El rocketazo de las Farc al Palacio de Nariño en la posesión de Álvaro Uribe

El exguerrillero Gabriel Ángel revela el plan del Mono Jojoy con el que las Farc desafiaron el Estado. La guerra Uribe-Farc había comenzado

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Agosto 06, 2018
El rocketazo de las Farc al Palacio de Nariño en la posesión de Álvaro Uribe
Fotos: Wikimedia C.C. 2.0 & Revista Cromos

El 7 de agosto del 2002, las Farc recibieron al nuevo Presidente con un rocketazo que se estrelló contra una de las paredes del Palacio de Nariño. Una declaratoria de guerra que Álvaro Uribe respondió con todo, convirtiéndolo en el gobernante más popular de la historia de Colombia. Gabriel Ángel, quien entonces estaba en las filas de las Farc cuenta detalles del plan concebido por el Mono Jojoy y ejecutado por Relampago el experto en explosivos del Bloque Oriental y Juanita, de 22 años. “Misión cumplida camarada”, fue el reporte de los dos guerrilleros. La guerra Uribe-Farc había comenzado.

El Mono Jojoy apreciaba profundamente a Juanita, no sólo por ser una gran combatiente, sino porque poseía esa dosis de picardía que él mismo había tenido en su juventud. La muchacha, a sus veintidós años, contaba ya ocho en filas y se había graduado como guerrera de primera línea. Era experta en explosivos y de hecho había actuado como ramplera en acciones tan importantes como Miraflores, El Billar y Mitú.

Ramplero o ramplera era el modo como denominaban a quien se ocupaba de lanzar ramplas, una palabra del lenguaje guerrillero que más bien provenía de rampa, un hueco cavado en tierra en un ángulo tal que permitía arrojar sobre el enemigo cargas de explosivos a buena distancia y con excelente precisión. Era tal el estruendo de las explosiones y el efecto de las poderosas esquirlas, que realmente la tropa asaltada se llenaba de miedo.

Blanca, de buena estatura y bien formada, Juanita reunía diversas cualidades. Sin complejos para hablar, era alegre, tierna, bonita. Su acento de niña mimada le confería un particular encanto, al que sumaba una bravura singular en combate y una bondad de carácter que ganaba fácilmente el cariño de todos. Comenzando la zona de despeje del Caguán, ejercía el mando de una escuadra, doce combatientes que la obedecían sin ningún problema.

Su unidad se encontraba en las inmediaciones del caserío de La Tunia, en las sabanas del Yarí, visitado con alguna frecuencia por El Mono. Había algo que tenía irritada a Juanita. Una mujer cuarentona de méritos físicos innegables, se había hecho cargo de la cría de un buen número de gallinas por cuenta de El Mono. Y cuando éste llegaba a La Tunia, no dejaba de pasar por su casa a saludarla.  Entonces la mujer se desbordaba en atenciones para él y sus acompañantes.

Pero cuando El Mono se iba, la indiferencia de la mujer hacia los combatientes de base rayaba con la antipatía. Si podía evitarlos lo hacía, y si llegaban a su casa, de mala gana les ofrecía un vaso de agua. Así que Juanita concibió lentamente un modo de desquitarse. Con alguna dificultad consiguió la aceptación de Rómulo, su reemplazante, mientras que su propuesta divirtió enormemente a Pablito, el hijo de Manuel Marulanda, que era el tercero al mando.

Este último siempre fue un campeón de la picardía. Gustaba de imitar a los mandos a sus espaldas, remedando su voz de manera casi exacta. Imitar la voz de El Mono era su especialidad. Juanita planeó las cosas de este modo. Una mañana se presentó a la casa de la señora antipática con el pretexto más pueril, segura de obtener su frío recibimiento. De repente, en su presencia, le dijo que tenía que atender una llamada al radio del camarada Jorge.

Quién apareció del otro lado del aparato fue Pablito, hablando con tanta propiedad como si fuera el mismísimo Jojoy. Tras preguntar qué novedad tenía, instruyó a Juanita para que se presentara donde la señora amiga de La Tunia, con el fin de pedirle que le enviara las cuatro mejores gallinas que tenía. Esta no tuvo que repetir la razón. La mujer revoloteó como un gavilán para atrapar sus cuatro aves más gordas, que entregó feliz a Juanita en una lona.

