El Palo del Armagedón

Varias leyendas giran alrededor del 'Palo del Ahorcado', un viejo árbol de eucalipto, que ha acompañado a los habitantes del barrio Potosí en Bogotá

Por: Christopher Ramírez
abril 13, 2016
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El Palo del Armagedón

“Llegó ‘El Putas’, y a ese si hay que tenerle miedo”, son las palabras de uno de los vecinos, de los más antiguos del barrio Potosí, ubicado en la zona más recóndita y olvidada de Ciudad Bolívar, de ese punto que en el mapa de Bogotá se le ha dado de manera arbitraria el número 19; de esa localidad que en su misma marginalidad, ha creado en todos el imaginario de la putrefacción social en su máximo esplendor. Justo allí, en ese punto en el que el viento va, pero no muestra índices de retorno, es donde ese ‘Putas’ del que habla la gente, domina las leyendas de dolor y sufrimiento como las que, un sitio con el 25% de indigencia, puede tener.

Decenas de esas frívolas leyendas giran en torno al ‘Palo del Ahorcado’, un viejo árbol de eucalipto, que por más de cien años (y después de ser traído de Europa), ha acompañado a los habitantes de este sector de la capital colombiana y que por sí solo, sería simplemente uno más de los cientos de árboles que acompañan a la lejana periferia de Bogotá, pero, que como su propio y a la vez extraño nombre lo dice, escolta el viaje hacia el más allá de varios personajes que, nacidos de la ficción o no, han dado validez al extraño sujeto que acompaña el seudónimo de la plantación, que por la forma en la que vil y cobardemente murió, se le dice: Ahorcado.

La principal de las historias, y que tal vez sea la más popular, fue la ocurrida entre las décadas de 1930 y 1940. Un matrimonio recogido de las lejanías de Chiquinquirá, llegó al barrio Potosí, el cual antes de los años ochenta se conocía como Tibanica, (nombre originario de los antepasados muiscas que habitaron el lugar), y en medio de las lomas, la suciedad y los zarzos, plantaron su casa muy cerca al terreno en el que décadas antes había sido plantado el eucalipto. Don Pablo Mayorga, su esposa María y sus hijos iniciaban una nueva historia, en una nueva ciudad, en un nuevo mundo y cerca de las demás familias que por el destrozo del bipartidismo, llegaban a los, aún, límites con la ciudad de Bogotá.

La familia Mayorga, según los ancianos que en esa época eran niños, y que en su memoria no cuadran de la mejor manera los rostros ni de Pablo, ni de María, ni de sus hijos, relatan que la unión de la feliz pareja, consagrada en Santo Matrimonio y bajo la estipulación de la Santísima Iglesia Católica, se vio afectada por la relación naciente entre, el patriarca del hogar y Ernestina, una mujer que por decisión, dicen algunos del mismísimo Demonio, llegó a ser la madrina de uno de los frutos de la unión entre Pablo y María, y con la cual el ‘Diablo’ tenía un plan especial.

Pablo se enamoró perdidamente de Ernestina, dejando atrás el valor del sacro matrimonio que alguna vez compartió con María, y derrochando “su espíritu a las concupiscencias que solo el concubinato y los martirios del demonio pueden causar, en especial, ése entre los compadres, que son algo sagrado que Dios nos da”, dice don Pedro, un hombre que entre rabia relataba cada una de las letras de su mensaje, mientras su mirada iba de inmediato al cielo con la vista del más profundo de los católicos, ese que siempre busca entre las nubes a Dios; y su mano derecha, dedo por dedo, tocaba la camándula café y desgastada que colgaba de su rugoso cuello, detallando cada una de las cincuenta cuentas que la componen.

Después del abandono de su marido, María decidió un día, entre las tinieblas de las lágrimas que enceguecían sus ojos, abandonar esa casona a la que alguna vez llamó hogar. Con ella, partieron también sus hijos, dejando en ‘paz’ a aquel hombre que llegó desde Chiquinquirá como el padre modelo y que terminó convertido en el demonio terrenal.

Ernestina y Pablo regresaron a la casa, que por color, era blanca, pero que por pecado destilaba el rojo de las llamas del infierno. La gente dice, que desde el éxodo de María y el retorno de Pablo, Dios abandonó el lugar y ‘El Putas’ en ausencia del altísimo, se apoderó del mismo: las calles frías como un muerto y el viento recio como el mal. El miedo dominó  Tibanica y en especial el desastroso hogar de los ‘compadres enamorados’, de tal manera, que casi ninguno de los vecinos fue a visitar a Ernestina luego del parto de cada uno de sus cinco hijos, ¿la excusa?, el temor a que el demonio de infidelidad que rondaba por la vieja casa se contagiará, como sí encontrar el amor en una segunda oportunidad, fuera el virus más repugnante, aún peor que la viruela, esa que marcaba a su víctima antes de consumarla por completo.

