En busca de sentido a la existencia

Una de las causas de infelicidad y tormento del ser humano es su tendencia constitucional a querer tener la verdad. ¿Por qué conocerse nos hace humildes y sabios?

Por: Javier Salina Garcia
agosto 20, 2021
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En busca de sentido a la existencia
Foto: Wikimedia

"En la vida nada nos ha sido dado, por eso vivimos en una eterna búsqueda, que quizás, jamás terminamos. Solo nos diferencia aquello que buscamos": Javier Salina

Cualquiera al leer la idea anterior habrá pensado, ¡es falso!, existen muchas personas que, al nacer, ya tienen muchas cosas, y tal vez tengan razón, pero la materialidad no reemplaza el valor de la tranquilidad del sabio. Con el entendimiento no se nace, este se forja lentamente, se logra gracias a cada momento, a cada relación con la cultura; gracias a emociones, vivencias, experiencias, y en especial a cada reflexión que nutre la vida, por eso hay que decidir bien con qué la alimentamos. Como ser inacabado e incompleto, "el hombre es un ser en permanente construcción, deconstrucción y reconstrucción" (Simón Martínez Ubárnez).

Hablo del pensamiento y sus manifestaciones, porque el pensar tiene un papel fundamental en cómo nos sentimos y en cómo nos comportamos, de ahí parte la vida y el verdadero existir. "El mundo que hemos creado es un proceso de nuestro pensamiento. No se puede cambiar sin cambiar nuestra forma de pensar" (Albert Einstein).

Por eso, para dar sentido a la existencia debemos optar por conocer y el conocer nos acercará a la luz del saber y nos alejará de las sombras del oscurantismo, nos aleja de la doxa y nos acerca a la episteme. Igualmente, no basta conocer y saber, debemos conocernos a nosotros mismos, porque, de nada sirven palabras elocuentes cuando el discurso interior está vacío. Razón tenía Carl Jung cuando dijo: "Uno no alcanza la iluminación fantaseando sobre la luz sino haciendo consciente la oscuridad… lo que no se hace consciente se manifiesta en nuestras vidas como destino".

Nadie hace viajes tan largos y tormentosos como aquel que desciende a las profundidades de sí mismo. Al igual, nadie recibe mejor recompensa que aquel que ha dejado de vivir con solo lo de afuera y empieza a contrastarlo con todo lo que ahí dentro. Recuerda: la buena relación con los demás depende de la buena relación con nosotros mismos. Ya decía Ramón y Cajal "todo hombre puede ser, si se lo propone, escultor de su propio cerebro".

"Para que el hombre pueda llevar una vida de bien, es necesario que sepa lo que debe y lo que no debe hacer. Para saberlo, debe entender qué es él mismo y qué es el mundo en el que vive" (Lev Tolstoi). Eso es lo que a lo largo de todos los tiempos han enseñado los hombres más sabios y más buenos de todos los pueblos. Sus enseñanzas coinciden en lo principal entre sí, y coinciden también en resaltar la importancia de lo que a cada ser humano le dicen su razón y su conciencia.

El conocimiento coimplica una gran responsabilidad, él se apoya en la razón y esta suele ser dura, ella nos hace dudar y el hecho de dudar agobia, porque el cerebro quiere respuestas. El cerebro sobrelleva finitud y aterradora incertidumbre. Muchos, sin saberlo, se dejan llevar por este sentimiento y cuando creen encontrar algo cercano a la verdad buscan compartir su satisfacción, el error está en que, algunos, la desean imponer, cuando no hay certidumbre en ella, sino solamente conjetura, opinión, presunción o creencia.

Pero, ¿por qué quiero tener la verdad si no es mía?

La verdad no nos pertenece, ella está determinada por el mundo y nosotros intervenimos en su descripción en la medida de la exactitud o certidumbre que le es posible a la razón humana. Fenomenológicamente, podríamos decir que nuestra labor es describir el sentido que el mundo tiene para nosotros, haciendo el esfuerzo mental de pasar de las apariencias sensoriales, para llegar a la esencia misma de los fenómenos, a lo que está más allá, en el fondo o detrás de lo que aparece ante los sentidos. De esta manera, la verdad no es un asunto individual, es de todos, solo que algunos, aún, no la han encontrado.

Desde este punto de vista, la tarea de quien quiere instruir es la de ser guía y no inquisidor, ser un orientador, no un proveedor de saberes. Debe ser como el marinero que tripula respetando la sabiduría de las olas, esperando el momento preciso para girar el timón. Acompañado siempre por la brújula del horizonte, se debe partir del muelle del conformismo y vivir navegando por los mares del conocimiento y la razón, sin anclarse en la certeza de la ignorancia.

Una de las causas de infelicidad y tormento del ser humano es su tendencia constitucional a querer tener la verdad, y el no reconocer las limitaciones que tiene para ello, pues sus orgullosas preconcepciones no le permiten ver más allá del horizonte. Olvida que venimos de la nada y somos una nada, un vacío, una incompletud que se afana, quizá inútilmente, por construir anhelos y aspiraciones que nos permitan dar sentido a nuestras obras, explicar nuestras decisiones, justificar nuestros desatinos y hacer nuestra futilidad más respirable; lo cual, no siempre es realizable y por eso los estados de frustración y desencanto que se experimentan con relativa frecuencia, sin detenernos a comprender la realidad de lo logrado y el esfuerzo necesario para lograr lo faltante.

En el empeño de alcanzar logros de sentido, es muy importante comprender y tener claro que, existe más satisfacción en servir de puente que de meta, y que no es lo mismo alcanzar logros que nos dan placer, que alcanzar aquellos que nos producen satisfacciones duraderas, por la trascendencia de su impacto. He visto cómo se inician guerras, cómo se destruyen familias, por personas que quieren imponer su posición, la soberbia los enceguece. Olvidan que la verdad no necesita fuerza, ella sola se encarga de descifrar el entendimiento y florecer en la razón. La fuerza obliga, la razón convence.

A manera de conclusión, son muchas las cosas que se pueden decir, pero quiero hacer énfasis en una sola: todo ser humano que aspire a una existencia con sentido debe nutrirse de los más ingentes frutos del árbol de la razón y el conocimiento, y edificar su trasegar por este universo empeñado siempre en hacerse a sí mismo. El hacerse a sí mismo constituye el hábito de autoconocerse, lo cual debería ser el valor supremo hacia el cual se empeñe toda persona. Eso dará felicidad, por la serenidad y determinación para darle sentido a nuestra existencia.

 

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