Hoy el contexto político internacional es particularmente difícil, no solo para Cuba, sino también para Latinoamérica y el Caribe.
Bajo el segundo mandato de Trump, EEUU emprendió a fondo su reconquista de la supremacía económica perdida. Para hacerlo, recurre sin ambages a la ruptura del orden global y al desconocimiento de la normatividad internacional, la agresión militar, la mentira y manipulación masiva de la información, al genocidio y fascismo desembozado.
Recuperar el control del hemisferio occidental es el objetivo central de su Estrategia de Seguridad Nacional o Doctrina Donroe. Por ello, endureció su política frente a Latinoamérica y el Caribe. El golpe a Venezuela el pasado 3 de enero y el leonino acuerdo recién suscrito con su presidenta encargada para apoderarse durante un siglo del petróleo venezolano, son avances claros en ese propósito.
El pasado 20 de julio, Washington publicó el informe: Cuba, capital del comunismo en el siglo XXI, en donde responsabiliza a Cuba de lanzar un ataque contra la civilización occidental y de todas las actividades “terroristas” y desestabilizadoras ocurridas en el hemisferio, pero en particular en EEUU, desde mediados del siglo pasado.
Con ello, trata de legitimar el recrudecimiento del bloqueo y su posible intervención militar en la Isla.
Ambos documentos marcan el derrotero de las amenazas y agresiones perpetradas durante el corto tiempo transcurrido del segundo mandato de Trump.
Pero volvamos ahora a Fidel Castro y examinemos su legado para Colombia. Cuando finalizó la Guerra Fría, los antiguos países del bloque soviético afianzaron sus vínculos con Washington y las potencias occidentales. Sus gobernantes se desvivieron por abrazar los principios y las políticas del llamado “libre mercado”; y buscaron con desespero su ingreso a instituciones internacionales como el FMI, Unión Europea y OTAN.
Fidel, por el contrario, se mantuvo firme con proyecto revolucionario, enfrentando gravísimas dificultades de toda índole. Cuba perdió el 85% de su comercio exterior y los subsidios petroleros que recibía del Kremlin. Vendría también un recrudecimiento del embargo a la Isla por parte de Washington y un incremento progresivo de las sanciones unilaterales impuestas.
A partir de entonces, la política exterior de Cuba y de su máximo líder frente a Latinoamérica se centró en tres asuntos principales.
El primero, la denuncia de la situación económica y social de la región, como consecuencia de la deuda externa y de las políticas neoliberales impuestas, en el marco de la renegociación de la deuda externa.
Años atrás, en agosto de 1985, durante el Encuentro sobre la Deuda Externa de América Latina y el Caribe, celebrado en La Habana, Castro declaró tajantemente que esta era por completo impagable, por cuanto los países no contaban con los recursos para sostenerla sin sumir a sus pueblos en la miseria extrema.
Por ello, planteó e insistió en la consigna de suspender sus pagos y llamó a todos los países a que se unieran para hacerlo.
El segundo asunto fue el apoyo decidido a los gobiernos alternativos y de izquierda, que desde 1999, con Hugo Chávez en Venezuela y otros mandatarios, ganaron las elecciones en sus respectivos países.
Quedó claro, entonces, que se trataba de privilegiar esta vía para acceder al Estado y poner en práctica las políticas progresistas necesarias para propiciar la transformación económica y social. Se buscaba también cuestionar y disputar la hegemonía histórica de EEUU y de las élites excluyentes en la región, fortalecidas a partir del Consenso de Washington.
Aunque no pudo asistir personalmente, Castro tuvo un papel fundamental en la derrota del ALCA, durante la IV Cumbre de las Américas de Mar de Plata, Argentina en 2005.
El tercer asunto es la paz regional, pero en especial en Colombia. En enero de 2014, en el marco de la II Cumbre de la CELAC, celebrada en La Habana, el líder cubano leyó la Proclama de América Latina y el Caribe como zona de paz, suscrita por los 33 países miembros. En ella, se establece el compromiso de todos de rechazar el uso de la violencia. “Las diferencias entre las naciones se resuelven solo mediante el diálogo y la negociación”, señala el documento.
Se insiste allí en el compromiso con la solución pacífica de controversias, con el fin de desterrar para siempre el uso de la fuerza y su amenaza en la región, así como con el estricto cumplimiento de su obligación de no intervenir, directa o indirectamente, en los asuntos internos de cualquier otro Estado.
En su libro La paz en Colombia, publicado en junio de 2016, hace un pormenorizado recuento de la trayectoria del conflicto armado en el país y se refiere a la incidencia de Washington en el mismo. Denuncia el Plan Colombia y la militarización de la región, impuestos como parte de su estrategia en la lucha contra el narcotráfico y la guerrilla.
Pero también les habla directamente a las organizaciones guerrilleras. Cuestiona la táctica de “guerra de guerrillas prolongada” y rechaza explícitamente prácticas como el secuestro y el narcotráfico. Condena la toma de rehenes civiles y la retención de prisioneros de guerra en condiciones severas. “Ningún propósito revolucionario lo puede justificar”, señala.
Todas estas recomendaciones se concretaron en una práctica específica. Desde la década del noventa, en el marco del prolongado conflicto armado colombiano, Cuba ha desempeñado un papel muy importante en el apoyo a la búsqueda de la paz en Colombia.
Después de la firma definitiva del Acuerdo de paz con las FARC en 2016, precisamente un día después de la muerte de Fidel, Cuba siguió colaborando con la paz. Albergó también las negociaciones con el ELN, desde 2018, una vez que tuvieron que salir de Quito por decisión del gobierno ecuatoriano de dejar de ser garante de ese proceso de negociación.
El nuevo proceso de La Habana no avanzó mucho, pero sí le ocasionó graves consecuencias al país anfitrión. En enero del 2021, pocos días antes de su salida del gobierno, Trump catalogó a Cuba como patrocinador del terrorismo, con la complicidad del entonces presidente Duque. El motivo para hacerlo fue no atender la solicitud por parte del gobierno colombiano de extraditar a los dirigentes del ELN, integrantes de la delegación de paz, con motivo del repudiable atentado de este grupo en la Escuela de Cadetes de Bogotá.
Por lo pronto, Abelardo ya anunció ruptura de relaciones con Cuba y finalización de cualquier negociación de paz.
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