El domingo fue una de esas tardes donde el sol en Aguachica golpeaba sin piedad. Afuera en la calle, la gente buscaba refugio bajo la sombra de los techos bajos y de árboles frondosos, mientras que en las casas y los locales de comercio los aires acondicionados daban alivio. En un restaurante del centro del pueblo la familia Lora Rincón compartía un almuerzo que nunca terminarían. Cuatro platos servidos quedaron servidos en la mesa.
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Un hombre armado fue quien irrumpió la tranquilidad del restaurante, quien se acercó hasta la mesa en la que estaban el pastor evagélico Marlon Yamith Lora; su esposa, Yurlay Rincón, y sus dos hijos Ángela y Santiago. Dicen los testigos que los cuatro integrantes de la familia religiosa no tuvieron tiempo de reaccionar. En contados segundos el estruendo de los disparos convirtió todo en tragedia. Tres cuerpos quedaron tendidos en el suelo, un cuarto –el de Santiago, el hijo menor– agonizó hasta el hospital, donde finalmente falleció al igual que sus padres y su hermana. Fue una ejecución calculada, sin piedad ni explicaciones, una interrupción violenta y definitiva de una familia dedicada a la fe.
La vida antes de la tragedia
Marlon Yamith Lora era más que un pastor: era un hombre de fe y acción, un líder espiritual que había hecho de la Iglesia Evangélica Príncipe de Paz un refugio para muchos. Junto a su esposa, Yurlay Rincón, también pastora, había construido algo que iba más allá de las paredes del templo: una comunidad unida, cimentada en la fe y en la búsqueda de una vida mejor.
La iglesia, ubicada en un barrio de casas humildes y calles polvorientas, era un espacio donde la palabra de Dios se entrelazaba con las acciones cotidianas. Programas de ayuda social, reuniones de oración y apoyo a los más pobres. Para muchos, los Lora Rincón eran no solo pastores, sino una extensión de sus familias.
La hija mayor, Ángela Natalia, había heredado el carácter y la determinación de sus padres. Comunicadora social de profesión, trabajaba en la empresa de servicios públicos de Aguachica, donde era reconocida y querida. Santiago, el menor, aún en el colegio, completaba el cuadro de una familia que representaba, para muchos, el ideal de los valores cristianos.
¿Qué fue lo que pasó?
Testigos hablan de un sicario que entró al restaurante decidido, disparó y huyó sin mirar atrás. Las balas no dejaron lugar a dudas: no había sido un robo ni un ataque fortuito. ¿Pero por qué? Una respuesta que nadie conoce hasta el momento. Las autoridades sugieren que el ataque podría haber estado dirigido a otra persona que compartía mesa con ellos, alguien cuyo nombre aún no se revela. Pero hasta el momento todo lo contrario a que los Lora Rincón fueron asesinados a sangre fría es pura especulación.
Otros, en voz baja, se preguntan si la labor de los Lora Rincón en la comunidad pudo haber incomodado a quienes prefieren el silencio y la sumisión. Sea cual sea la verdad, lo que queda es el eco de la pérdida, un hueco imposible de llenar en una ciudad que ya carga con demasiados fantasmas.
La búsqueda de justicia
Tras la masacre, la Policía Nacional ha intensificado sus esfuerzos para capturar a los responsables. Investigadores especializados han sido designados para el caso, revisando cámaras de seguridad y entrevistando testigos en un intento por reconstruir los hechos y dar con el paradero de los sicarios. Además, las autoridades han ofrecido una recompensa de hasta 50 millones de pesos por información que conduzca a la captura de los responsables. Este incentivo busca motivar a la comunidad a romper el silencio y colaborar con las investigaciones.
Masacrada toda una familia en Aguachica. Le pido a @PoliciaColombia emplearse a fondo en descubrir y entregar a la justicia a los criminales. https://t.co/nCg5MkRtXY
— Gustavo Petro (@petrogustavo) December 30, 2024
La Gobernación del Cesar y la Alcaldía de Aguachica han respaldado estos esfuerzos, mientras la población espera respuestas y, sobre todo, justicia para una familia que representaba lo mejor de su comunidad.
El legado de los Lora Rincón
Hoy, la Iglesia Príncipe de Paz se enfrenta a su prueba más difícil: continuar sin sus líderes. Las bancas vacías, los fieles en silencio, las palabras de consuelo que parecen insuficientes. Pero también está la memoria: de las risas de Santiago, la elocuencia de Ángela Natalia, la devoción de Yurlay y la sabiduría serena de Marlon.
En Aguachica, la tragedia de los Lora Rincón es un recordatorio cruel de cómo la violencia puede tocar incluso a quienes se dedican a sembrar paz. Pero también es un llamado a no olvidar, a exigir justicia y a mantener viva la obra de quienes hicieron de su vida un acto de fe y servicio. Porque, como decía Marlon en sus sermones: “Dios nos da la fuerza para seguir, incluso cuando el mundo se oscurece”.