El terremoto del Quindío, un infierno difícil de olvidar

Testimonio de un ciudadano que vivió el desastre que acabó con la vida de cerca de mil personas en Armenia, Quindio, un 25 de enero del año 1999

Por: Caín Gutiérrez
enero 28, 2020
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El terremoto del Quindío, un infierno difícil de olvidar
Foto: Archivo Ministerio de Defensa

-Aggg, mugg, gugugaaaga. Decía yo

Tal vez, si mal no recuerdo, estos trozos destrozados de lenguaje era lo único, las únicas palabras que podía pronunciar cuando el terremoto trozo y destrozo muchas casas en el Quindío, trunco vidas, y vino a confirmar, lo que se decía hace (Long Time) mucho, que somos la ciudad milagro. Miento, de pronto lo de milagro lo pusieron después de que aquel terremoto de 1999, un 24 de enero, hiciera parecer esto un infierno, pero como un ave fénix resurgiera de las cenizas, los escombros, las esterillas, los techos, los metales, el polvo y la sangre.

Evito todo nombre, ya que en un terremoto los nombres se desvanecen como vanas nubes de polvo en un tornado. Digamos, también, que una familia X, la mía, no sufrió de frente los embates de la tragedia. Si acaso murió uno, un tío por parte de la estirpe paterna. Aunque, si, el terremoto fue tan concluyente como la defecación, que nos hace a todos humanos y nos hace ver que, a pesar de todo, de la plata o de la miseria, seguimos siendo carne de cañón, con las mismas ínfimas posibilidades de supervivencia.

Para qué y con qué motivo explicar qué es un terremoto. Es cuando la tierra tiembla. Simplemente eso, la furia contenida de la naturaleza lucha por salir, y al no encontrar una escapada termina por moverlo todo, dejando que la furia se concrete en la superficie, haciendo que lo edificios altísimos y las mínimas casas se desplomen como fichas de domino encadenadas. Un terremoto es obra del azar, y lo que he dicho hasta aquí es literatura, mierda… Si quieren saber qué es un terremoto deben consultar a un científico, no a un Cuyabro. En fin, todo cae, es la ley de la gravedad, pero para no perdernos, cuento lo que me cuenta mi familia, ya que yo, renacuajo sin lenguaje, susurraba simples incoherencias.

El caso es que en una de las casas, de las muchas casas del Quindío, de Armenia y para ser más específico del barrio La Unión,  mi abuela estaba acostada en una poltrona con tres de sus muchos nietos rodeándola y haciendo ruido en el silencio apacible de la tarde, de un momento a otro, aquel ruido apacible se convirtió en fatal fuga, y lo que fue ruido de niños en el ruido violento de las entrañas de la tierra, un leve crujido, un crujido que era como un coro infernal… Uno de los tres niños que estaba con mi abuela, primo mío, de los tres el más pequeño y al cual el terror se le metió en el cuerpo, quedó mudo por varios días. No lo culpo, donde yo tuviera un poquito de conciencia, seguramente no me hubiera quedado mudo, hubiera enloquecido, o matado a groserías al destino, al azar.

Un pequeño distanciamiento, puedo verme enterrado en la cuna, encunado, con los ojos abiertos, asombrados ¿a quién no le asombra estar vivo? Estar vivo, es como vivir en una película, solo que sin guion. El caso es que yo susurraba incoherencias al techo y los padres que todo de sus hijos lo exageran decían que ya hablaba. Pero no hablaba, estaba ahí, existía, podía ver, sentir, decir incoherencias (todavía las digo, ya tengo 22), lo más probable es que ardiera de fiebre, siempre ardía. Yo miraba al techo (mi mamá me miraba, eso dice) cuando de la nada prorrumpió un sonido, la tierra hablaba, solo los que conocen el terremoto conocen la voz implacable de la tierra, como al trueno le sigue el relámpago, a la voz de la tierra sigue el movimiento de la tierra. Cuantas veces, oh dios, debería decir mierda para describir lo sucedido, pero me contengo, las tripas no son buenas consejeras, tampoco el corazón. De una mesa, un televisor barrigón, o espaldón (en ese tiempo no existía, o eso creo, la pantalla plana) cae con un sonido que es un gemido, mi papá quiere levantarlo, pero le puede más el miedo, tiene ganas de correr y dejar todo lo caído desparramado en el suelo, solo se acuerda ( sí se acordó, yo no me acuerdo, estaba pequeño) de salir con el niño gordo y cabezón de brazos, y la mujer, que un día atrás celebraba el primer año mío. Todo esto sucedía de un tirón, y así como nosotros nos salvamos, otros muchos murieron, y los que no murieron y quedaron heridos, y de debuenas, mi abuela también esquivo la muerte, y mis primos y mis tíos y mis tías, solo el desdichado tío de papá murió bajo o abajo o entre los escombros o debajo de una estantería, murió, que es como poner un punto aparte para acabar un libro.

Dicen que la Brasilia quedo en ruinas, y vastos edificios del centro derruidos, una prima vio caer, ella lo cuenta ya que estudiaba en el centro, como caían los edificios, como le toco ¡vivir el infierno amparada por Dios! Y como sus padres, consumidos por la ansiedad, no sabían que hacer para encontrarla, ya que el Quindío en ese día fue un laberinto, cuyas paredes eran cadáveres apilados y escombros y grandes paredes de polvo. Eso fuimos, y de milagro estamos vivos. Mi prima caminó entre cadáveres (uno de los círculos del infierno) hasta que llego remando en la balsa de la adversidad hasta tierra firme, Casa Blanca, donde vivía en aquel entonces. Escenas así se repitieron hasta el hartazgo, por eso no valen la pena los nombres, en la destrucción todos somos iguales, pequeñas mariposas que con un soplido se le quiebran las alas. Después del terremoto, no nos tocó vivir los vándalos, afortunadamente una tía que vivía en una fina en Balboa Risaralda nos dio refugio, tanto a la familia como a muchos pelados del barrio, esa es otra historia.

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