El odio heredado: la tragedia de ser colombiano

Somos sujetos condenados a un destino que no creamos pero que nos cerca, limita y derrota

Por: Jorge Alberto Eslava Vargas
diciembre 03, 2019
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El odio heredado: la tragedia de ser colombiano
Foto: Pixabay

Todo ciudadano colombiano, al igual que Edipo, está marcado por un destino. En nuestro caso, el hado que corre a través de nuestras venas es el del odio. Desde pequeños nos enseñan a odiar al opuesto, al contradictor: si eres pobre debes odiar al rico, si eres de derecha debes odiar al de izquierda, si eres liberal debes odiar al conservador, si eres civil debes odiar al policía o al soldado… un conjunto de odios que reproducen el estado de violencia ideal para que aquellos que detentan el poder puedan perpetuarse, indefinidamente, presentándose como adalides de la lucha contra el enemigo de turno.

Ese destino se teje en una red sutil, pero poderosa. Desde la orilla en que el azar nos arroja nos explican como el otro es la encarnación del mal y de la oscuridad; jamás nos dicen que el otro es un ser de carne y hueso igual que nosotros, un ser con aspiraciones, con sueños, con miedos, con angustias, un ser que busca oportunidades para sobrevivir en este mar lóbrego e indiferente que llamamos país. El odio es heredado, en muy pocas ocasiones nos hemos visto afectados por el otro, pero odiamos, odiamos como si esa encarnación de Satán nos hubiera arrebatado el universo.

Desde pequeños, para sobrevivir, debemos escoger un bando. La ausencia de oportunidades hace que tengamos que aceptar el cáliz amargo del odio que otros nos brindan como bautismo iniciático; y al beber esta copa automáticamente se anula nuestra capacidad crítica para el grupo al que pertenecemos. En un país donde la tasa de desempleo se incrementa [1], donde la cantidad de graduados de las universidades no es asimilada por el sistema laboral, no queda más que unirse en lazos de odio para sobrevivir. Olvidamos un valor fundamental: la empatía, que llora solitaria en los discurso de viejos profesores de ética y valores. Las protestas han sido el escenario de ese odio aprendido, de esa ausencia de empatía que justifica el disparo a la cabeza de un joven o la agresión violenta a un policía. Bandos que se pierden en los estúpidos arrebatos del odio.

Esa deshumanización es ampliamente amparada por los medios de comunicación, que arrojan gasolina al problema oscureciendo culpas y deshumanizando actores. Su función no es informar, su función consiste en señalar el lugar al cual debes odiar. En pocas ocasiones apuntan con objetividad y cuando lo hacen, si alguno de los de nuestro grupo se ve afectado, inmediatamente descalificamos la noticia: “medio guerrillero”, “paraco”, “capitalista”, “comunista”, etc. Un autismo perpetuo donde solo tenemos oídos para nuestro bando, cuando el ejercicio real de escucha, y de democracia, consiste en escuchar al que no piensa ni siente como nos enseñaron que se debía pensar y sentir.

Es una tragedia vivir en Colombia, es una tragedia tejer odios que no van a nuestra medida. Es trágico un país que asesina a sus jóvenes porque protestan por sus derechos en una reivindicación legítima, como también es trágico recibir la orden de disparar. Es trágico que la ausencia de oportunidades lleve a sus ciudadanos a las calles buscando respuestas ante un futuro incierto, como lo es también, para el policía y el soldado, tener que someterse a turnos extenuantes, jefes incompetentes e intolerantes, insultos de la población civil, arriesgar la vida a diario, mientras otros usufructúan los dividendos del odio y de la violencia.

La mayoría somos Edipo, edipos colombianos. Sujetos condenados a un destino que no creamos pero que nos cerca, limita y derrota. Y podemos decir que estamos derrotados desde tres frentes:

 

  • La muerte de Dilan y otros encarna la derrota de las políticas gubernamentales que no pueden garantizar derechos básicos fundamentales a toda la población. Un país que incinera las semillas de su futuro.
  • Las acciones, por parte de algunos, con las que pretenden deslegitimar a Dilan (evidentemente fake news) presentándolo vándalo, como delincuente, evidencian la derrota de la empatía, la derrota de los valores católicos y cristianos que tanto promulgan en sus cultos y misas. (Para aquellos que justifican la muerte del joven es pertinente que se pregunten ¿y si hubiera sido mi hijo?)
  • El policía que disparó representa la derrota al pensamiento crítico, someterse a órdenes absurdas sin cuestionar, y la derrota al proyecto de nación democrática, al proyecto de convivir con los que comulgan con diferentes creencias sin violencia. (Es pertinente aclarar que los juicios sobre las responsabilidades corren por parte de ley, y la ley es la única facultada para señalar culpables o inocentes)

 

Decía Susan Sontag en ese hermoso libro Ante el dolor de los demás: “donde quiera que la gente se siente segura sentirá indiferencia” y cuánta verdad se encuentra en sus palabras. Comprender que la estabilidad: económica, mental, emocional, es frágil, tal vez nos permitirá cambiar el odio que cargamos, y a la vez, permitirá cambiar el argumento de la tragedia que llamamos Colombia.

[1] La tasa de informalidad para septiembre del año en curso según el Dane es del 46,9%. Cifra que evidencia que cerca de la mitad de los colombianos deben salir a sobrevivir a la jungla de acero, ya que no existen opciones de trabajo formal.

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