María Encarnación Lugarda de Ospina y el Virrey José Manuel Solís Folch de Cardona tuvieron uno de los romances más escandalosos y polémicos de la historia colonial en las tierras que hoy conforman el barrio La Marichuela, en la localidad de Usme.
Allí, entre malintencionados chismes de aldea y persecuciones despiadadas de la Iglesia, los vecinos y la rígida moral de la época, vivieron una historia de ires y venires, que habría de terminar con el arrepentimiento público y el retiro espiritual de ambos en comunidades religiosas.

Una aldea de 25 mil habitantes
Por esos días del siglo XVIII, Santa Fe de Bogotá era una pequeña y tranquila capital colonial de apenas 25.000 habitantes. Una ciudad diversa, donde más de la mitad de sus pobladores eran mestizos y casi cuatro de cada diez, españoles o criollos. Dicha población convivía en medio del creciente mestizaje junto a las comunidades indígenas y africanas marcadas por las jerarquías de la época.
Calles destapadas y llenas de barro, estaban rodeadas por quebradas y zanjas donde corría el agua que abastecía las pilas públicas para los quehaceres diarios y el riego de los cultivos.
Además, existían vías y caminos empedrados y predominaban las viviendas de tejas de barro con estilos coloniales españoles de grandes patios interiores. En los alrededores, había muchas iglesias y conventos entre los que sobresalían La Catedral, Las Nieves, Santa Bárbara y San Victorino, al igual que los Ríos San Agustín y San Francisco que atravesaban la ciudad.
En 1753, llegó a Santa Fe de Bogotá el Virrey José Manuel Solís Folch de Cardona. Con apenas 37 años, se hizo cargo del Virreinato en el Nuevo Reino de Granada. Era una persona de carácter generoso, caritativo, amante de la vida parrandera, catalogado por la ciudadanía como un personaje vistoso y polémico que llevaba una vida muy ostentosa.
Allí, también vivió María Magdalena Gues Ospina, cuya familia la completaban sus dos hijas María Encarnación y María Petronila Lugarda Ospina.

Una romance perseguido por la Iglesia
A raíz de que las tres mujeres tenían por nombre María, los habitantes de la Santa Fe colonial las apodaron Las Marichuelas, nombre con que las conocían popularmente. Su hija menor María Encarnación sostuvo un romance clandestino con el Virrey Solís, mientras que la hija mayor, María Petronila, escondía también un romance con el acompañante o edecán del Virrey, Miguel Santisteban. El influyente personaje neogranadino de origen ecuatoriano no solo fue el caballero de compañía de Solís, sino también primer superintendente de la Real Casa de la Moneda de Santa Fe.
Entre tanto, el joven Virrey mantuvo un intenso y turbulento romance con María Encarnación Legarda Ospina, La Marichuela, quien fue duramente cuestionada por la alta sociedad religiosa y conservadora de la época con un profundo rechazo e indignación moral. Según la élite, el amorío desafiaba las convicciones estrictas.
El Virrey Solís fue asediado por las normas morales y de clase del Virreinato, la Corona y la élite de la sociedad santafereña. Además, la presión de la iglesia y el rechazo generalizado de los ciudadanos encendieron los escándalos por los amoríos y decidieron castigar a la mujer y su familia.
En 1757, María Encarnación Legarda Ospina, su mamá María Magdalena y su hermana María Petronila, fueron desterradas de Santa Fe de Bogotá y aisladas en las antiguas selvas de Usme, un extenso territorio donde estaban las grandes y antiguas haciendas de que dieron origen a las Localidades de Usme y Ciudad Bolívar, entre ellas la Hacienda Meissen.
Tras el destierro, la familia se trasladó al sector de la quebrada Yomasa. La situación era tan difícil para las Marichuelas que el mismo Virrey Solís se condolió de ellas y adquirió los terrenos, que dieron origen a la antigua Hacienda El Maná.
Allí, acabó con su padecimiento, dándoles comodidad. Sin embargo, también pretendía continuar con los encuentros clandestinos con La Marichuela.
Estando en las selvas de Usme, ya con grandes extensiones de tierras a nombre del Virrey Solís, las repudiadas mujeres construyeron una vivienda cerca a la quebrada Yomasa y se volvieron agricultoras, dedicando su tiempo a los cultivos de arveja, cebolla y habas.

La culpa y el retiro espiritual
Dos años más tarde, el 22 de agosto de 1759, la Marichela impulsada por la culpa, el cansancio, la mortificación, los chismes sociales y la religiosidad, asociada a la pasión y turbulento romance con el Virrey Solís, decidió internarse en el Monasterio de las Clarisas, donde estuvo encerrada por más de un año. De allí salió a comienzos de 1961.
Durante su estadía en el convento, María Encarnación realizó retiros espirituales, entró en una profunda rendición y confesó los pecados de su romance extramatrimonial con la máxima autoridad de la Nueva Granada para estar en paz consigo misma y buscar el perdón de la alta sociedad
Sin embargo, la vida en el convento no le gustó por los encierros, las penitencias a las que era sometida y la austeridad de las monjas. Debido a su incomodidad, abandonó el monasterio a escondidas, sin previa autorización de la abadesa, máxima autoridad del lugar. Entonces regresó a las selvas de Usme con su mamá y su hermana. Allí, se ocultó de forma definitiva, al enterarse que el Virrey Solís había tomado la decisión de internarse también en el convento de los Franciscanos.
En febrero de 1761, el Virrey José Solís Folch de Cardona, después de terminar su periodo como el quinto Virrey del Nuevo Reino de Granada y entregar el cargo a su sucesor Pedro Massías de la Cerda, se internó en el convento de los padres franciscanos adoptando el nombre religioso de Fray José de Jesús María, se convirtió en sacerdote y fue nombrado Guardián del Convento.
Su retiro también se debió a una profunda crisis espiritual, desengaño político y los deseos de penitencia por todo lo ocurrido con la Marichuela, al punto de que renunció a su riqueza, sus títulos de noble y su alto rango militar.

Solís, entonces, donó su fortuna a los pobres y se enfrentó un juicio de residencia, ante la Real Audiencia, impulsado por los opositores políticos y personas que cercanas que lo traicionaron. Vivió dentro del convento cumpliendo estrictamente las ordenes de los franciscanos. Finalmente, murió a los 54 años de edad en Santafé de Bogotá, siendo guardián de la orden de los padres franciscanos desde el 27 de abril de 1770.
El claustro original fue demolido, pero actualmente la estructura se mantiene en pie como monumento histórico. También se conserva la Iglesia San Francisco, en la Avenida Jiménez con Carrera Séptima, que fue construida entre 1557 y 1560 y es la más antigua de la capital.
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