“El pensamiento del país está mal direccionado y hay que corregirlo”

“Creemos que nuestro mal viene de afuera, cuando somos nosotros mismos, los de adentro, los colombianos, quienes empezamos a pudrir esta tierra que tanto queremos”

Por: Jose Alexander Masco Avendaño
Septiembre 11, 2018
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“El pensamiento del país está mal direccionado y hay que corregirlo”
Foto: Flickr Mark Koester - CC BY 2.0

Colombia, el único lugar del mundo donde los mamuts aún sobreviven, es también uno de los países con las poblaciones más extrañas que hay: condenan la corrupción, pero cultivan la idea del “vivo vive del bobo”; pagan el salario a un gerente de algo que aún no funciona (como el metro de Bogotá), pero se jactan de tener el segundo himno más lindo del mundo (como siempre conformistas). Además, es también ese lugar que se preocupa más en criticar lo que hacen otros países y descuidar su propia organización, es decir, miran la paja del ojo ajeno y no ven la viga que tienen en el suyo, lo que nos lleva a cuestionar la manera de pensar de los nacionales.

Entre sus muchas facetas el colombiano es un ser de tertulias y en la diversidad de temas que se tocan uno de los predominantes, además del fútbol, es la política y la realidad nacional. Todos en cuestión de segundos dejan de lado su estado ordinario y se vuelven politólogos, juristas, doctrinantes, políticos, etc. y desarrollan sus temas del día. ¿Pero qué creen? En estos espacios donde el nacional analiza a el país concluye (como es lógico) que anda mal (políticamente siempre lo ha estado) y empieza la quejadera.

Sin embargo, parece que ese es ahora un estado normal del ciudadano, me explico, se ha vuelto común criticar al saber que el país anda mal y no hacer nada, dejar todo normal. La persona se anestesió con la idea de que nada puede cambiar, es más, que es mejor dejarlo todo así (y con nuestra televisión más rápido todavía).

Ahora, si otro viene con ideas contrarias es visto como un enemigo (guerrillero, castrochavista, mamerto, entre otros). Por ejemplo, en una tertulia Pedro Pérez se indigna porque la van a subir unos puntos al IVA. Sus compañeros le dicen que eso está mal, pero no podrán hacer nada. Otro día habla sobre educación gratuita y sus colegas le llaman populista, y teniendo como antecedentes sus ideas de la conversación pasada lo tildan de ***, solo por defender sus derechos.

Lo anterior nos lleva a concluir que el connacional cree que es malo exigir derechos, por eso no son masivas las asistencias a marchas, mítines o inclusive elecciones. De hecho, muestra de ello fue la consulta anticorrupción, donde de tanto quejarse el país cualquiera diría que eso pasaría facilito, pero el abstencionismo y ver a los promotores como enemigos abonó su hundimiento. Los derechos pueden estar escritos, pero su desarrollo es precario y las personas que los quieren ejecutar sino son asesinadas son “excluidas”.

¡Cómo nos encantan las comparaciones! Nos satisface el hecho de saber que estamos mejores que tales países, que somos la tercera nación más inequitativa ¡pero no la primera! y que por tanto con lo que tenemos basta. Para qué ir más allá, para qué hacer que el Estado gaste si viviendo en una cajita de fósforo somos felices, si nuestros estudios los obtenemos con créditos (así sean gota a gota) y si hay seguridad en las carreteras (por las que no viajo).

Ese pensamiento de rico/pobre solo sirve al propio hundimiento, al punto de que muchos expresan con alegría que con la nueva reforma tributaria “tendré que declarar renta”. Cabe recordar que no querer nada regalado nos limita el accionar social. Nos indigna que alguien diga que nos va a dar universidad gratis, pero nos les empelotamos al que dice que facilitara los créditos en el Icetex. Nos fastidia el que piensa cobrar más impuestos a los ricos, pero del que sube la canasta familiar y quita a los ricos y da a los pobres (pero impuestos a lo Robin Hood) no decimos nada.

Desacomodar a la élite es un atentado, nos sentimos orgullosos del que “roba pero hace algo”, “¡ese es mi dotor!”. Estar en su contra es como plantar en el desierto. Estamos acomodados, comiendo salchichas cuando podemos saborear el lomo entero y por derecho.

Me acuerdo que durante las protestas del movimiento estudiantil en al año 2011 los medios y la gente los llamaban vándalos, revoltosos, guerrilleros, pero cuando en Venezuela los estudiantes protestaron contra el presidente Maduro los medios y la gente los comenzaron a llamar héroes, libertadores, etc. (casi lloro).

Nos da miedo salir del entorno en el que estamos y quizás de cuantas oportunidades nos estamos perdiendo allá afuera. El nacional quiere el cambio, pero cree que las mismas estructuras se lo darán, y durante doscientos años estas nos han demostrado lo contrario. Ellos están aferrados a lo suyo y nosotros nos contentamos con migajas, con pequeños subsidios (y no queremos nada regalado).

La razón es la que nos lleva a adentrarnos al mundo, a conocer, indagar, curiosear las cosas, es decir, la que nos lleva al conocimiento. Por eso es prohibido usarla aquí y por el contrario se ha convertido en algo adormecido y controlado que solo sirve para justificar el modo en que se hacen las cosas. En conclusión, nuestra razón en vez de liberarnos nos ata y encierra más al modo de defender lo indefendible.

Creemos que nuestro mal viene de afuera, cuando somos nosotros mismos, los de adentro, los colombianos, quienes empezamos a pudrir esta tierra que tanto queremos. El pensamiento del país está mal direccionado y hay que corregirlo. Queda esto en el tintero a la espera de que podamos transformar nuestra realidad, eso sí con autonomía y soberanía.

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