Texto escrito por: Álvaro Cotes Córdoba
Cuando yo tenía ocho años, la calle 21 —o La Burechito, como también le decíamos en Santa Marta— se convertía en estadio cada tarde. El balón era casi siempre uno de trapo o una pelota de letras gastadas que rebotaba contra las piedras o las fachadas de las casas. Yo corría por aquella franja pelada y gritaba, sin pudor ninguno:
—¡Aquí va Pipico! ¡Soy Pipico!
Wilson Baratta, el brasileño al que todos llamaban Pipico, era entonces una figura lejana y luminosa del Unión Magdalena. Formó parte de aquella generación que, en 1968, le dio al Ciclón Bananero su primera y, hasta ahora, única estrella en el fútbol profesional colombiano.
En mi imaginación infantil, yo era él, como el delantero que desbordaba, que entraba al área con decisión y que hacía soñar a toda una ciudad. Solo era un niño de ocho años que se creía él mientras esquivaba bicicletas y perros callejeros.
Pasaron los años. Dejé La Burechito y empecé a pisar otras canchas: la de La Castellana en Pescaito, la del Liceo Celedón y, más adelante, el venerable Estadio Eduardo Santos.
En ellas jugué de centro delantero y, a veces, de extremo izquierdo. Me gustaba el gol. Lo buscaba con insistencia de adolescente que aún no sabe que el fútbol profesional es otra cosa.
Y, con el tiempo, me di cuenta de algo que todavía me provoca una sonrisa: hice más goles de los que Pipico anotó con la camiseta del Unión Magdalena en aquella temporada histórica.
No lo digo con soberbia. Lo digo con la nostalgia de quien sabe que aquellos goles míos no quedaron registrados en ninguna planilla oficial, ni levantaron una copa, ni hicieron gritar a una ciudad entera.
Eran goles de potrero, de colegio, de amistosos y campeonatos locales, siempre bajo el sol de Santa Marta. Goles que se celebraban entre amigos y que después se olvidaban. Los de Pipico, en cambio, formaron parte de una gesta que todavía se recuerda cada vez que alguien menciona el único título del Ciclón.
Hoy, cuando paso por la calle 21 o veo el Eduardo Santos desde lejos, todavía escucho aquella voz de niño que gritaba “¡Soy Pipico!”. Y pienso que el fútbol, al final, no se mide solo en goles oficiales.
Se mide también con la manera en que un niño se apropia de un ídolo, lo imita y, sin saberlo, construye su propia leyenda entre las piedras de las calles y canchas peladas por las que me tocó jugar.
Pipico fue campeón. Yo solo fui un delantero de barrio que metió más goles que él. Pero, de alguna forma, los dos corrimos por la misma ciudad con diferentes sueños: él como el futbolista brasilero profesional y driblador y yo como un soñador que con nostalgia todavía recuerdo cómo anhelé ser como él, aunque confieso que nunca lo vi jugar, solo escuchaba las transmisiones de los partidos por la radio, pero mi imaginación hacía el resto. Lo conocí de verdad ahora que encontré esta foto por Internet, 58 años después.
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