El indomable pintor nació un 4 de junio en Barcelona, llegó a Colombia con 6 años y se quedó para convertirse en uno de los artistas más importantes del país

 - El día que Alejandro Obregón le metió tres balazos a un cuadro que Gabo salvó de la hoguera

En medio de una calurosa discusión entre dos mujeres que se querían quedar con el cuadro oloroso a trementina, Alejandro Obregón sacó su revólver Smith & Wesson 38 largo y disparó contra el lienzo la carga completa de balas. Tres disparos se clavaron en el ojo derecho color aguamarina del retrato de Blas de Lezo que, al mismo tiempo, era el retrato de Obregón. Así se cerró la fiesta Año Nuevo 1979.

Entre los presentes eran bien conocidos los antecedentes de Obregón de terminar sus cuadros a bala. En una borrachera con sus camaradas de La Cueva, en el excéntrico bar donde nació el ‘Grupo de Barranquilla’, el artista le disparó al retrato de una mujer que él mismo había pintado en un ataque de locura.

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 La pistola con la que Obregón le disparó a su retrató lo acompañó hasta el final de su vida. El artista salía a hacerle disparos al cielo cuando uno de sus cercanos fallecía.

Los disparos fueron a parar en el ojo derecho del retrato. Obregón arrumó el cuadro de Blas de Lezo en un rincón de su casa en Cartagena. Nadie volvió a preguntarle por el paradero de la obra. El artista pintó al marinero vasco, que había perdido una pierna, un ojo y una oreja en las batallas contra la invasión británica, tantas veces que terminó confundiendo ambos rostros.

Una noche mientras Obregón cenaba junto a Gabriel García Márquez en La embajada italiana de Cartagena, el pintor le confesó al escritor que le había disparado al cuadro de “Blas de Lezo, el teso”, como él lo había bautizado, porque sintió celos de que el lienzo se robara la atención de aquella reunión. 

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García Márquez aprovechó la ocasión y se atrevió a preguntarle por el paradero del retrato. El pintor le respondió con desgano que por ahí estaba y que había que terminar de destruirlo. Aquella noche los dos artistas alargaron la juerga hasta que se cerró la última cantina de La Heroica. 

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La cercanía de Obregón con Byron López y María Paulina Espinosa le permitió al pintor ser el único colombiano que ocupa un lugar en el edificio de la ONU en Nueva York.

La última aventura de la noche era ir a la casa del pintor, recoger el cuadro, prenderle fuego y botar sus cenizas al mar. Obregón sacó el gigante cuadro repleto de polvo y telarañas, lo lavó con agua y jabón. Cuando ya se disponía a prenderle fuego en la terraza de su casa, entre copas de ron se asomó la luz del día.

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Obregón se obsesionó con un cóndor al que le daba hígados de pollo todos los días para poderlo mirar y pintar. Luego sería ese el símbolo más representativo de toda su obra.
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García Márquez le dijo a Obregón que el retrato era una maravilla. El pintor se levantó de la silla con un pincel untado de óleo rojo y arriba de su firma escribió: “A Gabo”. El escritor colgó el cuadro acabado a bala en la pared principal de la sala de su casa en la Ciudad de México, donde lo acompañó hasta los días en que perdió la memoria como uno de sus personajes macondianos. 

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En medio de su ceguera, Obregón pintó en escala de grises un cóndor.

Obregón murió el 11 de abril de 1992. En los últimos años de su vida una mancha gris cubrió sus ojos color aguamarina y no tuvo más opción que pintar entre las tinieblas de su ceguera. Se sabe que un día visitó a García Márquez en México y cosió con una aguja fina el ojo de Blas de Lezo, quien silenciosamente parecía haber predestinado su destino y uno de sus mayores miedos: quedar ciego.

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