Texto escrito por: Rudy Cardona
Baterías para linterna. Agua. Comida. Combustible diésel.
Esa lista no la inventó nadie que llegara a ayudar. La dictaron unos rescatistas que llevaban horas escarbando un edificio caído en Cali, la mañana del 10 de agosto, cuando alguien se les acercó y, en vez de ofrecerles algo, les preguntó qué necesitaban.
Quien preguntó fue mi hermano Jorge. Esa mañana él, Carmen y Nina Loraine quedaron los tres a salvo. Otras familias de Cali no, y ellos lo sabían. Los tres pudieron dejarlo ahí, agradecidos, y nadie en este país habría tenido derecho a reprochárselo. En lugar de eso salieron de la casa, se fueron hasta donde los rescatistas estaban escarbando y, en vez de llevarles algo, les preguntaron. Con la lista que les dieron salieron a comprar, volvieron y se lo entregaron. Y lo hicieron otra vez, y otra, en distintos puntos de la ciudad. Los nombro para no atribuirme una escena que no es mía, y porque una familia comprando baterías a las ocho de la mañana no aparece en ningún informe oficial. Pero lo que importa no es quién preguntó. Lo que importa es la lista.
El agua y la comida se le ocurren a cualquiera: son lo que uno lleva cuando decide por su cuenta qué hace falta. Las baterías y el diésel no se le ocurren a nadie desde afuera. Las baterías eran para las linternas con las que los rescatistas escarbaban de noche, las mismas que alumbraban cuando pedían silencio para escuchar si alguien contestaba debajo. El diésel era para las plantas eléctricas, en una ciudad a la que se le había ido la luz.
Esa información no estaba del lado del que ayuda. Estaba del lado del que sufre. Y no había forma de adivinarla desde afuera.
Uno lleva agua, lleva ropa, lleva mercado, lleva lo que se le ocurre en su propia cocina. El diésel no se le ocurre a nadie. El diésel se pregunta.
Y conste que generosidad hubo, y de sobra. Nadie convocó a los vecinos que en Cali, en Pereira, en Armenia, en Manizales y en Quibdó se metieron a levantar concreto con las manos, antes de que llegara ninguna máquina. Nadie organizó a los que abrieron su casa a desconocidos ni a los que salieron en su carro a repartir lo que tenían. Hoteles caleños entregaron habitaciones sin cobrar a los equipos de socorro y montaron centros de acopio de medicamentos; el gremio hotelero alojó a más de cien personas que habían perdido dónde dormir. Nada de eso salió de un plan. Salió de una convicción que casi nunca decimos en voz alta: que la vida del otro importa y que uno no puede quedarse quieto.
Y pasó algo más, que a mí me parece lo más esperanzador de estas dos semanas y que casi no se ha comentado. En varios puntos de Cali fue la propia gente la que empezó a pedir que dejaran de mandar ciertas cosas, que de eso ya había, y que las mandaran más bien a Buenaventura, a Pereira, a Manizales, a los pueblos del norte del Valle a los que es difícil llegar. Eso es un país corrigiéndose solo, en voz alta, en plena emergencia, sin que nadie se lo ordenara. Eso ya es preguntar. Y demuestra que no estamos hablando de una virtud importada: es algo que Colombia sabe hacer y que hizo bajo la peor presión posible.
Porque el problema nunca ha sido que no demos. El problema es que casi siempre decidimos, desde nuestro lado, qué es lo que el otro necesita. Por eso en toda tragedia colombiana terminan apareciendo las mismas bodegas llenas de ropa que nadie pidió, mientras falta lo que nadie imaginó.
Suponer es llegar con lo que yo tengo y sentirme bien por haberlo dado. Es una generosidad que en el fondo sigue girando alrededor de mí. Preguntar es reconocer que el otro tiene una realidad propia, que existía antes de que yo llegara y que no depende de mí para ser verdadera. Cuando reconozco eso, escucho distinto. Y cuando escucho distinto, respondo distinto.
A eso lo llamo Verdadera Hospitalidad: la expresión visible de reconocer y responder al Valor Humano de otra persona. Ese valor no lo concede quien trae agua, ni lo otorga quien ofrece un techo, ni lo estrena quien sale vivo de los escombros. Tampoco lo creó el terremoto, ni puede quitárselo. Ya estaba ahí. Lo único que puede cambiar es que alguien lo reconozca, y que la persona alcance a sentirlo.
Y esto deja de ser una reflexión para volverse un asunto práctico justo ahora. En Cali ya se cerró la fase de búsqueda y van más de treinta mil toneladas de escombros retiradas. Lo que viene tiene otro vocabulario: censo, avalúo, subsidio, radicado, registro de damnificados. Ese vocabulario hace falta; sin él no hay reconstrucción posible. Pero las decisiones que se tomen con esas palabras no van a tener enfrente a un rescatista capaz de decir «diésel». Se van a tomar lejos, con papeles, y sobre gente que no va a estar en la sala.
En el Chocó, en Risaralda, en el Valle, en pueblos que ni siquiera alcanzaron a salir en televisión, la diferencia entre preguntar y suponer va a decidir si la reconstrucción le sirve a la gente o solamente se le parece. Y la prueba no será en septiembre, con las cámaras encima. Será en el mes octavo, cuando ya nadie esté mirando.
Escribo desde Minnesota, y eso me quita cualquier autoridad para decirle al país cómo reconstruirse. Pero uno de los edificios que cayó está en Capri, el barrio del sur de Cali donde crecí, al que mi familia llegó cuando apenas lo estaban levantando; así que esto no lo leo como noticia extranjera. Lo único que puedo señalar es lo que pasó esa mañana frente a un edificio caído, porque no cuesta un peso, no necesita presupuesto, ni cargo, ni permiso de nadie. Y porque un país que levantó concreto con las manos ya demostró que es capaz de algo mucho más difícil que dar.
La pregunta cabe en dos palabras:
¿Qué necesitan?
Lo difícil viene después: quedarse a escuchar la respuesta, aunque no sea la que uno traía preparada.
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