Durante un par de días, la escuadra que comandaba Juanita se sació comiendo suculentos sancochos, tras lo cual se comprometieron a guardar el más absoluto silencio al respecto. Semanas después, hallándose en el campamento del Bloque Oriental, Juanita recibió la orden de presentarse de inmediato donde El Mono. Nunca supo cómo se enteró él del asunto, lo cierto fue que delante del grupo de mandos que lo rodeaba, le preguntó qué tenía para contarle.

Ante su mudez, El Mono, sarcástico y en voz alta, procedió a hacer a los mandos el relato detallado de lo sucedido con las gallinas en La Tunia. Juanita temblaba, pensando que aquello podía ser calificado como robo a la población civil y castigado con un consejo de guerra. De repente El Mono se volvió hacia ella y le preguntó por qué razón había obrado así. Ella, con voz temblorosa, le contó de la actitud de la mujer hacia los guerrilleros después que él se marchaba.

Al hacerlo, creyó adivinar en los ojos de El Mono un esfuerzo por contener la carcajada. Sin embargo, la seriedad de su rostro continuaba imperturbable. Lo escuchó preguntarle si de verdad ese había sido el motivo para su actuación, lo que ella confirmó sin vacilación. Entonces él procedió a darle su veredicto. Quedaba suspendida del mando hasta nueva orden. Más adelante le comunicaría la sanción que le correspondía pagar.

Lo cierto fue que nunca le impuso otra sanción, salvo la del escarnio colectivo con el que gustaba fastidiar a quien había obrado mal. No hubo compañía, columna o guerrilla por donde pasara El Mono sin relatar la picardía que ella había hecho. Sus conocidos la burlaban, la llamaban roba gallinas, lograban hacerla sentir mal de veras. Hasta que la falta cometida por algún otro mando vino a remplazar su caso. El cariño de El Mono hacia ella siguió siendo el mismo.

Tiempo después volvió a conferirle el mando, e incluso avanzando el año 2002 la sorprendió cuando la llamó a su oficina. Tenía pensada una delicada misión para ella. Lo más seguro era que Uribe iba a ser elegido Presidente en las siguientes elecciones. Se trataba de atacar el Palacio presidencial el día de su posesión, el 7 de agosto. Su experiencia en explosivos era fundamental. Debían construir unos cañones y lanzar unas granadas cuando estuvieran en pleno acto.

Iría acompañada de otro guerrillero, un muchacho del 26, Uvaldo. En Bogotá entrarían en contacto con Álvaro y Adriana, dos urbanos provenientes del Tolima. Otra pareja que ellos conocían los apoyaría también. Se trataba de una gente que integraba una red independiente, ajena por completo a cualquier otra red urbana existente. Así era El Mono, inventaba siempre estructuras nuevas, para compartimentar, y para evitar usar gente que pudiera estar quemada.

El encargado en la guerrilla del asunto sería el camarada Relámpago, noticia que agradó sobremanera a Juanita. Se llevaba bien con él, eran viejos conocidos, en gran medida todo cuanto ella había aprendido en materia de explosivos se lo había enseñado él. Relámpago tenía cierta tendencia a la indisciplina, insistía en imprimir a los planes y órdenes cierto sesgo personal en busca de comodidad. Eso no estaba bien, pero gustaba sin duda a sus subordinados.

Desde hacía muchos años los diferentes frentes de las FARC insistían en la creación de su propia artillería. Primero habían sido las granadas para fusil, que se empeñaron en fabricar en sus propios talleres. Las llamaban colombinas. En la larguísima experimentación unos fueron avanzando más que otros, comenzando a producir sus propios morteros y las granadas para los mismos. El Bloque Oriental se distinguió pronto por ser donde más se avanzaba en la materia.

Tanto que tras la Octava Conferencia de 1993, se dispuso que de todos los Bloques enviaran personal encargado de talleres de explosivos a ese bloque, con el propósito de socializar los avances en ese campo. La verdad fue que en todas las FARC terminaron creándose talleres de fabricación de morteros y granadas de diversa índole. Muchos guerrilleros se hicieron expertos en el empleo del torno para producir las más sutiles piezas. Juanita fue una de ellos.

