Alejandro Crocker no llegó a la moda para seguir tendencias. Llegó para resolver un problema que la industria prefirió ignorar durante décadas: qué hacer con todo lo que sobra. A mediados de 2025, cuando formalizó su nacionalidad colombiana, su trabajo ya era conocido en pasarelas, museos y programas sociales. Pero el cambio de documento fue más que un trámite: confirmó un vínculo con el país donde desarrolló la mayor parte de una propuesta creativa que une diseño, sostenibilidad y acción social.
Nacido en Caracas en los años noventa, Crocker creció en una ciudad atravesada por influencias culturales diversas y por una relación cotidiana con el vestuario como forma de expresión. Esa mirada temprana se convirtió, con los años, en una obsesión profesional: evitar que toneladas de textiles terminaran en vertederos. Su marca y su método parten de una premisa simple y exigente a la vez: no comprar materia prima nueva. Trabaja exclusivamente con prendas que ya cumplieron su ciclo de uso, con uniformes dados de baja, dotaciones industriales, inventarios dañados, ropa olvidada en clósets y materiales que los recicladores no pueden revender.
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El proceso es lento y artesanal. Cada prenda debe ser limpiada, desarmada, clasificada y reinterpretada antes de volver a coserse. Nada entra a una colección sin pasar por ese recorrido. Crocker no selecciona los materiales por color o textura; trabaja con lo que aparece en el camino, con lo disponible, incluso con lo incómodo. La remanufactura, como define su trabajo, implica dedicar tres o cuatro veces más tiempo que la confección tradicional. Ese esfuerzo se refleja en piezas de alto valor estético que esconden, en sus costuras invisibles, una historia de reaprovechamiento.
Esa lógica quedó clara en proyectos como Fragmentos, presentado en Bogotá en alianza con TransMilenio, donde más de mil uniformes en desuso fueron transformados en prendas de lujo consciente. Chalecos, chaquetas, gorras e impermeables que durante años hicieron parte del sistema de transporte público pasaron a ser materia prima de una colección que habló de ciudad, memoria y trabajo cotidiano. No fue una apuesta simbólica: fue una demostración concreta de que los residuos también pueden ocupar escenarios centrales de la industria cultural.
Más allá de las pasarelas, el impacto de Crocker se mide en personas. Desde Casa Azul, su espacio de trabajo en Bogotá, impulsa laboratorios de co-creación y procesos formativos dirigidos a mujeres migrantes, personas trans, comunidades vulnerables y población privada de la libertad. A través de la fundación Juntos Se Puede, su enfoque pedagógico se centra en lo que él llama sembrar pensamiento creativo: ayudar a personas que se sienten invisibles a construir sus propias narrativas a partir de lo que otros desechan.
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En cárceles como La Modelo en Bogotá o La Picaleña en Ibagué, así como en comunidades de Cali y Santa Marta, su metodología combina diseño, reflexión y autonomía económica. Los participantes no solo aprenden a coser; desarrollan marcas propias y proyectos productivos basados en el aprovechamiento de recursos. El desperdicio, en este contexto, deja de ser un límite y se convierte en punto de partida.
Ese cruce entre restauración de tejidos antiguos e innovación social es lo que ha llevado a que su trabajo sea reconocido por entidades de cooperación internacional como la GIZ, la Fundación Bolívar y la Hanss Seidel Stiftung. También explica por qué su nombre empieza a circular fuera del circuito estrictamente de la moda. En 2026, Alejandro Crocker será galardonado en el Hay Festival de Cartagena de Indias, uno de los encuentros literarios y culturales más importantes del mundo, en reconocimiento a una trayectoria que entiende la creación como un acto de reparación y dignidad.
El premio no distingue una colección específica ni una técnica puntual. Reconoce una forma de pensar la industria y el consumo desde lo cotidiano, una práctica que cuestiona la velocidad del fast fashion y propone otra relación con los objetos que usamos a diario. Para Crocker, el lujo no está en la exclusividad del material nuevo, sino en el tiempo, el oficio y el respeto por los recursos.
Hoy, convertido en ciudadano colombiano, su trabajo sigue creciendo desde el mismo principio que lo vio nacer: nada se desperdicia del todo. En cada prenda que sale de su taller hay una segunda oportunidad, no solo para el textil, sino para quienes participan en su transformación. Y en ese gesto silencioso, repetido una y otra vez, Alejandro Crocker ha encontrado una forma de diseño que también es una forma de país.
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