El sistema electoral colombiano: caduco, ineficiente y amañado

Es urgente una reforma, no solo de forma sino también de fondo. Y aunque ningún sistema es perfecto, hay que encontrar herramientas que reduzcan los riesgos

Por: Camila Albarán
marzo 16, 2018
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El sistema electoral colombiano: caduco, ineficiente y amañado
Foto: EFE

La jornada de elecciones del pasado domingo 11 de marzo dejó ver, además del histórico primer voto de los miembros de la exguerrilla de las Farc, comportamientos y situaciones que darán mucho material para el análisis: la reducción del abstencionismo, el nacimiento de nuevas fuerzas en el Congreso, la reelección de los corruptos a través de sus cesionarios; ¿cómo no mencionar la evidente desinformación y agresividad con la que llegaban muchos colombianos a los puestos de votación? Casi que premeditada si se tiene en cuenta la creciente desconfianza en las instituciones que se ha venido nutriendo desde campañas sucias y políticos irresponsables.

Pero de todo lo que pudo haber dejado esta primera etapa electoral, fue sin duda la falta de tarjetones para la consulta el acontecimiento que se robó el protagonismo. Sin embargo, más allá de la línea de debate que se dio sobre este hecho, de si fue falta de plata o un mal cálculo de la Registraduría, hay un tema central en esta cuestión que realmente merece tener todos los reflectores encima: la ineficiencia y lo obsoleto del proceso electoral.

“[…] al azar se extrae la cantidad de votos excedentes y, sin abrirlos, se incineran en una bandeja de barro”. Aunque la anterior frase suene a la antigua Grecia, no es más que un extracto de nuestro Código Electoral para el manejo que le deben dar los jurados a los votos que no “cuadren” con el número de votantes. Se trata pues de un Código hecho para el contexto de mediados del siglo 20 aplicado 32 años después.

Según la Misión de Observación Electoral (MOE) desde 1986, año de nuestro actual Código Electoral, se han hecho aproximadamente 80 intentos para su reforma. El último de estos se dio el año pasado con la reforma electoral presentada por la Misión Electoral Especial (MEE) en mandato a los Acuerdos de la Habana. Intento que también se hundió en noviembre en el Congreso.

No es que la falta de tarjetones de la jornada del domingo haya develado la inoperancia del sistema por primera vez. La verdad es que cada 4 años salen perlas a la luz que al final son opacadas entre otras noticias. Y así, vuelve y queda otra vez el tema en el tintero hasta que llegan las siguientes elecciones, en donde de nuevo la excusa del Congreso es que “no se puede hacer una reforma electoral en tiempos electorales”. Pero lo que hay de fondo aquí es que muchos políticos no quieren cambiar las leyes que les han servido para elegirse.

Para no ir tan lejos, la perla del 2014 fue nada menos que el robo de curules del Mira que terminó revelando un modus operandi de corrupción gravísimo, que aprovecha la fragilidad del sistema y la modalidad de tercerización que utiliza la Registraduría Nacional en el desarrollo y control del proceso electoral, para robarle votos a los partidos pequeños o a los quemados y sumárselos a otros.

Incluso sin mirar a fondo el fallo del Consejo de Estado respecto este caso, basta con analizar de cerca una jornada electoral para identificar casi que en cada paso debilidades serias que además de dar infinitos espacios para el error humano, cuantificables en el número de mesas y votos anulados al final de cada jornada, abren fácilmente las posibilidades de manipulación a los corruptos. Volviendo así cada engorroso filtro que se inventan para garantizar “transparencia y control” en un despropósito en sí mismo.

Para la modernización del Sistema Electoral la MEE llegó a la misma conclusión que ya había llegado la OEA en su informe de veeduría electoral en el 2011. Básicamente esta fue acerca de cómo la tercerización de la organización de las elecciones hacía que quienes adquirieran la experiencia en la realización de los comicios fueran los contratistas y no la Registraduría, lo cual representa para este organismo un desconocimiento sobre cómo se organizan unas votaciones, y pone a la cabeza organizadora electoral de la Nación en una situación de subordinación ante dichas empresas[1].

En otras palabras, la institución que fue creada para organizar las elecciones no sabe cómo hacerlas. Sabe cómo contratar a quien ha contratado siempre para que se las haga, y en cada ciclo electoral que pasa se vuelve más dependiente de esos contratistas, perdiendo administración y control sobre el proceso que está a su cargo.

A pesar que en el informe la MEE reconoce que al compararse los costos de la organización de las elecciones en Colombia con los de otros países, en algunos casos, los nuestros son superiores (elecciones de 2014, sumado Congreso y Presidencia: un billón 86 mil millones de pesos; mientras que en Canadá no alcanzan el billón: $808.776.000.000); la propuesta sobre modernización se quedaba corta al sólo recomendar que se busquen alternativas para obtener autonomía a través de la renovación de la infraestructura informática.

Si bien es plausible y hasta emocionante ver como ejercicio democrático a cientos de colombianos, por todo el país y en todas partes del mundo, contando y recontando votos (muchos voluntariamente), y a otros viajando horas para hacer valer su derecho; lo cierto es que en la práctica, la ineficiencia de este método cuesta mucho en plata, en transparencia, en cifras de abstencionismo y hasta incluso le cuesta al planeta, porque la cantidad de papel y material que se desperdicia entre tarjetones en perfecto estado, cartillas, módulos y urnas que se deben romper al terminar la jornada se podría contar en toneladas.

Para todos estos males existe una amplia variedad de herramientas tecnológicas que desde los años 60 empezaron a utilizarse en varios países del mundo con el fin de mejorar la eficiencia del proceso electoral. Ya sea el voto mediante máquinas de Grabación Electrónica Directa, voto electrónico en papel con tarjetas perforadas o con escaneo óptico, voto por Internet o el Blockchain que acaba de probar Sierra Leona para el conteo de su sufragio; entre los países que han utilizado estos métodos lo han hecho de formas diferentes. Hay unos que los aplican para la totalidad de su territorio, otros sólo en algunas zonas; unos para ciertos comicios, otros para todas sus elecciones.

Finalmente, lo que queda claro aquí es la necesidad de una reforma ¡urgente! No solo de forma sino también de fondo al sistema electoral colombiano. Así como también urge que le pongan la lupa y el freno a los robos que nos han hecho elección tras elección, antes de que lleguen los siguientes comicios y se repita la historia.

Ningún sistema es perfecto. Siempre existirá algún riesgo de manipulación. Lo importante es encontrar la mezcla indicada de herramientas que reduzcan al mínimo posible ese riesgo y se ajuste mejor a las necesidades territoriales, de seguridad y eficiencia de nuestro país, para así garantizar una democracia real desde el primer momento en donde nace la misma.

[1] MOE. [internet]. Propuestas Reforma Política y Electoral. Misión Especial Electoral. Abril 2017. Consultado 14.03.2018. Disponible en: https://moe.org.co/wp-content/uploads/2017/04/Libro-Reforrma-completo-2017-1-1.pdf

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