Texto escrito por: Jonathan Rincón Prieto
Cada cierto tiempo Colombia revive un debate que parece condenado a repetirse: ¿debe enseñarse religión en los colegios? Las recientes propuestas de algunos dirigentes políticos para "volver a Dios a las aulas" han provocado una reacción previsible. Sus detractores responden que vivimos en un Estado laico y que, por tanto, la religión debe permanecer fuera de la escuela.
Sin embargo, esa discusión parte de una falsa dicotomía. El verdadero problema no es si la religión debe enseñarse o no, sino cómo debe enseñarse y con qué propósito.
Un Estado laico no es un Estado antirreligioso. La laicidad significa que el Estado no impone una confesión determinada ni obliga a los ciudadanos a profesar una fe. No significa que la religión deba desaparecer de la educación. De hecho, excluirla por completo supondría privar a los estudiantes de una de las fuerzas históricas más influyentes en la construcción de nuestra civilización.
En este punto suele aparecer una solución aparentemente equilibrada: enseñar un poco de budismo, un poco de islam, un poco de hinduismo, un poco de taoísmo y otro poco de cristianismo. La intención es loable, pero el resultado suele ser superficial. Se termina ofreciendo un catálogo de curiosidades religiosas sin comprender realmente ninguna de ellas.
La educación no consiste en repartir el tiempo de manera aritmética entre todos los temas posibles. Consiste en enseñar aquello que permite comprender el mundo en el que vivimos.
Occidente no puede entenderse sin dos grandes tradiciones: Atenas y Jerusalén. Somos herederos de la filosofía griega, pero también de la tradición judeocristiana. Nuestro lenguaje moral, nuestras universidades, buena parte del derecho occidental, el arte, la literatura y numerosas categorías políticas nacieron del diálogo —y muchas veces del conflicto— entre esas dos fuentes.
Pretender comprender nuestra cultura ignorando la tradición cristiana sería tan absurdo como estudiar la literatura hispanoamericana sin leer a Cervantes o intentar entender la democracia moderna sin conocer la filosofía griega.
Naturalmente, esto no significa convertir los colegios en espacios de catequesis. La escuela no existe para producir creyentes. Existe para formar ciudadanos capaces de comprender críticamente el mundo que habitan.
Por eso el cristianismo debería enseñarse como se enseñan la filosofía, la historia o la literatura: analizando sus textos, sus ideas, su influencia, sus aportes y también sus contradicciones. Una educación verdaderamente rigurosa no oculta las luces ni las sombras de ninguna tradición.
Además, reducir la historia del cristianismo en América Latina a una narrativa de opresión constituye una simplificación tan ideológica como afirmar que toda su historia ha sido liberadora.
El cristianismo fue utilizado en ocasiones para legitimar estructuras de poder, pero también inspiró algunas de las voces más poderosas en defensa de la dignidad humana. Desde Bartolomé de las Casas hasta la Teología de la Liberación, existe una tradición cristiana profundamente comprometida con los pobres, la justicia social y la defensa de los excluidos. Ignorar esa herencia significa mutilar una parte esencial de nuestra propia historia intelectual y política.
Quizá el error esté incluso en la consigna. No necesitamos "volver a Dios a las aulas", porque Dios nunca ha sido el verdadero objeto de la educación pública. Lo que necesitamos es devolver a las aulas el estudio serio de una tradición que ha moldeado el pensamiento de millones de personas y cuya comprensión sigue siendo indispensable para interpretar nuestra cultura.
La pregunta, entonces, no es si la religión tiene cabida en la escuela. La pregunta es si podemos formar ciudadanos cultos mientras les negamos el conocimiento de una de las columnas sobre las que se edificó la civilización en la que viven.
Una educación laica no debería temer al cristianismo. Debería ser lo suficientemente libre como para estudiarlo sin convertirlo en dogma y lo suficientemente honesta como para reconocer que, nos guste o no, seguimos siendo hijos de Atenas y de Jerusalén.
También le puede interesar:
Anuncios.


