían. Darwin nos reveló su afición por la fotografía y que de hecho había realizado algunos trabajos de ese tipo en la vida civil.

Hicimos la cola para tomar la modesta sopa al medio día y tuvimos tiempo para observar sutilezas en los gestos y proxemias hasta confirmar que la Negra y Guadalupe eran novios. La camioneta que, según estaba previsto, nos devolvería a Ibagué, no llegó ese lunes, tampoco el martes ni el miércoles.

De pronto cayó sobre nosotros un chorro de historias como si alguien hubiera abierto un grifo de agua que unas veces cambiaba de color y otras de temperatura. Quizás fue otro efecto de la ansiedad, otra manifestación del tedio o una expresión de la confianza que marchaba bien hasta cuando deslizábamos la pregunta por el nombre “de pila”. Inmediatamente afirmaban haberlo olvidado o, con más humor, que la intemperie lo había borrado de sus mentes. Nunca supimos nombres reales más allá de los que todo el mundo ha conocido públicamente.

Nos dieron una “confianza desconfiada” y sus historias eran encriptadas en muchos sentidos. El Paisa me dijo que tenía un hijo pequeño y que no hacía mucho había juntado unos pesos y había ido a llevarle “un regalito” pero que tuvo otra discusión con la madre del niño, quien le criticaba que el regalo hubiera sido, según ella, tan insignificante. Lo noté emotivo, adolorido, lo escuché en silencio y luego no quiso decirme donde vivían la madre y el niño ni sus nombres, datos que no creo que hubieran puesto en riesgo su seguridad y en cambio sí hubieran satisfecho mi fisgoneo.

A Meléndez, el encargado de la intendencia, una tarde — ya era jueves—, mientras me entregaba una manta para protegerme del frío que ya no soportaba, le pregunté cuanto tiempo llevaba en el eme y con su mirada aparentemente perdida me respondió: “Muchos”. Luego de un silencio y como en un rapto de elocuencia en él, que era de palabras escasas y algo torpes, me dijo que tenía dos hermanos en otros grupos guerrilleros. O sea que es una tradición familiar, agregué yo y el puntualizó sin mirarme: “también es por conciencia”. "¿En qué grupos?", le inquirí —en ese tiempo había varios—, pero él acabó de entregarme la manta, cerró la puerta y se fue.

Las chicas hacían lo posible por permanecer pulcramente vestidas aunque en una organización de este tipo no hay lugar para la vanidad. De todas maneras, inclusive los hombres vestían camisetas ya bastante desgastadas combinadas con un viejo pantalón camuflado. Las gorras eran en su mayoría descoloridas viseras de las que reparten los almacenes con publicidad y solo algunos lucían una con aspecto militar. En realidad no tenían uniforme. Solo algunos mandos, como Ardila, Ricardo, y Otty lucían impecables y bueno, sobre todo Parra, quien parecía un mariscal de campo.

En el día, los cineclubistas no nos atrevíamos a caminar por las breñas de los alrededores temerosos de cualquier incidente y por las noches asistíamos a tomar tinto en la tienda, que era de propiedad de unos indígenas lugareños. Allí vendían todo lo que se vende en una fonda perdida en el campo: un poco de café, algo de sal, algo de panela, dulces para los niños, unos cuantos cigarrillos y, por supuesto, aguardiente. Así que el fin de semana el reglamento permitía que todos fiestearan hasta las doce de la noche.

Ese segundo fin de semana, luego de unos tragos contra el frío, Fabio, Carlos y yo caminamos hasta una colina, miramos las abundantes estrellas, comentamos con nostalgia la belleza de la luna llena y en esta embriaguez les propuse que tomáramos un taxi para regresar a la cabaña, alardeando con los pesos que aún me quedaban. Al otro día fui objeto de sus burlas.

La tímida Claudia me contó que había pertenecido a las Farc pero que no le había gustado el estilo de sus mandos y se pasó al eme, como quien cambia de equipo en cualquier deporte, me dije yo. Benjamín, el más corpulento de todos me relató un abaleo en San Alberto, Cesar, en el que quedaron “dos a dos”. “El ejército perdió dos unidades y nosotros perdimos dos compañeros”, me explicó.

Pasó otra semana y los tres cineclubistas teníamos toda nuestra ropa embarrada. Yo me sentía cautivo y no entendía porque no llegaba el prometido vehículo. Tenía rabia. El lunes siguiente por fin llegó un automotor. Una camioneta destinada a transportar a los primeros guerrilleros que se desmovilizarían y nosotros, alertas como estábamos logramos subir allí pese a la inconformidad del chofer y su ayudante. No obstante gracias a la mediación de Hipólito, un mando medio del eme, logramos quedarnos allí.

