Una de las principales amenazas para la infancia contemporánea no es solo la pobreza o la violencia. También es el aislamiento

Esteban Reyes, director nacional de Aldeas Infantiles SOS - El partido más importante

Cuando voy a ver un partido de mis hijos, lo que más me sorprende no es lo que pasa en la cancha, sino lo que pasa en las gradas. Padres que se levantan, se sientan, se llevan las manos a la cabeza, vuelven a gritar. Madres que gritan como si fueran directoras técnicas. Tíos, primos, madrinas, abuelos que se debaten entre el orgullo y la frustración con la misma intensidad que vemos estos días de fervor mundialista. Es la misma pasión, condensada en otra escala: el mismo frenesí, el mismo nudo en el estómago, el mismo amor desmedido que no siempre sabe disimularse.

En La Morena, donde se juegan las ligas infantiles y juveniles de Bogotá, el espectáculo es doble. En las 16 canchas hay cientos de niñas, niños y adolescentes corriendo tras un balón. Y alrededor de ellos, en las gradas y en los bordes del campo, hay miles de adultos que también están jugando algo, aunque no lo sepan: están construyendo, partido tras partido, los vínculos que después sostienen a esos niños cuando la vida se pone difícil.

Esa imagen se repite estos días multiplicada por millones, porque el mundo entero parece caber dentro de una cancha. Madrugamos, trasnochamos, interrumpimos conversaciones para ver rodar una pelota. Un gol paraliza ciudades. Una victoria detona un carnaval. El fútbol tiene esa capacidad extraña de unir a desconocidos alrededor de una misma emoción.

Pero lejos de los estadios llenos y de las estrellas que hoy ocupan las portadas, existe otra historia del fútbol que rara vez aparece en las noticias: la de las canchas de barrio, los torneos comunitarios, los entrenamientos en terrenos improvisados. Es la historia de un deporte que, mucho antes de producir futbolistas, produce algo más valioso: comunidad.

No es casualidad que organizaciones internacionales, empresas, gobiernos y hasta candidatos hayan encontrado en el fútbol una plataforma para impulsar sus propósitos. La razón es sencilla: pocas actividades logran reunir de manera tan natural a niños, jóvenes, familias y líderes comunitarios alrededor de un objetivo compartido.

El fútbol crea algo que las políticas públicas suelen tardar años en construir: confianza. Según el estudio El poder del fútbol, realizado por el Centro Nacional de Consultoria, Mininterior y la fundación Tiempo de Juego, las personas que hacen parte de equipos deportivos presentan niveles de confianza significativamente más altos que quienes no participan en ellos. No es un dato menor: la confianza es la materia prima de cualquier red social capaz de cuidar a sus niños, y es uno de los ingredientes esenciales de cualquier entorno protector para la infancia.

Los especialistas en protección infantil insisten desde hace décadas en una idea que parece obvia, pero que olvidamos con frecuencia: los niños no crecen protegidos únicamente porque existan leyes o instituciones. Crecen protegidos cuando están rodeados de adultos atentos, de vínculos sólidos y de un entorno capaz de reconocer cuándo algo no está bien. La protección empieza cuando un vecino conoce a los niños de su barrio. Cuando un entrenador nota que alguien dejó de asistir. Cuando una profesora identifica un cambio de comportamiento. Cuando una madre encuentra, en la grada de al lado, a otra madre con quien compartir sus preocupaciones. Empieza, en últimas, cuando un grupo de personas que viven cerca se convierte en una red de cuidado.

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El fútbol sigue siendo uno de los lenguajes compartidos más poderosos entre generaciones. El mismo estudio señala que el 77 % de los padres en Colombia habla de fútbol con sus hijos y el 61 % ha jugado con ellos. Mientras en la generación anterior apenas tres de cada diez padres compartían ese espacio, hoy lo hacen cerca de siete de cada diez. En tiempos donde muchas familias luchan por encontrar momentos de encuentro, el fútbol sigue ofreciendo una conversación común.

A primera vista, parece que los niños solo están jugando. Pero ocurre algo más profundo: están aprendiendo a cooperar, a resolver conflictos, a manejar la frustración, a confiar. Y mientras eso sucede, los adultos también se encuentran. Se conocen las familias. Se fortalecen relaciones. Aparecen conversaciones que de otro modo nunca habrían existido.

Por eso en Colombia son tan abundantes y tan exitosas las iniciativas que usan el fútbol como punto de encuentro para fortalecer entornos protectores de la infancia. En Aldeas Infantiles SOS hemos visto de primera mano ese poder. Con el respaldo de la Fundación FIFA y de Adidas, llevamos a cabo en el Pacífico colombiano un trabajo que usa el balón como puerta de entrada: alrededor de él se desarrollan procesos comunitarios, espacios de crianza positiva, encuentros entre familias y mecanismos para identificar a tiempo situaciones de riesgo que requieren acompañamiento o activación de rutas de protección.

Y eso importa porque una de las principales amenazas para la infancia contemporánea no es solo la pobreza o la violencia. También es el aislamiento. Familias agotadas que enfrentan solas enormes desafíos. Adultos sin redes de apoyo. Barrios donde los vecinos apenas se conocen. Grupos que han perdido la capacidad de cuidar colectivamente. En esos contextos, una cancha de barrio, o simplemente la conversación sobre la selección o sobre cualquier equipo, puede convertirse en algo más que un escenario o un rompehielos: puede ser un espacio seguro, una excusa para construir vínculos donde antes no había ninguno.

Hay una escena que se repite cada fin de semana. El árbitro pita el final del partido. Los niños guardan los guayos. Los padres recogen las maletas. Las tribunas se vacían. Pero el verdadero partido apenas comienza.

Empieza cuando esas familias vuelven a encontrarse la semana siguiente. Cuando el entrenador pregunta por el niño que faltó. Cuando una madre busca consejo en otra madre. Cuando ese grupo de personas descubre que cuidar también puede ser una forma de jugar en el mismo equipo.

Tal vez ese sea el mayor triunfo del fútbol. No formar campeones. Formar comunidades capaces de proteger a sus niños.

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Perfil Esteban Reyes, Director Nacional de Aldeas Infantiles SOS

Abogado de la Universidad de Los Andes, master en Educación de la Pontificia Universidad Javeriana y master en Derechos de la Infancia de la Université Paris 8, en Francia. Actualmente es director nacional de Aldeas Infantiles SOS, una ONG internacional que brinda cuidado directo a niños, niñas, adolescentes y jóvenes en situación de desprotección, fortalece familias en situaciones de riesgo o crisis, y aboga por la defensa de los derechos de la niñez y las familias.

Su amor por las causas sociales y, principalmente, de la niñez, lo llevó a trabajar en la Fundación Tiempo de Juego, la Defensoría del Pueblo, entre otras entidades, donde se relacionó con la protección de los derechos de las poblaciones más vulnerables y reconoció de cerca las necesidades de niños y niñas.

Del autor: Atacar a las mujeres, violentar a la niñez

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