Las FARC llevaban años intentando crear cañones que lanzaran obuses a muchos kilómetros de distancia. La experimentación en ese sentido tenía que realizarse a campo abierto, procurando que no se fueran a producir accidentes de ninguna naturaleza. El departamento del Guaviare resultó ideal para ello, poseía selvas inmensas en terreno plano. La guerrilla no se ocupaba de cálculos físicos o matemáticos precisos, en su lugar practicaba el método de ensayo y error.

Si a una granada se le añadía cierto número de cargas impulsoras, debería caer a tanta distancia. La dirección del disparo se fijaba por grados, técnica que los artilleros fueron dominando tras numerosos ensayos. Para la misión de atacar el Palacio de Nariño, a la que se añadió también el ataque a la Escuela Militar, no servían los morteros caseros de 60 u 80 milímetros. Se requería de cañones más largos y de granadas mucho más poderosas. Las FARC sabían hacer todo eso.

Lo habían aprendido tras muchos años de experimentación al fondo de la selva. Fue allá, bajo la dirección de Relámpago, donde se calcularon distancias y ángulos y se ensayaron infinidad de veces los disparos que deberían caer en los objetivos precisados. La cuestión era que los atentados de verdad ya no podrían hacerse desde el Guaviare. Había que hacerlos desde la misma capital. Y eso implicaba tener allí todo lo necesario. En el más absoluto secreto.

La concepción de todo el asunto sólo podía producirla la mente de El Mono. Tenía contactos para los más diversos propósitos en los lugares más inesperados, gente clave para conseguir cada una de las cosas necesarias. Desde un principio se dijo que para evitar cualquier imponderable que hiciera fracasar su plan, cada uno de los elementos necesarios debía ser producido en la propia Bogotá. Sería mucho más fácil y seguro que trasladarlos desde el Guaviare.

Si uno de los objetivos era la Escuela Militar de Cadetes, los disparos hacia ella debían ser hechos desde una vivienda al norte de la ciudad. Del mismo modo, los disparos que se dirigieran al Palacio de Nariño debían ser hechos desde el occidente, sin apartarse demasiado del centro. Así que la primera orientación fue conseguir esas viviendas a título de arrendamiento. Pero además, conseguir una bodega que haría las veces de taller de explosivos y armas.

II Mision Cumplida

Los encargados de la tarea contaban con un vehículo para moverse con agilidad y relativa seguridad en Bogotá. Sus responsables eran la pareja conformada por Álvaro y Adriana. Ellos se encargaban de trasladarlos donde fuera necesario, así como de mover los artículos comprados de una a otra parte de la ciudad. Entre ellos y la otra pareja de apoyo, se encargaron de conseguir los inmuebles requeridos. Y de lo necesario para la firma de los contratos de arrendamiento.

Siguiendo sus orientaciones, Juanita y Uvaldo se disfrazaron por completo para entenderse con los arrendadores. A Juanita le encantaba simular un embarazo avanzado, para lo que adoptaba la apariencia más ajustada. Además, se pintaba el cabello y usaba lentes de contacto que cambiaban el color de sus ojos. A Uvaldo también lo disfrazaban de tal modo que quedara irreconocible. Asimismo, para identificarse, portaban cédulas de ciudadanía falsas.

No estaba mal para dos guerrilleros rurales que realmente nunca habían tenido que vivir en una ciudad. En todas partes se presentaron como de los Llanos orientales, una pareja que había conseguido un contrato con una empresa petrolera que fabricaba además oleoductos. Su trabajo consistía en suministrar tubos y piezas accesorias. Por ello era frecuente que tuvieran que llevar a su vivienda elementos de esa naturaleza. Así lo hablaban con los vecinos curiosos.

Y con más razón aun, con el propietario de la bodega que habitaba con su familia en el segundo piso de la misma casa. Allí estaban llegando con frecuencia materiales, que eran introducidos con la mayor naturalidad en el amplio local de la primera planta. No se podía despertar la menor sospecha. La traída y la descargada del enorme torno no llamaron para nada la atención. Una vez cerraban el portón, de afuera se podía oír el sonido normal de un taller metálico.