 

El dolor de esta historia de desamor, lujuria y traición llegó a su fin, de la manera en la que termina todo lo que el maligno guía: la muerte. Un Viernes Santo, después de una fuerte ventisca que levantó el polvoso techo, malhecho del primer material que se encontró, Pablo fue arrojado de su casa, como un malandrín más o un ebrio que entre sus bolsillos lleva miseria y dolor, pero nunca, un billete. Fue hallado, revelan algunos, el Sábado Santo entre los matorrales y zarzos cercanos a los que había construido su viejo rancho; con heridas causadas por el veneno de las hierbas malas del lugar, marcas del infierno en su rostro y una mirada tan vacía como la vida que inesperadamente se le arrebató. Ernestina, por su lado, después de días y días de sufrimiento por la pérdida de su único y verdadero amor; pecaminoso, pero en fin, amor, no vio otra alternativa que levantarse temprano de su cama, caminar como alma en pena por los zarzales y subir la corta pero empinada loma que acogía al solitario eucalipto, el cual, de forma contraria a la que su fruto refresca la respiración, fue el cómplice del ahogo de Ernestina, que con una vieja cuerda, tal vez, preparada con anticipación de días, meses o años, terminó sus cuitas en una de las ramas, dejando el cuerpo inerte de una mujer agotada por la vida y por la pasión, al igual, que cinco pequeñas almas, cuyas historias fueron borradas por la injusticia y dolor de una orfandad.

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El ‘Palo del Ahorcado’ entre sus decenas de leyendas, no solo guarda muerte y dolor, también, como lo dicen sus ‘guardias’, mantiene una guaca; un tesoro que nunca ha querido mostrar, y que a pesar del dolor que ha sentido por los avaros que han querido derrocarlo de su trono de soledad, no ha movido ni una sola de sus raíces inundadas de esperanza y de fe por los cientos de feligreses, que desde 1985 (año en que la Iglesia lo catálogo como el ‘Árbol de la Paz’) han subido hasta sus dominios para entregar las peticiones de vida, como si el ‘Palo’ fuera el reflejo de Jesús  ante el Padre; al igual que una vieja cruz, blanca y sucia por el tiempo, que de más de tres metros de alta y a quince metros del ‘árbol sagrado’, recoge pequeños tablones homónimos, en los que las personas escriben oraciones o agradecimientos por esta y la otra vida que los espera.

La cruz permanece en aquella loma árida, exactamente 364 días (365 si el año es bisiesto). El Jueves Santo, es bajada de su pedestal hasta el barrio Candelaria la Nueva, al sur de Ciudad Bolívar, en donde desde su iglesia, inicia el viacrucis tradicional del Viernes Santo, recorriendo alrededor de cuatro de los 252 barrios de Ciudad Bolívar. Cientos de personas acompañan el rito, mientras que solo unos pocos, tienen la suerte y el ‘gozo espiritual’ para cargar la enorme cruz, que a las tres de la tarde, hora en la que murió el Señor Jesucristo, es puesta nuevamente en su lugar, exactamente a los mismos 15 metros de distancia del ‘Palo del Ahorcado’ o ‘Árbol de la Paz’.

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Las historias siguen en este Patrimonio histórico de la periferia bogotana, pero ahora la muerte no ronda los cerros. Visitantes de otros mundos (tal vez menos corruptos y putrefactos que el nuestro), recorren la loma, tal vez, en busca de los hombres que con sus mitos y leyendas, han dejado marcas en la historia de la localidad 19 de la capital, o simplemente, observan las fogatas con las que grandes aquelarres, iluminan y hieren la cruz de Potosí y cuyas brujas simplemente buscan a ese que tal vez, solo tal vez, fue el que sacó a Pablo de su casa y lo envió a los matorrales para morir ensartado por la zarzas, o que en la madrugada levantó con voz dulce y sensible a Ernestina de su cama, para cruelmente quitarle la respiración y póstumamente la vida, en aquel árbol que rememora los dos estados de la religión: Uno, el de la unión de Dios con el hombre santo, y el otro, el de la maldición eterna de ‘El Putas’ con el pecador.

@CramherRamirez

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