El rector que le quitó la máscara a los encapuchados de la Pedagógica

Cómo logró Adolfo León Atehortúa acabar con las papas-bomba, el microtráfico y huelgas permanentes en una de las universidades más difíciles del país

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Noviembre 11, 2015
El rector que le quitó la máscara a los encapuchados de la Pedagógica
Foto: archivo Youtube.com / Semana.com

Adolfo León Atehortúa llegó a la rectoría de la Universidad Pedagógica con un propósito: escuchar a los encapuchados para desarmarlos. En su primer discurso  dejó en claro que si los muchachos no formaban tropel los recibiría en la rectoría para escuchar sus propuestas. Pasaron dos meses  en donde las organizaciones estudiantiles clandestinas cumplieron su palabra y así el 29 de octubre del 2014 les abrió las puertas.

Este historiador de la Universidad del Valle nacido hace 58 años en Buga logró convencer al 98% de los electores. Durante más de diez años, desde su cátedra Colombia hoy, una de las clases más concurridas dentro del programa académico, los estudiantes, cansados de la corrupción y el desgano de administraciones como la de Óscar Ibarra, investigado por la Procuraduría por enriquecerse usando el presupuesto de la Universidad Pedagógica, descubrieron en Atehortúa una alternativa real para que el estudiantado y las directivas trabajaran de la mano, incluyendo, por primera vez en la historia, a los belicosos encapuchados.

Sin estigmatizaciones y entendiendo el sentido de resistencia que llevan a cuestas movimientos juveniles en la Pedagógica como el Jaime Bateman Cayón, tomó decisiones drásticas. Trasladó la rectoría del edificio de la calle 79, en donde estaba protegida de la furia estudiantil, a la sede principal en la 72, montando su oficina en el emblemático edificio administrativo declarado en la década del 90 patrimonio arquitectónico. Para estar todavía más cerca de los alumnos, Atehortúa suprimió  la puerta de hierro y blindada que  había convertido el edificio administrativo en un  búnker inexpugnable y empezaron los arreglos a las instalaciones para hacerlas más amables a los estudiantes .

Los cambios no pararon allí. Se sacudió los guardespaldas con los que se desplazaban los anteriores rectores viendo en los estudiantes una amenaza. La confianza generada se refleja en la cercanía de los muchachos con él cuando se desplaza por el campus. Cualquier inconforme puede ir hasta su oficina y desahogarse ante él sin cita previa. En sus caminatas diarias comprueba que las paredes se mantienen limpias de grafitis desde que lanzó la campaña Ponte la diez por tu universidad en donde invitó a la comunidad estudiantil a embellecer las paredes gastadas de tantas consignas políticas.

Manifestación en la calle 73 Foto: archivo Publimetro.co

Manifestación en la calle 73 Foto: archivo Publimetro.co

Uno de los focos de la ira de los encapuchados de la Pedagógica era el manejo que se le daba al Restaurante de la universidad. Este fue entregado por el rector Juan Carlos Orozco, quien también salió investigado por la Procuraduría, a la Fundación Francisca Radke a la que le quedó grande la administración, Durante tres años permaneció cerrada afectando a más de tres mil estudiantes. Atehortúa tomó las riendas del restaurante y en este momento entrega 2.500 almuerzos diarios a $1.000 pesos. La cafetería funciona todos los días incluidos los sábados.

Y las reparaciones locativas llegaron también. Adecuó la psicina para volverla un espacio agradable, techado y con agua regulada por un calentador.  Los baños de la sede principal, desportillados y manchados, han dado paso a lavabos, orinales e inodoros modernos que permanecen blancos y limpios. La sede campestre en Villeta, que se caía a pedazos, ahora luce remodelada. Los salones ahora cuentan con televisor, pupitres y tableros nuevos y acaban de entrar 500 nuevos computadores y, antes de diciembre, toda la Pedagógica tendrá Wi-Fi.

En lo social la universidad también ha madurado con Atehortúa. El tráfico y consumo de marihuana, por ejemplo, ha bajado a sus mínimas proporciones. A principios del 2014 la Pedagógica era uno de los pocos lugares en Bogotá en donde se podía conseguir Corinto, la más potente y natural de las hierbas. Hoy es imposible conseguir una sola planta. Si bien en la parte de atrás, al lado de las canchas, todavía se reúnen grupos de muchachos a charlar plácidamente mientras el bareto se consume en las manos, ya nadie vende sicoactivos. La carnetización y la ampliación de la altura de las rejas, previamente consultados dentro de la comunidad universitaria, evitaron que jíbaros externos a la universidad entrasen a vender drogas. La venta de alcohol, que llegó a ser caótica en el año 2013, está completamente erradicada.

Los capuchos se fueron quedando sin argumentos. El año pasado solo hubo una protesta contra el ministerio de educación y no contra las directivas de la Pedagógica. El cambio fue tan brusco que el asentamiento que tenía el Esmad sobre la carrera once se volvió innecesario.

Pero hay algo que lamenta Atehortúa: haberse quedado sin tiempo para leer las novelas que tanto le gustan. Se conforma con escuchar música. Sus tres hijos y sobre todo, sus estudiantes, le han enseñado a tararear las canciones de Calle 13 y de Adele. Esa sintonía con los jóvenes se traduce en los llenos espectaculares que presenta su cátedra semanal Colombia hoy en donde los estudiantes van, más que a recibir una clase dictatorial, a charlar con un maestro.

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