Así, durante meses, Juanita y Uvaldo llegaban cada mañana al taller, como propietarios del pequeño negocio de fundición y armado. Por la noche salía cada uno para una de las casas arrendadas. Con frecuencia los trasladaban hasta allá en el vehículo de apoyo. Periódicamente recibían las arrobas de Anfo, de cordón detonante y pentolita que empleaban para las granadas. Y los tubos que cortaban y preparaban como cañones, con sus respectivos soportes.

Como buena guerrillera, avispada, Juanita se encargaba de celar el trabajo de Uvaldo. Procuraba nunca faltar a la bodega, salvo en casos de fuerza mayor. Y tampoco gustaba de dejar acumular allí los trabajos terminados. Sabía que se trataba de un hombre joven, solo, y que la debilidad de los hombres solitarios son las mujeres. Imaginaba que en cualquier momento Uvaldo conocería y comenzaría a entrar a la bodega alguna muchacha que pudiera descubrir lo que hacían.

Por eso prefería transportar las granadas terminadas a su casa. Desarmadas por piezas, claro. Lo mismo que hacía con los cañones y sus soportes. Su espontánea naturalidad jamás despertó alguna suspicacia en alguien. Por increíble que pueda parecer, Juanita y Uvaldo se convirtieron en los fabricantes y dispensadores de los cañones y granadas que usaba el Bloque Oriental en su guerra contra el Estado. Y lo hacían desde Bogotá, de donde partía en secreto ese material.

El susto más grande que pasaron durante todos esos meses no tuvo nada que ver con Uvaldo y los temores de Juanita. Sucedió que una noche, cuando sus amigos llevaron a esta última a la casa en que habitaba en el norte de la ciudad, se encontraron con la sorpresa de que la puerta estaba abierta. El celador que vigilaba el entorno se encargó de informarle que los ladrones se habían metido, simulando un trasteo, y se habían llevado todo lo que había dentro.

Juanita se cercioró personalmente de ello. En efecto, los pocos muebles, los electrodomésticos y hasta la ropa habían desaparecido. Por fortuna, ese día no había ningún material del que trabajaban en la bodega. Sin embargo, en el baño aun reposaban cuidadosamente ordenadas varias arrobas de Anfo, junto con varios rollos de cordón detonante y una buena cantidad de pentolita. Allí guardaban ellos los explosivos antes de llevarlos al taller de la bodega.

Al parecer aquello no había despertado el interés de los ladrones, cosa que no dejaba de llamar la atención. El celador que la acompañó en la inspección, tampoco reparó mucho en el nerviosismo que aquellos explosivos arrumados en el baño le produjeron a la muchacha. Debió atribuirlo a impresión por la noticia del robo. Juanita tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para disimular el pavor que le produjo oír del celador que ahí ya había estado la Policía.

En una de sus rondas, el celador se había percatado del portón abierto y la había llamado. Cuando los policías preguntaron por los ocupantes de la vivienda, él les había respondido que eran unos mecánicos que trabajaban en un taller de soldadura, y que vendrían tarde. Él no tenía cómo comunicarse con ellos. Los policías inspeccionaron el lugar y llamaron técnicos que tomaron muestras de las huellas digitales que había por toda la casa.

La angustia de Juanita era tal que le dijo al celador que iría a dormir donde unos amigos. Él se ofreció a ponerle un candado a la puerta mientras ella volvía. La pareja del vehículo había alcanzado a notar algo extraño y había permanecido a la expectativa una cuadra adelante. En cuanto Juanita llegó hasta ellos y les explicó lo que sabía, partieron de allí como alma que lleva el diablo. Pararon la carrera en El Mirador de La Calera, poseídos por el miedo, imaginando una captura.

Fueron tres los días en que vagaron por la ciudad en aquel vehículo, temerosos de arrimarse a alguna de las casas, e incluso a la bodega. La lógica más elemental indicaba que la Policía debía haber visto aquel explosivo y que debía haber montado una operación para capturarlos y desmontar el plan que tuvieran, cualquiera que fuera. Seguían las noticias, compraban ansiosos la prensa a ver qué titular salía al respecto, pero no hallaban nada relacionado.

