Este año no habrá premio Nobel de literatura

"Por primera vez en la historia de la Academia Sueca se da una crisis de tal envergadura que ni siquiera el actual rey, Carlos Gustavo XVI, pudo conjurar"

Por: Victor Rojas
abril 26, 2018
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Este año no habrá premio Nobel de literatura
Ilustración: Jorge Restrepo H.

Esta ligera nota pretende hacer claridad sobre el alboroto por el cual la Academia Sueca atraviesa este año. Alboroto cuyos ingredientes de contubernios, juegos sucios, intrigas y sublimación de bajas pasiones nada tienen que envidiarle al contenido de las creaciones del antiguo teatro griego. Y que lamentablemente culmina en una pesadilla: el año 2018 no tendrá su siempre esperado premio Nobel de literatura.

Entremos en materia. La memoria nos cuenta que el rey Gustavo III admiraba los poetas y se fascinaba con los pintores. Se entusiasmaba con los ballet de danza y vivía despierto pensando en cómo cuidar y desarrollar su idioma materno. Amaba la vida pero emprendió feroces guerras de las cuales los libros de los vencedores dan mejor cuenta. Pero quizás su obra magna y a la vez su pesadilla fue la creación de la Academia Sueca en 1786. Dicho organismo, compuesto por 18 miembros, tuvo su fuente de inspiración en otra academia, la francesa, que agrupó 40 intelectuales parisinos a quienes los propios franceses llamaron "los inmortales".

Si bien es cierto que la Academia Sueca tuvo su soplo de vida con los renovadores aires artísticos de la Francia del iluminismo, no es menos cierto que el escándalo de ahora lo ha generado un francés cuyo único pedigrí es el de ser esposo de la poetisa sueca Katarina Frostenson. Pues bien, y aquí empezamos a desenredar la madeja del embuste, el marido de la poeta después de consumar las nupcias se entregó a trastabillar las calles nocturnas de Estocolmo, en busca de valquirias que en lugar de filosas espadas blandieran la más efectiva de las armas, la desnudez. Esas andanzas no dejarían de ser más que un chisme de plebeyos y cortesanos si su mujer no fuera una de les immorteles suecas. Pero no, Katarina Frostenson tiene en su aureola el brillo de ser dueña de una silla, la 18, de la enigmática institución de la cual nos estamos refiriendo en esta nota.

Por supuesto que el francés de marras aprovechó asimismo su condición de esposo de sueca respetada para abrirse campo y lograr que las máximas autoridades culturales de la patria del escritor Strindberg lo colmaran de honores y fortuna. Eso también sería chisme de cocina sino fuera porque el galo con el nombre y el dinero adquirido no se hubiera dedicado a organizar festines dignos de la mafia colombiana. Bacanales para la plena satisfacción de los deseos. Varias habitaciones palaciegas, reservadas para el pensamiento, el arte y el silencio, fueron testigos de orgías que incluían riñas fugaces, violaciones sexuales e imparables borracheras que para nada envidiaría un mejicano descorazonado. De esas fiestas paganas apareció un sartal de mujeres engañadas que se atrevió a denunciar ante la Fiscalía que por sus cuerpos y contra la voluntad habían pasado los indeseados dedos del francés cuyo nombre no vale la pena escribirlo. La cantidad de damas profanadas alcanzó, para sorpresa de todos, el cabalístico número 18. Como es de suponer, esos escabrosos acontecimientos lograron poner contra las cuerdas la probidad y el prestigio de la máxima autoridad de las letras mundiales. Todo esto se destapaba, como olla hedionda, a principios de año.

Entonces, en aras de recuperar la credibilidad de la Academia Sueca, su secretaria perpetua, Sara Danius, pretendió ajustar el empolvado reglamento de la institución y apartar de las tareas académicas a su colega Katarina Frostenson. Pero al parecer no era el momento ni el método apropiado porque la mayoría de los miembros de la cuestionada fundación se despacharon groseramente contra ella. Ante este inesperado embiste contra Sara Danius, el también poeta y académico Kjell Espmark decide en un acto de solidaridad hacerse a un lado en sus tareas de buscar el premio Nóbel del año. Igual comportamiento dieron a conocer sus colegas el escritor Klas Östergren y el historiador Peter Englund. Esas tres repentinas sillas vacías en el magno establecimiento se sumaban a otras dos más vacías. La de la teóloga Kerstin Ekman quien no volvió a sesiones porque la institución no tuvo el coraje de pronunciarse frente a la amenaza que profirió un grupo islamista contra un escritor inglés. Y la de Lotta Lotass quien poco después de posesionarse en la primera silla cayó enferma del síndrome del ignaro. A pesar del paso del tiempo aún esta mujer no se ha podido recuperar. Pero eso es otra comidilla.

Como sea, por primera vez en la historia de la Academia Sueca se da una crisis de tal envergadura que ni siquiera el actual rey, Carlos Gustavo XVI, pudo conjurar. Pero como bien sabemos, toda situación pésima es susceptible de empeorar. Y es así como a los pocos días de armado el tierrero se levantó el remolino arrasador. En la más reciente junta de miembros Katarina Frostenson se levantó de su silla y se marchó para no volver. Mientras tanto Sara Danius era conminada a entregar su escarapela de secretaria perpetua y a salirse de la junta de "los inmortales". Con estas otras dos ausencia el foro quedó reducido a 11. Uno menos de los votos necesarios para decidir, entre varios asuntos, quién será el próximo Premio Nobel de Literatura. El meollo es que ninguno de los ausentes puede ser reemplazado por otro porque según los viejos estatutos, los nombramientos que se hacen para las 18 sillas son vitalicios. Algo que en estos tiempos va en contra de los derechos humanos que, como todos sabemos, procuran que nadie sea obligado a permanecer en una asociación contra su voluntad.

Hace pocos días el rey, en un desesperado intento para que todo volviera a la normalidad, modificó los estatutos de la complicada institución. Pronunció con firmeza de ley que de ahora en adelante ningún miembro de la Academia Sueca será nombrado vitalicio y quien no asista a sesiones durante un período de más de dos años, será removido de su cargo y reemplazado de inmediato por otro. Pero esas drásticas medidas fueron en vano. Llegaron demasiado tarde y es por eso que este año no tendremos premio Nobel de literatura. A no ser que ocurra un milagro. Pero en todo creen los suecos menos en prodigios del más allá.

Ilustración: Jorge Restrepo H.
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