El inconformismo de los jóvenes no es vandalismo, sino pobreza y desempleo

"El contrato social que se les propuso y el país que se les prometió no se ve actualmente, así que no debe sorprender que exijan lo que es su derecho"

Por: Cristian Dario Castillo Robayo
mayo 12, 2021
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El inconformismo de los jóvenes no es vandalismo, sino pobreza y desempleo
Foto: Las2orillas / Leonel Cordero

La situación en Colombia pone en contexto una realidad que se venía observando desde hace años y a la que poca atención se le ha prestado desde la política pública, la realidad de la pobreza y el desempleo. Aun así, constantemente los jóvenes son vistos muchas veces como un grupo de personas que se quejan por todo y no quieren aportar al país, siendo una perspectiva simplista solo es reflejo toda la realidad.

El inconformismo no se da solo por esta coyuntura. Valen un par de cifras para darse cuenta de que los jóvenes llevan un tiempo considerable siendo población vulnerable en términos laborales y de pobreza: tasas de desempleo que doblan a la de los adultos; mayor probabilidad de permanecer en líneas de pobreza o pobreza extrema; y pocas oportunidades de avanzar en términos profesionales, a pesar del esfuerzo que hacen para estudiar, donde invierten cada vez más en educación universitaria (con deudas que muchas veces sobrepasan claramente su capacidad) para enfrentar un mercado de trabajo rígido, poco abierto a personas con poca experiencia y con expectativas salariales que claramente no compensan inversiones tan altas en educación.

Según el Dane, la tasa de desempleo de la población joven se ubicó en 23,5%, registrando un aumento de 4,8 puntos porcentuales frente al trimestre móvil diciembre 2019 a febrero 2020 (18,7%). Para las mujeres esta tasa se ubicó en 31,6% aumentando 6,6 puntos porcentuales frente al trimestre móvil diciembre 2019-febrero 2020 (25,0%), siendo más alta que la de los hombres. A ello hay que sumarle que muchos jóvenes —especialmente las mujeres— han caído en la inactividad, donde se dedican mayoritariamente a oficios del hogar y en menor proporción a estudiar.

En términos de pobreza, según también el Dane, el mayor indicador de pobreza multidimensional es la carencia de educación, lo que se traduce en bajas expectativas de empleos formales, acceso a créditos y activos, poco ahorro y una tendencia nada esperanzadora de salir de la pobreza. Esto a futuro puede ser aún más preocupante, puesto que la dimensión niñez y juventud presentó una caída en su contribución en todos los dominios, lo cual estuvo principalmente explicado por la disminución en las privaciones de rezago escolar e inasistencia escolar. Y aunque los jóvenes actualmente son la generación más educada del país, la esperanza educativa puede verse disminuida por la caída de los ingresos, la perdida de empleo y un fenómeno de caída de matrículas universitarias de los últimos años que parece poco preocupar a la sociedad.

Esta mezcla de personas muy educadas y desempleadas, y otras con poco o nulo acceso a la educación, solo abre mayores brechas generacionales y entre los mismos jóvenes, acrecentando aún más la desigualdad. En este cuadro quedan los jóvenes más inconformes, los más abandonados, quienes poco optimismo les queda, bajo la incertidumbre de no saber que pueden hacer para salir de este estado. Además, los jóvenes que no pueden estudiar ni trabajar (NiNis) son quienes poco capital humano van a acumular, quienes provienen de familias pobres que están en medio de la trampa de pobreza y de informalidad, para quienes el afán de buscar una salida ante la carencia de ingresos los hace vulnerables socialmente y ante grupos delincuenciales, quienes quieren además pedir al Estado el apoyo negado por años, quienes son considerados como una generación perdida, y no porque no quieran aportar, simplemente porque se les ha negado la posibilidad de hacerlo. Ellos son quienes están en las calles.

A esto hay que sumarle el aumento de pobreza, lo que lleva a más jóvenes a esta situación de vulnerabilidad, inequidad y carencia. La pobreza monetaria de los desempleados (mayoritariamente jóvenes y mujeres) ha rondado el 58.8 % (según el Dane), pero al sumarle la informalidad (jóvenes con bajo o nula educación mayoritariamente), la cifra ronda el 44.7 % —medido especialmente en trabajadores cuenta propia— donde las mujeres siguen teniendo tasas de pobreza más altas que la de los hombres, explicado también por su posición como pareja de los jefes de hogar, su bajo acceso a la educación cuando están en la inactividad y el tiempo casi total que dedican a oficios del hogar sin remuneración ni acceso a protección social.

Esta situación en un país donde alrededor del 65% de los hogares tienen un gasto inferior a 2 salarios mínimos, el 36% entre 1 y 2 salarios mínimos y un 29% inferior a un salario mínimo, no cabe duda de que ser considerado vulnerable ya es ser redundante ante la precariedad económica que viven. Como ya es recurrente decir, según el mismo Dane, las mujeres y jóvenes son los grupos más vulnerables dentro de estas estimaciones, incluyendo las realizadas de poblaciones por debajo de la línea de pobreza y pobreza extrema. Esto sin contar con las personas de clase media que cayeron a condición de población vulnerable y a condición de pobreza por la actual crisis.

En este panorama, nada alentador, es posible al menos ver superficialmente que los jóvenes no están inconformes por simple capricho, no son un grupo de desadaptados y vagos que quieren solo protestar por protestar. Son la suma de años de problemas estructurales, de falta de empleo, falta de educación, de nacer en medio de trampas de pobreza, de no tener contactos suficientes para conseguir los mejores empleos a pesar de lograr niveles educativos altos (en medio de deudas incomprensibles), de ver como no se cumple su visión de país (como los acuerdos de paz), de ver como constantemente acaban con sus expectativas de una vida mejor. Más allá de una o varias generaciones perdidas, tendremos un inconformismo creciente.

Ante ello, la respuesta no puede ser más represión, no se pueden escudar en delincuentes que quieren dañar las marchas para juzgar y castigar a tantos jóvenes inconformes y que exigen lo que es natural en un estado social de derecho. El contrato social que se les propuso y el país que se les prometió no se ve actualmente, así que no debe sorprender que exijan lo que es su derecho, una vida decente con oportunidades. Solo cabe esperar que las personas privilegiadas apliquen un principio de proporcionalidad y se den cuenta de que la mayoría del país no la pasa bien.

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