Texto escrito por: Jairo Valderrama
El fanatismo es quizá el combustible más potente con que han estallado las mayores tragedias sociales en la historia de la humanidad. Sin embargo, de manera espontánea y aparentemente inofensiva, se usan las palabras “fanático” o “fanatismo” para calificar esa inclinación de la conducta por una agrupación musical, un equipo de fútbol o una tendencia dogmática de la política o la religión, entre otros robustos carceleros de la libertad. Por estos días, de nuevo el fútbol se constituye en un ejemplo de esa detonación en Colombia.
En el ámbito académico, la situación es distinta. Los investigadores expertos en las ciencias sociales ya tienen muy claro que estos términos deben ser tomados como si llevaran en sus manos una cantidad arriesgada de nitroglicerina. De ahí, que el apelativo “fan” tampoco sea tan inocente, sobre todo si entraña la idolatría: es la demostración de que hay seres humanos que se sienten inferiores a otros, porque estos otros son más famosos, poderosos o adinerados.
Ese trabajo de reducirles la autoestima a miles de millones de seres humanos es el primer paso para someter su voluntad. En ese propósito, la más fuerte tarea corre por cuenta de algunos de los medios de información de más alta audiencia, que van creando escenarios de ilusión donde ese fanatismo multitudinario e incontable se va asentando. Por allí, se reiteran las ofertas explícitas o sugeridas que sin pausa propone el mercadeo, incitando a adoptar muchas veces modos de vida bastante ridículos. Además, deja de incluirse al menos una migaja estética o se exagera con una distorsión del lenguaje que plantea maneras burdas, porque así debe moldearse la mentalidad del fanático.
Las quejas acerca de los hechos violentos en el partido en Bogotá entre Santa Fe y el América de Cali han omitido una de las mayores causas: la insistencia repetida de que el fútbol es la “mejor opción” para divertirse. A tanto llega este empecinamiento, que el gusto por ese deporte desde hace mucho tiempo se convirtió en una obsesión; asuntos sociales y hasta vitales se dejan de lado ante las oportunidades de disfrutar de un partido de fútbol. Que cada quien prefiera a uno u otro equipo es un derecho indiscutible; pero, cuando se busca imponer este deseo maniático y rechazar las preferencias distintas acudiendo a la violencia, la problemática ya toca la neurosis.
Además, son pocos quienes advierten que, aparte de este deporte, existen muchos otros espacios de entretenimiento. No obstante, en el fútbol tal situación se da, casi siempre, porque se han inculcado desde hace muchos años unas pasiones exageradas ante la frustración de las derrotas o la euforia desbocada de los triunfos. Es muy difícil controlar esos instintos, por supuesto irracionales, mientras los medios de información ahonden la contradicción de pedir compostura y respeto cuando una gran cantidad de estos se reafirman en un lenguaje impulsivo y ardoroso.
Es muy claro (eso lo saben muy bien las personas sensatas) que, cuando alguien acude a la violencia, es porque los argumentos válidos han desaparecido. Por eso, cuando en tantos lugares del mundo se califica de agradable y placentero este deporte, es toda una contradicción afirmar que sea este también un ameno pasatiempo para ciertos desadaptados, la mayoría muy agresivos. En últimas, el fanático es el violento que rechaza cualquier postura distinta a la que él cree verdadera; es quien está blindado para considerar puntos de vista diferentes.
Estos quizás sean los motivos para llamar a los pacíficos y alegres amigos del fútbol de otra manera. Términos más acordes serían “simpatizante”, “seguidor”, “entusiasta” o “admirador”.
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