La camioneta descendió rauda, yo diría que de manera suicida por aquellos caminos estrechos y tapizados en barro y piedra que bordean a las abismales montañas. Incluso el pesado proyector y la maleta de cuero brincaron en varios de los saltos que dio esta nave que huía con espanto.

Aun así intercambiamos algunas frases con los cinco o seis ahora exguerrillos varones, quienes tenían en sus manos una hoja de papel, documento oficial, acaso salvoconducto que no nos permitieron leer porque allí estaban escritos sus nombres legales. Era imposible no entrever cierta felicidad en aquellos rostros que, sin embargo, aparentaban trascendencia y recelo con el paisaje. Como si de allí fuera a salir de repente un monstruo devorador.

En Santander de Quilichao al automotor se detuvo frente a un pequeño almacén de ropa. El chofer y su ayudante descendieron y entre el “desatalaje” de sus camisas pude ver sus revólveres de agentes secretos del Estado.

Guiados por Hipólito, los exguerrillos entraron al almacén y luego de varios largos minutos reaparecieron casi irreconocibles de no ser porque uno de ellos llevaba el salvoconducto en la mano. Los demás sí tuvieron la discreción de meterlo en algún bolsillo.

Dejaron adentro sus andrajos militarosos y salieron estrenando camisa, pantalón, zapatos y supongo que también calzoncillos y medias, mientras nosotros, los cineclubistas, seguimos sucios y desalentados.

La camioneta reinició su loca carrera, que al parecer se justificaba por razones de seguridad. Entró a Cali pasando por sobre los separadores de la autopista cada vez que encontraba un trancón y desde luego que no respetó ningún semáforo.

Al llegar a la sede del movimiento político M-19, en un barrio de Cali, varios de sus seguidores urbanos estaban esperando a los desmovilizados y rodearon a la camioneta, que apenas si pudo detenerse.

Ansiosos como estábamos, Fabio, Carlos y yo nos apresuramos a subir al hombro, uno el proyector, otro la maleta de cuero y otro la maleta de ropa sucia que habíamos acumulado, donde también iba el cassette VHS con las grabaciones. Entonces un enjambre de camarógrafos y fotógrafos que no nos conocían se concentró sobre nosotros, los cineclubistas, que en ese momento éramos los únicos que teníamos aspecto de estar mortificados por las inclemencias de la guerra y llevábamos el trajín de la montaña pegado a nuestras ropas.

Algún dirigente amable con nosotros, sus supuestos camaradas, nos indicó por dónde entrar a la casa y los camarógrafos siguieron nuestra ruta hasta que los líderes del movimiento y tal vez algunos familiares, que sí conocían a su gente, reorientaron a los camarógrafos mientras otro simpatizante no menos diligente nos sacó hacia un corredor que nos llevó a la puerta trasera de la sede. Salimos de allí hastiados y aleccionados y tomamos un taxi que nos condujo al apartamento donde habíamos empezado la odisea. Nunca supimos ni averiguamos que pasó con las fotos testimoniales e inútiles de los fotógrafos anónimos, si es que alguna vez las imprimieron. Volvimos a ver a Julián antes de salir de Cali —de ese último encuentro proviene la foto que confirma este recuerdo, yo tenía 27 años—. Fabio y Carlos hoy son ilustres en sus respectivas profesiones.

Pasaron varios años y una vez que fui a orientar un taller de cine en Pereira me encontré con uno de aquellos guerreros extraviados, acosado por las penurias económicas y buscando empleo como diseñador gráfico, su experticia. Él me contó, sin precisarme nombres, que luego de la reinserción, algunos siguieron en la vida civil, como él, otros se exilaron, otros más ingresaron a otros grupos guerrilleros y otros más integraron “bandolas” que se dedicaron a conseguir dinero. El único mote que me mencionó fue el del siempre risueño Tigre, a quien la policía acribilló cuando intentaba finiquitar un asalto en Bogotá.

Esta historia quedó guardada, no así el cassette de VHS, que se perdió en algún recoveco de la vida: mis miedos me hicieron negligente, en contra de las conveniencias de la historiografía audiovisual. Yo seguí escribiendo guiones y haciendo documentales. Después me hice profesor de universidad. Luego aquel estudiante me hizo ingresar en el letargo de este recuerdo, hasta que algo me despertó y le pregunté: “¿Dónde está tu papá?”. Él me respondió que al retirarse de la guerrilla trabajó como guardia de un camión transportador de valores hasta que un día, en la vía entre Cali y Buenaventura lo mataron a tiros unos asaltantes de camino. Luego le pregunté cómo se llamaba su padre y él me respondió: “Arcadio González”.

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