Ronald S. Lauder, presidente del Congreso Mundial Judío, afirmó recientemente: "Tenemos miles de millones de dólares para perseguir a quién critique a Israel. Debemos usar al Mossad y el Shin Bet para ir a por todo aquel que critique Israel y nadie debe quedar a salvo". Según él, son falsos todos los titulares y todas las fotos de niños hambrientos en Gaza, Israel debe contraatacar con el doble de su fuerza, su respuesta debe ser furiosa.
Sin dejar ninguna institución a salvo. Fue parte de su discurso, tras ser ratificado como presidente de esa entidad mundial que se reunió en mayo pasado en Jerusalén. Allí fue reafirmada la unidad judía global ante los desafíos actuales y fue presentada una ambiciosa agenda estratégica 2025–2029. Es de notar que ese congreso judío mundial usurpa en realidad el nombre y el respeto que se merece la comunidad judía, para amparar con ese nombre al sionismo.
Una cosa es la religión judía, monoteísta y precursora del cristianismo y el Islam. Otra cosa es en cambio el sionismo, la prédica de una convicción política fanática, según la cual los judíos, no todos, como se verá, son seres superiores a todos los demás, en realidad alimañas que carecen de la condición humana. Y a los que se puede matar, herir, violar, torturar, despojar, desplazar, encarcelar y ahorcar si se considera útil para los propios planes.
Aseguran que Dios les entregó una tierra amplísima hace más de tres mil años, la cual tienen derecho a recuperar al costo que sea, para fundar allí el gran estado de Israel, que tiene además el derecho de someter a sangre y fuego a todos los estados vecinos. Así lo declaran públicamente, basados en lo que llaman la doctrina Amalek, la gracia divina de entrar a los territorios que quieran y exterminar a sus pobladores.
La inmensa mayoría de los sionistas no es nativa de Israel, ni de Palestina, ni del norte de África. Provienen de Europa oriental, quedando claro que no tienen ningún vínculo histórico, ni racial con los antiguos judíos de Palestina. Su origen es turco caucásico, un pueblo que se convirtió a la religión judía hacia el siglo IX, llegando a conformar un gran imperio llamado Jazaria, al cual pusieron fin las huestes de Gengis Khan, obligándolo a desplazarse a lo que hoy es Europa del este.
Allí se asentaron, desde Rusia hasta Alemania, lo que prueba que no son semitas, como los árabes y judíos de Palestina, sino judíos jázaros o asquenazis. Theodore Hertz, fundador del sionismo, fue uno de ellos. Así que su historia de judíos expulsados por Roma de Palestina en el año 135 es una invención. Los jázaros son el 85 por ciento de los judíos de hoy, la mayoría de los cuales vive en los Estados Unidos. Un bajísimo porcentaje vive en Israel, donde se hicieron al poder.
La cúpula sionista la integran muchos de los hombres más ricos e influyentes del planeta, que conforman finalmente una inmensa red financiera con alcance verdaderamente mundial. Es por eso que, entre el sionismo israelí y el sionismo evangélico norteamericano, existe una alianza indisoluble que se expresa en el AIPAC, American Israel Public Affairs Committee, también conocido como el lobby israelí en Washington.
Este comité de asuntos públicos americanos e israelíes es definido como un poderoso grupo de presión que mediante donaciones a las campañas políticas al Congreso de los Estados Unidos y a la presidencia del país, sumado a su telaraña de amplios contactos, se encarga de mantener la más íntima y beneficiosa relación entre los dos países. Por eso todos los presidentes y congresos norteamericanos apoyan a Israel en cada una de sus atroces aventuras.
Su unión de intereses y poderío militar vale para los cinco continentes. Cuando Pete Hegseth, secretario de guerra de Trump, se refiere a la nueva estrategia de seguridad de su país, la piensa de la mano del sionismo. Cristiano evangélico devoto de Israel, Hegseth presentó en marzo pasado la doctrina de la Gran Norteamérica, que integra a todas las naciones, desde Groenlandia hasta el Amazonas, en una zona de defensa inmediata bajo el control directo de Washington.
Cuando De la Espriella afirma que buscará las mejores relaciones con EE. UU. e Israel, está dejando claro a qué intereses respondería un gobierno suyo
De acuerdo con ella, toda el área geográfica al norte del río Amazonas queda sujeta al dominio hegemónico de los Estados Unidos, en todos los sentidos. Así que cuando Abelardo de la Espriella afirma que buscará las mejores relaciones con los Estados Unidos e Israel, está dejando claro a qué intereses respondería un gobierno suyo. Tipos que no solo celebran la voladura de gatos, sino también el descarado genocidio en Palestina y Líbano.
Como los crímenes de Zelensky, otro jázaro íntimo de Netanyahu, y las arbitrariedades de Trump en Irán, Venezuela y Cuba. De allí su identidad con Milei, Bolsonaro, Katz, Noboa y en general con la salvaje derecha neoliberal proisraelí. Definirse como radical enemigo de la izquierda, a la que destripará durante su gobierno, y anunciar que gobernará por decreto, responde a la lógica que pregonan Israel y los Estados Unidos, de no reconocer derecho distinto a su propia moral.
Que puede definirse como la inmoralidad absoluta, violatoria de todos los principios, normas e instituciones internacionales, con sus cortes judiciales. De la Espriella está convencido de que con el respaldo de Trump y Netanyahu tendrá plena libertad para hacer lo que quiera. Sabe que el sionismo internacional controla la mayoría de los grandes medios de comunicación occidentales, los cuales estarán de su lado, como ya lo están hoy. Sólo un pueblo consciente podrá detenerlo.
Del mismo autor: Iván Cepeda presidente este 31 de mayo
Anuncios.


