En economía estamos todos desconcertados

"Todos cayeron rendidos ante la supuesta perfección del neoliberalismo para luego descubrir que en nuestros países este no tenía presente ni futuro"

Por: jorge ramírez aljure
noviembre 05, 2019
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En economía estamos todos desconcertados

Parte el alma saber demasiado tarde que quienes han dirigido la economía del país no tenían remota idea de lo que representaba el tal Consenso de Washington, con el que hace 30 años el engendro neoliberal aterrizó sobre nuestras repúblicas de cartón, luego de que años antes, a sangre y fuego, y obviamente al margen de cualquier norma democrática, el dictador Pinochet lo impuso como prueba de laboratorio en una aterrorizada Chile.

Por supuesto todo el entramado de violencia —jamás ajena al desenvolvimiento del capitalismo— estaba encarrilado para que sus resultados se calificaran en muy breve tiempo como altamente positivos, y de este experimento de muerte y estadísticas económicas al alza sin que se indicara a quiénes favorecían, se concluyera que la tremebunda versión latinoamericana se encontraba científicamente soportada para que la señora Thatcher y el señor Reagan la impusieran en Europa y Estados Unidos, ya no a plomo sino como confirmación cierta de que el positivismo económico donde decían sustentarse sus inconmovibles iniciados, era una verdad de a puño.

Hoy venimos a saber que el bienvenidos al futuro con el que nos engañaron a los colombianos no solo incluía a los cuarenta y tantos millones de habitantes que poco entendíamos de qué trataba la ciencia económica y menos comprendíamos sobre la aparición deslumbrante de un redentor de las necesidades humanas como el libre mercado, este sí garantizado por su omnipotencia e intemporalidad, de donde brotarían leche y miel sin restricciones, y aún más si como en el relato bíblico le poníamos fe al extraño acontecimiento.

Lo que no se nos contó entonces era que la fe de sacristán cubría también a nuestros Ph. D. en ciencias económicas, a los doctores en las mismas expertos en los regodeos matemáticos más complicados e inusuales, a los ministros de hacienda y todos los que los rodeaban, a los funcionarios de todos los gobiernos, a los centros de investigación —sí, también a estos aunque parezca paradójico—. Es decir, que el milagro había obrado sobre todos, en especial en quienes habíamos confiado nuestro modesto patrimonio nacional; profesionales con títulos de aquí y afuera, sobre todo de las más connotadas universidades del mundo, desde donde, después supimos, les insuflaron el catecismo libertario como cuna del promocionado portento económico.

Todos cayeron rendidos ante su perfección ineludible, para muchos años después anunciar, entre muelas —no obstante que durante el largo camino se les dijo y se les advirtió sobre los entresijos del ardid—, que el neoliberalismo en nuestros países no tenía presente ni futuro. Porque el presente se lo llevaron los que lo idearon y el futuro no existe porque el munífico sistema entró en crisis y ni siquiera la economía como tal se atreve a garantizar el día de mañana de su capitalismo.

Y no es para menos cuando las razones del desconcierto se fincan en que los publicistas del embuchado económico eran los tristemente célebres Chicago boys y todos los que los han relevado en el dogma durante tan largo periodo. Cuyas características personales, no por cierto las más recomendables para hacerlos confiables, eran su terquedad para imponer su verdad contra la de los demás, a lo que agregaban, tal vez en su calidad de sentirse predestinados, una petulancia personal que los colocaba fuera del alcance del resto de mortales así fueran también sus pares.

Lo que jamás podremos saber después de este tardío mea culpa de nuestros dirigentes es cuánto hemos perdido en todo sentido. No solo en materia moral cuando la ganancia individual se encumbró como el único objetivo válido de la existencia humana, sino en recursos de toda índole, comenzando por los minerales, de los cuales podría acercarse alguna cifra que nos indicara lo que nos ha costado en valiosas commodities, exportar para no morir como sacrificio por hacer parte de este mito economicista, que como otros cuentos anteriores, nos ha dejado finalmente en rines y dueños de una de las peores incertidumbres sobre nuestro futuro.

Ni las pérdidas de recursos ecológicos, muchos irrecuperables como ecosistemas complejos de infinita biodiversidad, que guardaban —y gracias a la providencia aún guardan— secretos inestimables que se destruyeron al margen de las cuentas alegres que nuestros intelectuales en sumas y restas nos entregaban para mantener vivo el señuelo del esquivo desarrollo. Que dado que no se dio y nos tocó abrevar en el pelado crecimiento económico, corren mayor peligro, pues su explotación a la brava, es decir, a lo libertario, en contra de los intereses de los colombianos y las decisiones de sus cortes, y ya sin paraísos qué esperar, quedan a la disposición del mejor postor o del postor amigo como simple excusa para echar pa, lante, aumentar el desempleo informal y eludir el caos final hasta donde la irresponsabilidad aguante.

Ojalá, en momentos de verdadera efervescencia y confusión como los que nos han labrado, a nuestros despistados econometristas, por fin se les alumbre el cuidado mechero, y dadas las suficientes experiencias negativas y los resultados adversos que les han proporcionado repetidas veces a sus compatriotas, descarten las soluciones fáciles como acabar de rematar a menos precio los bienes rentables de la nación por el prurito de que deben ser privados y los ingresos que se recojan malgastados.

Y decidan volver sus ojos a nuestros incomparables recursos ecológicos, que jamás debimos abandonar, y hoy son de uso obligado para detener la crisis climática. Y fuera de reponerlos y cuidarlos como captadores de gases tipo invernadero, hacer con ellos verdadera ciencia, de manera que los encuentren ocupados en algo productivo antes de que les ofrezcan otro paquete chileno.

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