Cuando Juanita logró comunicarse telefónicamente con Relámpago y comentarle el asunto en busca de orientación, éste le recomendó volver a la casa del robo y hacer un chequeo completo de sus alrededores. Debía observar el más mínimo detalle que pudiera significar que era vigilada. Tras cumplir con aquello, su conclusión fue que no sucedía nada anormal, todo se veía tranquilo. Se lo confirmaron incluso los vecinos que le recomendaron poner la denuncia por el robo.

Ni la Policía ni nadie habían vuelto por allí. Relámpago quiso saber si habían cumplido con su orientación de usar guantes, y Juanita le respondió que al pie de la letra. Nunca, ni en la bodega, ni en las casas donde habitaban, habían dejado de usar guantes para evitar dejar alguna huella. Ni siquiera cuando usaban el baño y se limpiaban el trasero. Relámpago le dijo que volviera a habitar la casa y continuaran con el trabajo como si no hubiera pasado nada.

El sonido del rocket estremeció a los asistentes a la posesión Foto: archivo Cromos

El robo sucedió a mediados del mes de mayo, casi tres meses antes del 7 de agosto. Pero nunca derivó en algo que obligara a cambiar o cancelar los planes. La casa en el norte tenía un patio interior, que fue el sitio escogido para montar los cañones y lanzar las granadas. Eso habría que ubicarlo a último momento. Pensando en eso, Juanita y Uvaldo inventaron un techo corredizo para el patio, una plataforma elemental que permitía cubrirlo o descubrirlo con corriente eléctrica.

Una vez lo instalaron, empezaron a usarlo con frecuencia para acostumbrar los vecinos, que desde la segunda planta de sus viviendas tenían vista sobre el patio. En la casa de Santa Isabel no había forma de hacer lo mismo. Así que escogieron una habitación en la parte de atrás, sin piso arriba, y lentamente fueron desmontando su techo hasta reemplazarlo por uno de zinc, del más delgado posible, el cual dejaron ligeramente sostenido, a fin de removerlo con suma facilidad.

Unos días antes del 7 de agosto, Juanita pudo conseguir otra vivienda, justo a 200 metros de aquella donde estaba montado el dispositivo para lanzar las granadas sobre la Escuela Militar. Buena experta en explosivos, organizó su activación mediante el sistema de frecuencia de radio. Podía realizar la operación desde la ventana de su nuevo cuarto. Ya había dejado descubierto el patio. Un poco después de las diez de la mañana cumplió con su misión.

Uvaldo se apartó de su casa en Santa Isabel a la hora en que el nuevo Presidente se hallaba jurando su cargo. Desde un pequeño parquecito activó también con una frecuencia de radio el dispositivo de los cañones que soltaron su carga de inmediato. Parece que el choque de las granadas contra el techo de zinc, que rompieron para seguir su trayecto, influyó en su dirección, razón por la cual la mayoría de ellas cayó en un destino distinto. Solo una chocó contra el Palacio Presidencial.

Lugar de impacto de uno de los rocket lanzados. Foto: archivo Cromos

Juanita salió vestida de mujer embarazada y tomó un bus con destino al oriente del país. No tuvo ningún problema para llegar a presentarse donde El Mono. No supo qué responder cuándo éste le preguntó por Uvaldo. Se suponía que también tenía su ruta de escape y debía concurrir al mismo lugar. Después, por las noticias, tuvieron conocimiento de que al parecer había sido capturado por la Policía. Algo decían sobre que portaba un radio consigo.

Lina Moreno de Uribe observa el lugar donde impactó el rocket. Foto: archivo Cromos

Después sobrevino la serie de capturas por supuestas vinculaciones con el hecho. Las novedades que llegaron de la cárcel revelaron un hecho asombroso. Los ladrones que ingresaron a la casa del norte aquella noche de mayo, habían sido capturados todos, celador incluido, pues sus huellas digitales habían quedado plasmadas en aquella casa, en donde fue imposible encontrar huellas de personas distintas. Suplicaban a los otros detenidos que los ayudaran a recuperar su libertad.

 

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