El día que llovieron balas en Santa Marta

Fueron 45 minutos de puro terror. Se esperaban muchos muertos, pero solo hubo uno. Nadie se explicaba lo que había pasado

Por: Alvaro Andrés Cotes Córdoba
enero 25, 2023
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El día que llovieron balas en Santa Marta
Foto: Sergio Moreno - BID Ciudades - CC BY-NC-SA 2.0

El hecho se registró, más exactamente, durante una noche calurosa, en un sector céntrico de la ciudad. Nadie en la vecindad se lo esperaba. Duró 45 minutos. Yo lo sé, porque los conté en el reloj que estaba colgado en el centro de una de las paredes de la casa donde conviví con mis padres y hermanos mayores.

Tenía en ese entonces 14 años de edad y cursaba el 5° de primaria en la escuela Francisco de Paula Santander. Sin embargo, para conocer el porqué de aquella lluvia de balas, única en su especie, es necesario contar lo que sucedió nueve horas antes, concretamente a las 12:00 meridiano de ese mismo día, en otra zona residencial de la urbe.

A esa hora del mediodía, en el barrio Manzanares —cuyo nombre se debe al río que atraviesa y desemboca en la bahía de la capital magdalenense, es uno de los más viejos de Santa Marta y posee una posición privilegiada dentro de la ciudad, al pie del mencionado afluente y muy cerca del mar—, un hombre mató a otro, el cual acababa de bajarse de un automóvil, para comprar en un establecimiento comercial unas bebidas alcohólicas. El matador también se movilizaba en otro vehículo y una vez cometió el crimen huyó rápido con rumbo desconocido.

La mayoría de los samarios que conocieron después ese hecho de sangre por los noticieros de las emisoras locales que existían en Santa Marta para esa época nunca se imaginaron que aquel asesinato sería el causante del aguacero de balas más largo que ha tenido Santa Marta en toda su historia. Creo que ni la propia policía de la urbe lo supo. Y fue un secreto hasta varias horas más tarde, luego de que se produjera la prolongada precipitación balística inigualable.

También debo aclarar que, ese mismo día, pero por la tarde, un joven estudiante de medicina, con apellido italiano, había estado celebrando junto a la familia su regreso a casa tras culminar el tercer semestre en una universidad de otra ciudad lejana. El futuro médico residía también por el sector céntrico de Santa Marta, cerca de donde se registró la referenciada lluvia de balas.

Era apasionado, alegre y divertido, como todos los chicos de su edad por esos días de la década de los setenta. Además, le atraía el peligro y más si estaba con unos tragos encima. Cinco minutos antes del inicio del diluvio de plomo, él decidió en medio de su borrachera, visitar a unos guajiros que residían por esa zona céntrica, famosos por toda Santa Marta y el país, debido a que sostenían una guerra a muerte con otra familia del mismo lugar de origen.

Eran exactamente las 9:15 de la noche. La mayoría de los moradores del sector céntrico se había recogido muy temprano como era la costumbre entonces. Recuerdo muy bien que el pequeño abanico viejo y acabado en el cuarto donde yo a esa hora me encontraba leyendo un libro, para tratar de conciliar el sueño, echaba un aire tibio que en lugar de refrescar, sofocaba. Había un silencio tan rotundo, que se alcanzaban a escuchar las olas del mar, a unos 500 metros distantes.

De pronto, comenzó el chaparrón de tiros. Al principio, nadie pensó que se demoraría mucho, por cuanto en ocasiones anteriores, nunca sobrepasaron los cinco minutos o fueron muy fugaces. Sin embargo, en la medida en que transcurrió el tiempo y el traqueteo no paró y fue cada vez más incesante, nos imaginamos que cuando cesaran las ráfagas íbamos a encontrar en las calles del sector una cantidad grande de muertos regados por todos lados. No fue así. Al cabo de esos larguísimos 45 minutos de terror por la intensa lluvia de balas, y cuando ya pudimos salir de nuestras casas, empezamos a descubrir lo que realmente había acontecido.

La familia del muerto de las horas del mediodía, en el barrio Manzanares, se había atrincherado desde flancos distintos alrededor de la vivienda de los famosos guajiros, a la espera de que alguien de ellos se asomara siquiera para atacarlos con sus armas de fuego. Sin embargo, como conocían muy bien la sed de venganza de sus enemigos, la otra familia guajira, sabían que los iban a atacar en cualquier momento de ese día y por eso estaban encerrados en la residencia desde que supieron de la muerte del familiar de sus enemigos a manos de un miembro de ellos.

Y cuando sus enemigos vieron que llegaba una persona (el joven estudiante de medicina) a la casa de los guajiros residentes en el sector céntrico de la ciudad, iniciaron la lluvia de balas, una de las cuales se incrustó en la cabeza del universitario, quien tan solo se había arrimado allí, para saludar a los reconocidos vecinos. Fue el único muerto que hubo esa noche en que llovieron balas en Santa Marta.

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