La historia del Doctor Muerte colombiano

A Gustavo Quintana le llamaban el Doctor Muerte. Ha realizado más de 300 muertes asistidas y desde que el ministro Gaviria la legitimó, más pacientes la piden

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abril 23, 2018
La historia del Doctor Muerte colombiano
Fotos: Archivo Semana.com - Daniel Reina / Alejandro Gaviria

El médico Gustavo Quintana recibe llamadas de ruegos urgentes y de insultos. Le gritan asesino pero también le piden asistirlos para interrumpir definitivamente el dolor. Dueño de una paciencia casi Zen, Quintana, con su cabeza pelada de Buda, contesta casi siempre con amabilidad.

El rechazo a su decisión de ayudar al bien morir respondía a tal convencimiento que siempre ha estado preparado para el rechazo social. Fue pionero en la práctica, desde hace 35 años mucho antes de la aprobación de la eutanasia por la Corte Constitucional con ponencia del magistrado Carlos Gaviria en 1997 que le abrió el camino de la despenalización y la reglamentación de la sentencia con una resolución firmada por el Ministro de salud Alejandro Gaviria en abril del 2015.

El medico Quintana tiene setenta años y describe su ejercicio médico como un acto de amor: no hay nada más compasivo que ponerle fin al sufrimiento de un paciente enfermo que está desahuciado sin esperanza alguna de recuperación. Esa convicción casi que originaria, lo llevó incluso a internarse en el seminario con una vocación religiosa, pero uno de sus maestros lo convención supo que convencerlo que allí no estaba su destino: "Usted, Quintana, puede hacer mucho más por la gente fuera de la vida religiosa”. Y así lo ha hecho.

Los juicios no lo han preocupado y mucho menos ahora cuando los hechos le han ido dando la razón y tiene de su lado no solo la ley sino un ministro de salud de la talla de defendiendo ese derecho no solo en entrevistas cuando le fue detectado un cáncer linfático sino en el último libro que acaba de lanzar Hoy es siempre todavía.  Lo cierto es que cada dia son más los pacientes terminales que lo buscan para darle fin al sufrimiento físico y emocional.

La primera vez que el doctor Gustavo Quintana vio los ojos de la muerte tenía 32 años. Salía de un congreso médico en el Club Militar en Girardot. Había estado despierto las últimas cuarenta y ocho horas y buscaba afanoso un motel para pasar la noche. Los párpados caían cuando la luz de un auto que venía en sentido contrario lo encandiló. En su afán por esquivarlo dio un timonazo que cuando despertó tenía el techo del auto le oprimiéndole el pecho. De una patada abrió la puerta y salió. Caminó unos pasos cuando vio el rostro pálido de una mujer que le señalaba la coronilla. Quintana se tocó la cabeza y la encontró blanda y húmeda. Al mirarse la mano notó que estaba empapada en sangre. Aún en estado de shock se devolvió al auto y sacó, engarzado entre los hierros retorcidos, el cuero cabelludo que se le había desgarrado en el accidente.

En la ambulancia en dirección al hospital tuvo la primera reacción que le marcaria su opción médica. Notó que de la cintura para abajo tenía un cosquilleo, señal inequívoca de una posible lesión de mucha gravedad. “Por favor- le dijo al enfermero que lo asistía- si tengo la médula espinal rota déjenme morir”. Dos meses después del accidente Quintana realizaba su primera eutanasia.

Se trató de una mujer que padecía cáncer cerebral. La última esperanza para salvarla era practicarle una operación a cráneo abierto. Esperaron a que reaccionara durante un año pero nunca superó su postración en estado de coma profundo. Sus familiares adoloridos con su prolongada agonía, acudieron al doctor Quintana. En un par de minutos el corazón de la mujer se apagó tranquilamente.

Su paso siguiente fue facilitarle la opción a los pacientes terminales. Acompañar junto  a un grupo de médicos y abogados la iniciativa de Beatriz Kopp de Gómez de crear en 1979 la Asociación Derecho a morir dignamente para que cualquier persona, mientras está en completa lucidez, pueda decidir sobre su final.

Cuarenta y dos años después Gustavo Quintana ha realizado 303 eutanasias. Entre las personas que ha asistido se encuentran personas muy mayores, pacientes diagnosticados de Alzheimer en etapas prematuras, hasta bebés que nacen con daños cerebrales degenerativos que los papás pueden tomar decisiones por ellos.

Pero este patrón se ha modificado por una realidad terrible: la solicitud de jóvenes menores de cuarenta años agobiados por la depresión que le piden con urgencia darles tranquilidad. Al menos sesenta han acudido ahogados por la angustia y la depresión a través de su wsp. Evidentemente el médico Quintana no los atiende y los remite a un psiquiatra.

El profesionalismo médico siempre lo acompaña. Cada caso tiene un protocolo. La mayoría de veces lo contactan allegados del paciente y otras veces realizan su requerimiento por internet a través de una cita. Una vez hace la valoración del paciente, el doctor Quintana planifica el procedimiento.

La vecindad cotidiana con la muerte no ha alejado el médico Quintana de los placeres de la vida. Es buzo, piloto de carreras y se ha casado cuatro veces. Tiene una colección de autos en el garaje de su casa. Disfruta de la cocina y es un gran anfitrión de cenas y de fiestas de las que no lo han apartado los dos infartos a los que ha sobrevivido.

Al doctor Quintana no le molesta que lo llamen Doctor Muerte. Se siente como Caronte, el barquero que ayudaba a atravesar el Lago Estigia a los moribundos para dejarlos en la eternidad.

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